miércoles 25 de enero de 2012

CÓMO SE CREABA ANTES CARDENALES


CONSEJEROS DEL PAPA Y PRÍNCIPES DE LA IGLESIA

Las recientes modificaciones en las ceremonias de creación e investidura de los cardenales (que reducen al mínimo el antiguo fasto de la Iglesia con motivo de la exaltación de sus príncipes, considerados antaño los senadores del Papa) y el consistorio del próximo 22 de febrero constituyen una buena ocasión para referirnos al modo cómo se creaban, publicaban e investían cardenales hasta no hace mucho. El libro El Papa ha muerto, ¡Viva el Papa! del Rvdo. D. José-Apeles Santolaria de Puey y Cruells (documentado por colaborador habitual de esta página Rodolfo Vargas Rubio y elogiado por el cardenal Stickler, bibliotecario y archivero emérito de la Santa Iglesia Romana) le dedica al tema unas páginas enjundiosas que reproducimos a continuación, en la convicción de que darán a nuestros lectores una idea muy aproximada del tema.

La creación y publicación de nuevos cardenales

Si bien es cierto que los cardenales “hacen el Papa”, no lo es menos que es el Papa quien “hace los cardenales” o, mejor dicho, los crea. La precisión es importante. El Papa nombra un obispo, es decir, designa la persona que ha de regir una iglesia particular, pero dicha persona recibe directamente de Dios la plenitud del sacerdocio y, dentro de la comunión con Roma, ejerce su triple misión de enseñar, santificar y gobernar una porción de la Iglesia con un criterio propio, como cada uno de los sucesores de los Apóstoles. El Papa puede destituir a un obispo en virtud de su poder supremo, pero no puede retirarle la consagración: le quita la jurisdicción pero no el orden. En cambio, un cardenal es una “criatura” del Papa, el cual, lo mismo que “lo sacó de la nada”, puede “aniquilarlo”, es decir, hacer que deje de ser cardenal. En la Historia esto ya ha sucedido, como en tiempos de León X, que despojó de la dignidad cardenalicia a algunos miembros del Sacro Colegio por estar implicados en un intento de asesinato contra él.

La creación de un cardenal es una decisión personal y trascendental que ha de tomar el Papa sopesando razones de distinta índole, aunque el bien de la Iglesia debe estar siempre ante sus ojos. Normalmente, el Romano Pontífice trataba el asunto reunido con el Sacro Colegio reunido en consistorio secreto. El Santo Padre proponía el nombre de un eclesiástico al que considera digno de ser creado cardenal y hacía la pregunta ritual: “Quid vobis videtur?” (¿Qué os parece?). Esto acabó siendo una pura formalidad, ya que el Papa ni suele crear a nadie que no goce de cierto prestigio y sea conocido en los ambientes eclesiásticos, pero recordaba que en el pasado más de una creación provocó interminables y encendidas discusiones, como, por ejemplo, en la época de Julio II (el consistorio del 1º de diciembre de 1504 duró ¡once horas!). Los cardenales se quitaban el rojo solideo y, levantándose, hacían una inclinación silenciosa con la cual mostraban su aquiescencia. Una vez creado, el cardenal era inmediatamente publicado en el mismo consistorio, o sea se da a conocer su nombre.

En ocasiones Su Santidad toma una decisión personalísima y crea un cardenal in pectore. ¿Qué significa esto? Que, por causas extraordinarias, se reserva “en la intimidad de su augusto pecho” el nombre de la persona que ha escogido. Determinadas circunstancias le aconsejan, a veces, diferir la publicación de un nuevo cardenal, en cuyo caso el Papa comunica al interesado su creación mediante un billete personal y secreto o confía a otros dos cardenales (cuyo testimonio se ha considerado siempre fehaciente). Ello permite en teoría que, aun sin haber sido publicado o haber recibido el birrete, el creado pueda disfrutar de todas las prerrogativas del cardenalato y ser admitido a cónclave, lo que no podría suceder si el Papa observare el más riguroso sigilo sin comunicar a nadie su decisión, como frecuentemente es el caso. En este supuesto, al morir el Pontífice moriría con él su cardenal, su criatura. Cuando, por el contrario, por fin se publica el nombre, el cardenal goza de la antigüedad y precedencia de la fecha de creación in pectore, correspondiéndole los retrasos de las rentas que le correspondieren como príncipe de la Iglesia.

La entrega del biglietto

Una vez creado y publicado un cardenal, se hacía la comunicación oficial al agraciado mediante la consigna del biglietto o notificación escrita. Antes ésta se verificaba en medio de una ceremonia muy protocolaria. Se celebraba en uno de esos hermosos palacios romanos que son sede de algún colegio pontificio o congregación de la Curia, cuyo salón se hallaba decorado para la ocasión con tapices y plantas. En medio de una concurrencia escogida, se hallaba presente como por casualidad el neocardenal, que, se suponía, ignoraba su creación, aunque había sido previamente advertido. Al finalizar el consistorio secreto de creación y publicación de cardenales, un prelado era encargado de llevar al interesado, de parte de la Secretaría de Estado, el biglietto en el que se le comunicaba oficialmente la nueva de que su nombre había sido incluido en el número de los nuevos miembros del Sacro Colegio por voluntad del Santo Padre de concierto con su senado. El destinatario, recibido el pliego, lo abría y lo daba a su secretario, el cual lo leía en voz alta. Elbiglietto estaba redactado en latín. Emocionado, el flamante príncipe de la Iglesia era felicitado por todos los presentes y pronunciaba unas palabras de agradecimiento. Pablo VI simplificó la entrega del biglietto haciéndola colectiva. Todos los creados, en adelante, habían de reunirse en la misma sala, adonde acude el cardenal secretario de Estado, quien lee en italiano la comunicación oficial. La felicitación corre a cargo del decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.

La imposición del birrete

La imposición del capelo marcaba la entrada oficial en el Colegio cardenalicio. La ceremonia durante la cual este acto tenía lugar antes de las reformas de Pablo VI y el beato Juan Pablo II era realmente imponente. Previamente había una imposición privada en consistorio semipúblico. Ese día acudían los nuevos cardenales al Palacio Apostólico Vaticano. Cada uno era acompañado por un maestro de cámara, un gentilhombre de capa y espada y un ayuda de cámara. Todo el grupo, escoltado por la guardia Suiza, subía a los apartamentos papales y hacía antesala en la Capilla de la Condesa Matilde. Anunciados por el antiguo Vicerregente de las Ceremonias, los cardenales iban entrando uno a uno en el Aula Consistorial, donde se hallaba el Santo Padre sentado sobre su trono. Después de hacer las tres genuflexiones prescritas, se arrodillaban delante del trono y besaban el pie del Papa. Éste imponía a cada uno la muceta y el birrete escarlata, hecho lo cual, los cardenales se levantaban y, después de besarle la mano, retrocedían manteniéndose frente al trono. El primero de los creados dirigía entonces un discurso de agradecimiento al Pontífice, quien les impartía al final la bendición apostólica. Un antiguo privilegio (ya abolido) permitía que la imposición del birrete la hicieran ciertos jefes de Estado católicos tanto en el caso de prelados oriundos de los respectivos países como de los nuncios apostólicos en ellos acreditados que hubieran sido creados cardenales.

La imposición del capelo

En los días sucesivos se verificaba la ceremonia cumbre de la imposición del capelo. Los recién creados prestaban el juramento de fidelidad en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico delante del cardenal decano del Sacro Colegio (el obispo de la sede suburbicaria de Ostia). Poco después, el Papa se revestía en el Aula de los Paramentos e iba en silla gestatoria hasta el Aula de las Bendiciones, detrás del balcón o loggia exterior de la fachada de San Pedro. Allí se sentaba sobre un trono, detrás del cual luce un tapiz representando la justicia, y daba comienzo al consistorio semipúblico. Los cardenales antiguos le tributaban obediencia. Un abogado consistorial empezaba entonces a perorar una causa cualquiera. En mitad del discurso, el Prefecto de las Ceremonias, interrumpiendo, exclamaba: “Recedant!” (¡Salgan!), momento en el que algunos de los cardenales presentes iban en busca de los nuevos. Éstos, tras besar el pie y la mano del Santo Padre y ser abrazados por él, eran invitados por el Prefecto de las Ceremonias a arrodillarse delante del trono. Uno a uno se acercaban, vestidos de escarlata y de armiño con la capa magna sostenida por un caudatario, y recibían de Su Santidad el rojo capelo con estas palabras:

“En alabanza de Dios Todopoderoso y para ornato de la Santa Sede Apostólica, recibe el rojo capelo, insignia propia de la dignidad cardenalicia, por el cual se significa que debes mostrate intrépido hasta la muerte y la efusión de sangre, por la exaltación de la Santa Fe, por la paz y tranquilidad del pueblo cristiano y por el feliz estado de la Santa Iglesia Romana”.

Cuando había impuesto todos los capelos, el Papa regresaba al Aula de los Paramentos, en tanto que los cardenales regresaban en procesión a la Capilla Paulina, donde postrados sobre cojines y con la cabeza cubierta con la capa, cantaban el Te Deum. Al teminar éste, el cardenal decano recitaba las oraciones “super creatos cardinales” y se daba inicio al consistorio secreto en el Aula Consistorial. Los nuevos cardenales iban arrodillándose ante el trono del Papa, el cual abría y cerraba sus bocas –como símbolo de la obligación de aconsejar al Papa y del secreto al que estaban obligados–, les asignaba un título cardenalicio y entregaba a cada uno un anillo de zafiro rojo. Terminada la ceremonia, iban aquéllos a hacer una visita de etiqueta al cardenal decano.

Aunque todo lo relativo a la creación de cardenales no tenía propiamente carácter litúrgico, algunas veces los Papas quisieron dar realce a la entrega del capelo en una ceremonia en el altar del ábside de la Basílica de San Pedro, durante la cual el Papa ceñía la mitra y se revestía del manto.

Gratificaciones y propinas

La Sagrada Congregación del Ceremonial tenía impreso un folleto que entregaba al nuevo cardenal con la relación de gastos que debía realizar, en concepto de emolumentos y dádivas, a congregaciones romanas, a la Secretaría de Estado y a otros dignatarios de la Santa Sede y corte pontificia. Y todo para festejar su entrada en el Sacro Colegio, el más exclusivo círculo del mundo. En tres momentos debía consignar diversas sumas de dinero: en el de su elevación al cardenalato, en el de la imposición del capelo y en el de la toma de posesión del título o diaconía. Pero antes que nada, la Curia Romana, siempre previsora, ya había obtenido de Su Eminencia una fuerte suma como adelanto para sus gastos de entierro.

Al ser elevado a la sagrada púrpura, el cardenal debía pagar a la Congregación de Propaganda Fide el anillo cardenalicio que ella, por un antiguo privilegio, le proporcionaba en exclusiva. Monseñor sacrista, el preste, el diácono y subdiácono de la Capilla Pontificia, el secretario del Sacro Colegio, los Ceremonieros, el maestro de los Cursores Apostólicos, el contable del Sacro Colegio, los barrenderos secretos de Su Santidad, los palafreneros, los sediarios y el custodio de los Libros de la Capilla Pontificia recibían la primera lluvia de oro que caía de las manos del recién creado (como sobre Dánae la de Júpiter metamorfoseado).

Los beneficiarios de la segunda serie de gratificaciones eran ahora: los camareros secretos, los ayudas de cámara, el portador del capelo, los sacristanes, el cochero de la Familia Pontificia, otra vez los barrenderos secretos de Su Santidad, la Guardia Suiza, los cornetas y tambores de la Guardia Palatina, los bomberos y otros funcionarios menores. En fin, el día en el que iba a tomar posesión de la iglesia de su título cardenalicio o diaconía, debía recompensar a aquellos a quienes la misma estuviera encomendada y a todas las congregaciones romanas de las que había de formar parte.

Los cardenales sin mayores medios económicos hacían frente a estas “bagatelas” gracias a un adelanto que les hacía el Santo Padre. En cuanto a los pertenecientes al clero regular, pagaba la orden o congregación. Hoy han desaparecido las tasaciones minuciosas que acabamos de reseñar, pero la costumbre persiste, aunque su ámbito es mucho más reducido y la suma a erogar resulta más bien simbólica.
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jueves 12 de enero de 2012

LOS VIAJES PASTORALES DE SANTO TORIBIO (y II)


RECORRIÓ MILES DE KILÓMETROS VISITANDO SU GREY

Una vez llegado a Perú, desde su condición de arzobispo, tendrá que legislar y visitar. Además de prescribírselo las leyes civiles y eclesiásticas, Mogrovejo -prelado viajero, itinerante- desea un contacto directo con sus fieles, especialmente los indios. Le urge la pasión de evangelizar. Aunque era consciente de que sus salidas de la Ciudad de los Reyes podían ocasionar cierto abandono en el corazón de la archidiócesis, nada le hizo desistir de su propósito de visitar hasta el último de sus poblados. Como le visitase un colegial de san Salvador de Oviedo, de Salamanca, Gregorio de Arce, y le manifestase las quejas que circulaban en España sobre su ausencia de la sede limeña le respondió "que el andar en las visitas era lo que Dios mandaba y lo que estaba a su cargo para enseñar y atraer a la fe cristiana a los bárbaros e idólatras, bautizándolos y confirmándolos y reduciéndolos a que se confesasen...por Dios y por cumplir con su obligación y para dar ejemplo que se debe dar a los prelados que tienen a su cargo almas". Al monarca le dirá que saldría a visitar en 1593 "en conformidad de lo proveído por el Santo Concilio de Trento y Provincial y cédula de Vuestra Real Persona".

Nada más llegar a Lima, traía como primera misión el encargo real de convocar y celebrar el Concilio Provincial. De este modo lo convocó para el 15 de agosto de 1582. Este intervalo de tiempo, de mayo de 1581 a 15 de agosto del 1582 lo empleará en visitar los Llanos de La Nazca. Como la extensa costa norte de su Arquidiócesis que comprendía desde Lima hasta Jayanca, la había visitado en su largo viaje de llegada que realizó por tierra, viniendo desde Paita con dirección a su Sede, llegado a Lima en 1581, ahora emprende la visita del sur, hasta Nazca. Allí permanece hasta enero del 1582 debido a su apoyo a la publicación, predicación y distribución de la Bula de Cruzada. Él mismo lo cuenta al Rey. Por estas fechas, Santo Toribio Mogrovejo nos ofrece un valioso testimonio de la importancia concedida a la Bula. Se encontraba en la visita preliminar de 1581 como preparación al Tercer Concilio Limense, en los Llanos de La Nasca. Se encontraba el arzobispo en su primer año de ejercicio y ocupado en la visita desde hacía varios meses con la intención de dirigirse después a Huánuco.

Pasa la Cuaresma y la Pascua en Lima, y celebra el primer Sínodo Diocesano. Movido por el deseo de conocer a su pueblo, Santo Toribio, aprovechando el tiempo que aún faltaba para la apertura del III Concilio, se dirigió en visita pastoral hacia Huánuco, el extremo oriental de su Arquidiócesis, llegando prácticamente hasta los confines de su jurisdicción, muy cercana a las montañas vírgenes, donde terminaba la civilización. Simultáneamente iban llegando a Lima los obispos de Cuzco, La Imperial y Santiago de Chile; en Lima le esperaba el electo obispo de Paraguay para ser consagrado obispo. El Santo no pierde el tiempo y anota para sí y lo transmite al Rey la problemática y las soluciones:

“He visto gran parte de este Distrito por mi persona, y lo que he entendido tener necesidad de remedio es: proveer y dar doctrina a los indios por carecer de Sacerdotes, por tener cada Sacerdote en muchas partes muchos lugares de indios a su cargo y mucha distancia de camino, que es causa de que muera muy de ordinario los indios sin confesión y bautismo y demás sacramentos” (AGI, Patronato 248, Rº 5; Lissón, La Iglesia IIII, 36, n.11).

Realista y prudente, escribe:

“Por acá no veo cómo cómodamente se pueda proveer esto, porque cargar a los indios que ellos paguen el salario al Sacerdote no lo podrán sufrir por ser tan miserables y pobres y estar tan cargados de otros tributos...Los encomenderos, asimismo, no podrán con tanta carga...Reducir unos pueblos a otros no se puede hacer en todas partes...así por el peligro de muerte que hay en mudarlos de unos pueblos a otros de diferentes temples y haberse de deshacer de sus haciendas y chácaras y quedar perdidos y por ello muy pobres”.

Hasta 1606 serán tres las grandes visitas generales, a continuación de los concilios de 1583, 1591 y 1601. Si se añaden otras visitas particulares se pueden calcular unos 40.000 kilómetros los que recorre.

Las visitas, más allá del carácter prescriptivo, legal, representan entrañables encuentros del padre y pastor con sus hijos y fieles. Sin obviar momentos tensos, de enfrentamientos con los representantes del poder –normalmente los corregidores- abundan los momentos gozosos en los que sienten la presencia del prelado que les escucha, les habla, les consuela, les enseña, gobierna y santifica. Selecciono algunos de los innumerables episodios registrados por los testigos en el proceso de beatificación.

1.Indios de Chachapoya con papagayos

El dominico Fr. Diego de Narváez da fe de un hecho singular. Dos indios de Moyobamba fueron buscarle, ofreciéndole como regalo monos y papagayos, al tiempo que le invitan a que vaya a su tierra a bautizarlos. "Estando en la ciudad de Chachapoyas, una jornada hacia la ciudad de Moyobamba para ir a él llegaron dos indios infieles de los motilones y le trujeron unos miquillos y papagayos y cosas de aquella tierra y el dicho señor arzobispo los agasajó y abrazó, pero no quiso recibir cosa ninguna de las que traían, los cuales le pidieron que entrase donde estaban con que recibirían muy gran gusto porque querían ser bautizados y cristianos y el dicho señor arzobispo dijo a este testigo y al dicho Padre Fray Diego de Ayala que estaban allí en aquella ocasión, que qué les parecía si entraría o no. Y este testigo y el dicho Padre le respondieron que sus ovejas eran , que obligación había para reducirlas a la fe católica y el dicho señor arzobispo se resolvió a entrar adentro a donde estaban los dichos indios motilones infieles donde entiende que entró con el riesgo de la vida".

2.En Yauyos: Hecho pedazos por los indios. Lo refiere Mogrovejo en una carta dirigida al Rey con motivo de su tercera visita en abril de 1603:

"Salí habrá 8 meses en prosecución de la visita de la provincia de los Yauyos, que hacía 14 años que no habían ido a confirmar aquella gente, en razón de tener otras partes remotas a que acudir y en especial al valle asiento de Huancabamba, que hará un año fui a él, donde ningún prelado ni visitador ni corregidor jamás había entrado, por los ásperos caminos y ríos que hay. Y habiéndome determinado de entrar dentro, por no haberlo podido hacer antes, me vi en grandes peligros y trabajos y en ocasión que pensé se me quebraba una pierna de una caída, si no fuera Dios servido de que yéndose a despeñar una mula en una cesta, adonde estaba un río, se atravesara la mula en un palo de una vara de medir de largo y delgado como un brazo de una silla, donde me cogió la pierna entre ella y el palo, habiéndome echado la mula hacia abajo y socorriéndome mis criados y hecho mucha fuerza para sacar la pierna, apartando la mula del palo, fue rodando por la cuesta abajo hacia el río y si aquel palo no estuviera allí, entiendo me hiciera veinte pedazos la mula. Y anduve aquella jornada mucho tiempo a pie con la familia y lo di todo por bien empleado, por haber llegado a aquella tierra y consolado a los indios y confirmándolos y el sacerdote que iba conmigo casándolos y bautizándolos, que con 5 ó 6 pueblos de ellos tiénelos a su cargo un sacerdote que, por tener otra doctrina, no puede acudir allí si no es muy de tarde en tarde y a pie, por caminos que parece suben a las nubes y bajan al profundo, de muchas losas, ciénagas y montañas.

…Confinan estos indios de este valle de Huancabamba con mucho número de indios infieles, gente que me dicen son pacíficas y que vienen a aquel valle a pedir bautismo, espero en Dios ha de ser de muchos y grandes efectos la asistencia de sacerdote propio y conversión de aquellos indios.

Ahora, siendo Dios servido, voy a la provincia de Jauja, a entrar en otros Andes, tierra muy escabrosa donde se ha de ir a pie y hay indios que los tienen cargo religiosos de aquella provincia que los van a visitar algunas veces que así mismo confinan con gente infiel y han venido algunos a bautizarse y poblarse con cristianos. Vuestro Virrey me ha pedido le dé aviso del estado de aquella tierra, gente y doctrina, con deseo que los sacerdotes que estuvieren en aquellos Andes sean personas muy virtuosas y desinteresadas que traten y regalen a aquellos indios para viendo esto los infieles y el amor del padre acudan a hacerse cristianos y los bautizados los vayan atrayendo con suavidad y los curas asimismo de que entiendo Nuestro Señor se ha de servir mucho.

Después que vine a este Arzobispado de los Reyes que fue por el año de 81 he hecho otras entradas semejantes a esta a pie y algunas de ellas careciendo de comida y cama yo y mi gente y habrá dos o tres días que me vi en mucho trabajo y ayer así mismo de donde me resultó una gran calentura causada del camino a lo que entiendo discurriendo por el Arzobispado muchas veces y acudiendo a la ciudad de los Reyes a sus tiempos confirmando como he escrito a Vuestra Majestad a lo que se ha podido ver y entender más de seiscientas mil ánima y andando mucho número de leguas con cuya presencia han recibido sumo contentamiento las ovejas. Dios me dé fuerzas para trabajar en esta su viña, las cuales tengo de presente como cuando salí del Colegio Mayor de Oviedo en Salamanca, sin tener achaques ni enfermedades algunas que lo impidan. A Nuestro Señor las gracias por todo "

3."Ir por la noche a un indio que se moría"

Alonso Niño de las Cuentas narra cómo un cura le dijo a un indio de la sierra que no podía ir por la noche a confesarle por estar atendiendo a STAM (= Santo Toribio Alfonso Mogrovejo): "el dicho siervo de Dios, sin hablar palabra, luego instantáneamente llamó a un criado y le mandó ensillar una mula y subiéndose en ella sin avisar a otra persona se fue solamente en compañía del dicho indio que había venido a llamar al dicho cura para que le guiase a la parte donde estaba el enfermo que distaba de allí más de dos leguas de cuestas y sierras asperísimas y habiendo llegado a el lugar y confesado al dicho enfermo en su lengua general porque la sabía y dejándole el dicho siervo de Dios muy consolado se volvió al lugar de adonde había salido y reprendió gravemente al dicho cura".

4.Cura las verrugas a los indios de Catahuasi

Sus viajes quieren proporcionar el mayor bien al mayor número de indios. Las Actas del Proceso de Beatificación informan de varias curaciones obradas por Mogrovejo como la relatada por el campesino Gaspar Lorenzo de Rojas. "Y especialmente sabe este testigo por haberlo visto el tiempo que asistió al dicho siervo de Dios en la visita que iba haciendo de su Arzobispado, en la cual le servía así de guía para los caminos que eran muy dificultosos, fragosos y extraordinarios como de intérprete, así de la lengua general de los indios como de la particular y maternas de cada pueblo en la que este testigo es muy versado y que llegando al corregimiento de Yauyos que es jurisdicción de este arzobispado y en especial al pueblo de San Jerónimo de Mas, doctrina que es de los religiosos de Santo Domingo y a la de Catahuasi que es de la misma provincia y del mismo orden adonde de ordinario da un mal y enfermedad que en esta tierra llaman de verrugas y es de grandísimos dolores en todo el cuerpo y de encogimiento en todas las cuerdas y nervios de él hasta llegar a tullir a las personas que las tienen, dándoles de ordinario grandes calenturas y en tanto extremo que hasta los animales como perro y otros muchos les suele dar el dicho mal por los cual los criados y otras muchas personas que iban en compañía del dicho siervo de Dios enfermaron gravísimamente de la dicha enfermedad de las verrugas de tal suerte que están acostados en sus camas sin poderse menear y sólo el dicho siervo de Dios estaba sano y sin ella y queriendo proseguir su visita y camino les dijo a sus criados que se animasen y levantasen para hacer camino y respondiéndole ellos que no podían moverse por estar tan doloridos y encogidos los miembros con el dicho mal de las verrugas y el dicho siervo de Dios poniéndoles las manos sobre las cabeza alentándoles y diciéndoles que se levantasen, luego instantáneamente se levantaron buenos y sanos, disponiendo lo necesario para su camino y así lo hicieron inmediatamente; lo cual este testigo, como los dichos enfermos y otras personas que estaban presentes de los dichos pueblos de cuyos nombres ahora no se acuerda tenían por milagro y obra sobrenatural que Dios era servido de obrar por mano del dicho siervo de Dios".

Estos testimonios nos revelan el gran cariño volcado por el santo en sus fieles que "le salían a recibir cantando y diciendo: ¡padre santo viene!". "Le quieren y le aman como si fuera padre de cada uno"; tanto que, al dejar el poblado y continuar su peregrinación, "lloraban su partida como si se les ausentara su verdadero padre"- dirá Sancho Dávila en 1595.

Diego Morales "se aficionó de él, de manera que siendo muchacho deseó entrar a servir esta iglesia de monaguillo para tener ocasión de verle cada día y besarle la mano y tener entrada...y a todos los pobres indios que encontraba los abrazaba y acariciaba".

El Contador Alonso Rodríguez de Pulgar, Receptor general de penas de cámara, señala que le conoció en su casa por haberse criado con sus pajes y que "algunos juguetes que el dicho siervo de Dios dio a este testigo siendo niño los guardaban los dichos sus padres y los veneraban como de santo canonizado...".
Gaspar Lorenzo de Rojas, natural de La Paz, a sus 115 años, casado, labrador, recordará vívidamente que "el dicho siervo de Dios llevaba algunos regalos y confites para acariciar y atraer así con más facilidad a los indios pequeñuelos para con eso enseñarles la doctrina cristiana y ley evangélica ... Y así mismo se holgaba de conversar con personas pobres, humildes y enfermos, viles y miserables, procurando la salvación de sus almas y muy especialmente con los indios; y, finalmente juzgaba de sí era el menor de todos y que todos eran superiores a él".

Igual recuerdo guarda el capellán de santa Clara de Lima, Juan Sánchez de la Madrid, natural de Jerez de la Frontera. Como fuese campanero de la Catedral, conversó con el arzobispo, quien le estimuló a que aprendiese bien el catecismo y que sería bueno que se hiciera clérigo para que desempeñase su función de campanero de cuadro con la más firme tradición de la Iglesia.

5.Socorriendo a los indios pobres

Publicó el Dr. Guillermo Lohmann Villena las cuentas que su fiel administrador y esposo de su hermana Grimanesa, D. Francisco de Quiñones, administraba al santo. Del finiquito estudiado para 1594, sale una suma total de 165.264 pesos ensayados gastados y 158.588 ingresados, por lo que los 6.676 pesos de déficit debieron ser enjugados por su cuñado y primo Quiñones. Su inseparable escudero Sancho anotará otra cantidad: "este testigo ha visto sus libros del gasto, por ellos parece haber dado de limosna, de diez años a esta parte, a los pobres, hospitales, viudas y religiosos, más de 120.000 pesos". Útil será advertir que el gasto indicado excede en 21.920 pesos a la cantidad expresada por su primer biógrafo, León Pinelo, para las limosnas dispensadas desde 1581 hasta 1597, lo que supone tres anualidades más. Este autor, al subrayar el desprendimiento del prelado, concluirá: "Testigo hay que le da la palma en ella [la caridad] y dice que se pudiera llamar Santo Toribio el limosnero". Uno de los declarantes en el proceso de beatificación llegó a señalar que "para tener más que repartir, moderaba su gasto todo lo posible". El propio santo lo confesaba: "... distribuyendo mi renta a pobres con ánimo de hacer lo mismo si mucha más tuviera".

Para los pobres vergonzantes nombró un ministro de confianza, Vicente Rodríguez, para las limosnas secretas. Declaró el hijo de este mayordomo, el sacerdote Mauricio Rodríguez, que tenía encargado hacer padrón de los pobres, "para que cada semana fuesen socorridos con sus limosnas para el gasto ordinario suyo y de sus mujeres e hijos con mucha liberalidad, cuidando de su vestido y demás cosas necesarias para pasar su vida. Y estas limosnas se hacían entre personas huérfanas, viudas y necesitadas [...]. Y en el remedio de doncellas pobres huérfanas daba limosnas muy largas". "Y de tal manera llegó a socorrer las necesidades de los menesterosos -afirma Juan Delgado de León en el proceso de beatificación- que fue comúnmente llamado el Padre de los pobres"

El Padre dominico Fray Alonso de Arenas (56 años, natural de la ciudad de Moyobamba, secretario del Rev.mo fray Juan de Arguinao, Arzobispo de Santa Fe del Nuevo Reyno de Granada, hoy Colombia, y en alguna ocasión Visitador de la Provincia de San Juan Bautista del Perú (de la Orden de los Predicadores), nos relata "haber oído decir al Padre fray Lorenzo de Saravia, sacerdote religioso de Santo Domingo, como a testigo de vista, que, estando en esta ciudad el dicho Siervo de Dios comiendo un día en si palacio arzobispal, entró en aquella ocasión un pobre indio pidiendo limosna, y como el dicho Siervo de Dios estuviese comiendo unas sopas en una escudilla de plata, llamó al dicho pobre y, sentándolo en el suelo junto a su silla, le dio la dicha escudilla en un plato de plata y con una cuchara de plata, y habiendo acabado de comer el dicho pobre, pareciéndole que no le veían, la escondió, poniéndola debajo de la manta, y se la llevó fuera con dicho plato y cuchara. Y llegando al patio del dicho palacio, la echaron de menos los criados, y rajando el dicho manto se la quitaron, dándole muchos golpes y llevándole a la presencia del dicho Siervo de Dios, el cual, entendiendo el caso referido, reprehendió ásperamente a los dichos pajes, diciéndoles esta palabras: "­Volvedle todo esto, que suyo es!". Y en su presencia volvieron al dicho indio pobre lo que le habían quitado; en que mostró el dicho Siervo de Dios su ardiente caridad y virtud de la limosna, especialmente con los indios, a quienes mostró siempre gran amor"
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viernes 30 de diciembre de 2011

BRUNO, EL GRAN BUSCADOR DEL SILENCIO


HOMBRE DE CARÁCTER SIEMPRE IGUAL

La figura de San Bruno, que vivió en Francia y murióen Italia, aparece en la segunda mitad del siglo XI alta, blanca y silenciosa como la nieve de las montañas. Su hábito blanco es anterior al de los cistercienses; su silencio -al menos en la Historia- es mucho mayor, pues no hay duda que la Orden cartujana es la Orden que menos ruido ha metido en el mundo, y con ser tan santa, ni siquiera con la santidad de sus hijos ha buscado el campaneo sonoro, ni el panegirico solemne, ni el devoto rumor multitudinario.

Nacido Bruno de noble estirpe en Colonia por los años de 1030, habría realizado sus primeros estudios en el colegio de la ciudad, o colegiata de San Cuniberto, siendo después enviado en su juventud a la renombrada escuela de Reims, en donde se centró con entusiasmo a los estudios de artes y teología. Vuelto a Colonia, obtuvo un canonicato precisamente en la colegiata de San Cuniberto, y probablemente en ese momento fue ordenado sacerdote. El buen recuerdo que había dejado en Reims fue causa de que en 1057 el arzobispo Gervasio lo llamase para hacerle director de aquella escuela, cargo que desempeñó con brillantez durante casi veinte años. De entonces datan los pocos escritos que de él conservamos: “Expositio in psalmos”.

Uno de sus discipulos fue el futuro Urbano II; y otro, San Hugo obispo de Grenoble. A la muerte de Gervasio, habiendo conseguido aquella sede por medios simoniacos el obispo Manases de Gournay, no perdió Bruno su posición, sino que la mejoró con la cancillería del arzobispado, pero el nuevo arzobispo seguía negociando simoniacamente con los beneficios eclesiásticos, por lo cual el integro canciller y maestrescuela se le opuso con energía y respeto, denunciándole ante el sínodo de Autun (1077), por lo que el indigno obispo le desposeyó de su cargo. Pero también Manases había sido depuesto por el sínodo de Autun, y así comenzaron unos años de gran confusión para aquella iglesia, pues aunque el papa Gregorio VII rehabilitó al indigno prelado, de nuevo el sínodo de Lyon volvió a deponerle, y poco después, en 1080, el pontífice confirmó, esta sentencia. Pudo entonces San Bruno retornar a su puesto, pero al ver que el sucesor de Manases entraba simoniacamente, disgustado del mundo tomo la resolución de consagrarse totalmente a Dios, retirándose a la soledad.

En el siglo XIII se formó la leyenda de que, hallándose el santo en Paris, en los funerales de un celebérrimo médico de aquella Universidad, alzó el difunto su cabeza del ataud y gritó con espanto de la multitud: “Por justo juicio de Dios, estoy condenado en el infierno”. Deciase que esto habia sucedido tres días consecutivos y que tal había sido la causa de que Bruno renunciase a la ciencia y a las dignidades. De esta leyenda se apoderaron los hagiógrafos noveleros y también los poetas, entre los que sobresale el alemán Jacobo Bidermann, S. I., con su impresionante drama latino Cenodoxus.

Después de pasar algún tiempo con San Roberto, uno de los tres fundadores de los cistercienses, en la muy estricta comunidad de Molesmes, se retiró con dos discípulos al próximo lugar de Seche-Fontaine. Luego, buscando mayor soledad, se trasladó con seis compañeros, entre ellos el Beato Landuino de Lucca, a Grenoble. Pidió al obispo, antiguo alumno suyo, un lugar a propósito, y San Hugo (una piadosa tradición de las muchas que rodean la vida de San Bruno cuenta que el santo obispo vio en un sueño que siete estrellas lo conducían a él hacia un bosque apartado y que allá construían un faro que irradiaba luz hacia todas partes)le señaló un valle cercado de peñascales, que se llamaba la Chartreuse (Carthusia, Cartuja), a tres horas de Grenoble, en las montañas del Delfinado.

Allí surgía, en 1084, la primera Cartuja, la Gran Cartuja, que en un principio se reducía a un oratorio dedicado a Nuestra Señora de Casalibus (o de las Cabañas), alusión a las cabañas o chozas en que vivían como ermitaños Bruno y sus compañeros. Continua era su oración y penitencia, manteniéndose del trabajo de sus manos en el campo y de un rebaño que poseían. Tres días a la semana ayunaban a pan y agua y sólo para el rezo del Oficio divino se reunían en el oratorio, además de los domingos, cuando se juntaban en la mesa, pero en silencio.

Aquella dulce paz contemplativa fue interrumpida por el llamamiento de Urbano II, también antiguo alumno de Bruno, a fines de 1089. Resuelto a continuar la obra de reforma comenzada por Gregorio VII, y estando obligado a luchar contra el antipapa, Guiberto de Ravena, y el emperador Enrique IV, buscó rodearse de aliados devotos y llamó a su antiguo maestro ad Sedis Apostolicae servitium. Así el solitario se vio obligado a dejar el lugar donde había pasado más de seis años de retiro, seguido por una parte de su comunidad que no podía mentalizarse a vivir separada de él. Dejando a Landuino como superior de la Cartuja, se puso en camino para Roma en la primavera de 1090. Por más que Urbano II le concedía la iglesia de San Ciriaco, junto a las termas de Diocleciano, Bruno se encontraba fuera de su ambiente en la Ciudad Eterna. Por eso, cuando huyendo de Enrique IV viajaba con el Papa por la Italia meridional -la tortuosa controversia del pontífice con el emperador venía de mucho antes, cuando éste mando meter en prisión a aquel, entonces legado papal en Alemania- rogó al Papa le permitiese quedarse en aquellos parajes solitarios, tan amados y frecuentados de anacoretas.

Accedió el Romano Pontifice, no sin antes hacer una intentona fallida de nombrarle obispo por aquellas tierras meridionales de Reggio Calabria, y Bruno entonces se dirigió al conde Roger, hijo de Roberto Guiscardo, el cual le encaminó a su tío, llamado igualmente Roger, conquistador de Sicilia y señor de la Puglia y la Calabria. Este príncipe normando se hizo muy amigo de San Bruno y le concedió unos terrenos yermos, que se decían la Torre (1091), cerca de Squillace. La fama del santo y de sus ermitaños atrajo a otros muchos, de suerte que hacia 1098 fue necesario fundar otro eremitorio cercano, el de San Stefano in Bosco, y en 1099 el de Santiago de Mentauro, donación del conde Roger.

San Bruno, que no pretendía fundar otra nueva Orden monástica, no impuso a sus seguidores Regla alguna, solamente le dejó con su ejemplo un estilo de vida. Mientras tanto los amigos de San Bruno murieron uno tras otro: Urbano II en 1099; Landuino, el prior de la Gran Cartuja, su primer compañero, en 1100; el Conde Roger en 1101. Murió el mismo Bruno en la Torre el 6 de octubre de 1101 y fue enterrado en el pequeño cementerio de la ermita de Santa María, y muchos milagros se obraron en su tumba. Con el tiempo, toda aquella zona vino a llamarse, en su honor, “Sierra San Bruno”, como hoy se la conoce. Antes de su muerte había reunido por última vez a sus hermanos a su alrededor e hizo en su presencia profesión de la Fe Católica, cuyos términos se han conservado. Su culto no fue aprobado hasta 1514 por Leon X. Posteriormente, en 1623 Gregorio XV lo extendió a toda la Iglesia.

Tras su muerte, uno de sus hermanos de comunidad en Calabria dijo sobre él: “Por muchos motivos merece Bruno ser alabado, pero sobre todo por uno: Fue un hombre de carácter siempre igual. De rostro siempre alegre, era sencillo en su trato. A la firmeza de un padre unía la ternura de una madre. Ante nadie hizo ostentación de grandeza, sino que se mostró siempre manso como un cordero.”

La Orden de San Bruno es demasiado áspera y humilde para que se extienda y dilate mucho por el mundo. Las cartujas, más que a puertos de refugio para los náufragos de la vida, deben compararse a islotes enhiestos, imperturbables entre las olas del siglo. En 1300 eran 63, pero en los cien años siguientes, tan turbulentos, se fundaron muchísimas, una por año; después van disminuyendo.
Ajustándose a los recuerdos del fundador y a las usanzas practica¬das desde el principio, el cuarto prior de la Gran Cartuja, Guido o Guigues, redactó en 1127 las Consuetudines, impuestas a toda la Orden por el capitulo de 1142 y completadas luego por otros capítulos generales. Esas han venido a ser su Regla.

Los cartujos son una mezcla de cenobitas y de ermitaños. Eremíticamente viven en departamentos individuales e independientes, con su celda de estudio y oración, su obrador o taller de trabajo, su depósito de carbón y leña y unas brazas de tierra de cultivo. Cenobíticamente se reunen en el coro para el rezo largo y solemne de maitines y laudes a media noche, para la misa conventual y para vísperas (las demás horas las rezan en privado); se juntan también en la mesa los días festivos, aunque en silencio; y en recreación los días que lo permite la Regla. Los hermanos legos viven en comunidad, bajo la dirección del padre procurador.

Su liturgia sencilla, austera, desnuda de elementos decorativos y musicales, data del siglo XIII y es particularmente original en los maitines y en vísperas. El cartujo reza además el Oficio de la Virgen diariamente y el de difuntos, a excepción de ciertas festividades. Al morir es enterrado sin más ataud que sus propios hábitos; solo una cruz de madera, sin nombre, se coloca sobre la sepultura. Porque la vida del cartujo es dura, no se admite en ella a quien no haya cumplido los veinte años, edad militar, como dicen las Consuetudines, para luchar en estos campamentos de Dios contra los enemigos del alma. Nunca prueban la carne. Ayunan con frecuencia a pan y agua, poco más o menos como los cistercienses. De todas las Órdenes medievales es la única que nunca ha necesitado reforma: “Carthusia nunquam reformata, quia nunquam deformata”.

Desde 1147 hay también cartujas para mujeres, fundadas bajo la dirección del Beato Juan de España (116o) y de San Anselmo (1178), séptimo prior de la Cartuja y luego obispo de Belley.
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miércoles 14 de diciembre de 2011

LA MAS FAMOSA OVEJA PERDIDA DEL OTTOCENTO ITALIANO


RACIONALISTA Y FRÍVOLA, ALESSANDRA DI RUDINI SE CONVIRTIÓ EN LOURDES

“El abismo se abre ante mí, lo humano se derrumba, ya se ha derrumbado. El horror de este vacío atroz no se puede explicar con palabras humanas: ¿Por qué vivimos? Afortunado quien puede responder con seguridad a esta eterna pregunta.” Estas palabras, escritas por Alessandra di Rudini expresan la lucha de esta gran mujer entre la atracción de los placeres mundanos y la llamada del Dios del que ella procuraba huir con todas sus fuerzas.

Alessandra di Rudini es una de las figuras más fascinantes de la alta sociedad italiana del siglo XIX, famosa “oveja perdida” de aquella época racionalista que dejaba a Dios de lado pero que en el fondo no quería abandonarlo definitivamente, sino solamente vivir como si no hiciese falta hasta que de verdad hiciese falta para volver a El en situaciones desesperadas. Alessandra nace el 5 de octubre de 1876 en Roma, en el seno de una familia de la alta aristocracia siciliana, hija de Antonio Starabba, marqués de Rudini (1876-1931), que fue alcalde de Palermo a los veinticinco años tras el golpe de mano de Garibaldi sobre la Sicilia de los Borbones, y después fue Prefecto de Palermo, Prefecto de Napoles y llegó también a ser primer ministro del vo nuestado Italiano del 191 al 1892 y del 1896 al 1898. Fundó el Partido de la Joven Derecha con la que triunfo para ocupar el cargo en su primer mandato. Entre sus logros políticos esta el haber firmado, en 1896, el Tratado de Adís Adeba, que puso fin a las pretensiones italianas sobre Etiopía.

El marqués era de ideas racionalistas y políticamente revolucionarias, y compartía la hostilidad del rey Víctor Manuel II hacia la Iglesia. Su mujer, María de Barral, la madre de Alessandra, no compartía las ideas revolucionarias de su marido, si bien poco pudo influir en la educación de su hija, a causa de su débil salud. Alessandra tenía un hermano mayor, Carlo, que con el tiempo llegaría a ser marido de la hija del político británico Henry Labouchere y que también llegaría a ser conocido en la alta sociedad de aquel tiempo. La familia del marqués de Rudini llevaba en sí las contradicciones propias de la época en que sus personajes vivieron: El anticlericalismo propio del Risorgimento italiano, fuertemente influido por la masonería, y la idiosincrasia de aquel país que hace que hasta los más grandes enemigos de la Iglesia tengan amistades entre los eclesiásticos, incluso entre la alta jerarquía, y antes de o después se acuerden de Dios, por si acaso.

Por influjo de la madre, que por lo menos quería asegurarse un buen colegio religioso para su hija, a los diez años, ingresa en el internado del Sagrado Corazón de la Trinità dei Monti, en lo alto de la escalinata de la Piazza di Spagna, en Roma, sin duda una de las escuelas de mejor reputación en aquellos tiempos. Su madre tenía la esperanza de que las religiosas la ayudasen a corregir su carácter independiente, pero no solamente no lo consiguieron, sino que a causa de su mal comportamiento tuvieron que expulsarla al acabar el curso escolar, lo cual usó su padre como excusa para inscribirla en una escuela de espíritu liberal, muy diferente a la de las monjas, en la que Alessandra se encontrará más a gusto. Y de hecho, la joven disfrutó de aquel colegio en que la directora le dejaba cultivar su afición favorita, la lectura. Y por influjo de las ideas liberales del colegio, sin la cercanía de su madre, a los trece años ya estaba llena de dudas de fe, que la acompañarán durante muchos años.

A la edad de dieciséis años, de regreso a la residencia familiar al acabar los estudios, Alessandra descubre la ausencia de su madre, cuya enfermedad le ha obligado a retirarse a un asilo. Esta ausencia hace que la joven se tenga que encargar de muchas tareas de organización de la casa, que combinará con sus primeros contactos con la alta sociedad romana, en la que pronto tendrá éxito gracias a su buen carácter y a su firme resolución. Y sin embargo, ya por entonces se encuentra dividida por dentro, pues a su felicidad externa le acompañaba el vacío interior: “Era como si todo se hundiera a mi alrededor, y buscaba con pasión desesperada un firme punto de apoyo fuera de mí misma. Recuerdo algunas noches de ansiedad y de pena indecible. No existe peor dolor que el del alma que busca y no consigue alcanzar la verdad”. Aficionada a la lectura, como se ha dicho, la lectura de la Vida de Jesús de Ernest Renan (teólogo modernista que tras escribir ‘La Víe de Jésus’ recibió el epíteto de ‘blasfemo europeo’ por parte de Pío IX), obra que negaba lo sobrenatural, viendo en Jesús solamente un hombre extraordinario, fu fatal para la vacilante fe de Alessandra.

Con solo 18 años ya estaba volcada en la vida social, se codeaba con lo mejorcito de la época: Realizó un crucero en el yate personal del emperador de Alemania Guillermo II y entabló estrechas relaciones con la reina Margarita de Italia, y aquel mismo año sorprendió a todos casándose con Marcello Carlotti da Garda, marqués de Riparbella, diez años mayor que ella. Los recién casados se instalaron en la lujosa propiedad que los Carlotti poseían en el Lago de Garda. Pero poco duró esta felicidad familiar que podía haber aportado equilibrio personal a Alessadra, porque bien pronto, Marcello manifiesta síntomas de padecer tuberculosis. A partir de comienzos de 1900, se siente perdido y se esfuerza por afrontar la muerte como adepto de las teorías materialistas. La enfermedad del marido sirvió a Alessandra para volver tímidamente a la fe, acudiendo a un prelado de Verona, a Monseñor Serenelli, para que asistiese espiritualmente a su marido, pero hubo poco que hacer ya que el marqués Carlotti rehúsó todo auxilio religioso y murió el 29 de abril de 1900, sin haber manifestado ninguna señal de apertura hacia las realidades eternas. Alessandra se quedaba viuda a los 24 años, con dos hijos.

A partir de la muerte del marido, la vida de Alessandra se verá marcada por dos tendencias contradictorias: La de ser una buena madre y cuidar de sus hijos, y la de volver a la vida social que tanto la atraía. La amistad que hizo con Mons. Serenelli con motivo de la enfermedad del marido, será a partir una constante en su vida, si bien el buen prelado no pudo frenar algunas de las excentricidades de la viuda. Durante el invierno de 1900-1901, Alessandra deja el cuidado de sus hijos en manos de una institutriz y parte hacia un peligroso viaje de exploración por Marruecos, en el que le impresiona la religiosidad de los guias musulmanes. De regreso a Italia, se sumerge de nuevo en los círculos mundanos, si bien confiesa a algunas personas su desconcierto y búsqueda espiritual. Convencida de que puede leerlo todo sin discernimiento, Sandra se ve bamboleada por las inestables mareas de la duda. Monseñor Serenelli se percata de ello, recomendándole en una carta que sea más humilde en su búsqueda de la Verdad, y tras las exhortaciones de ese prelado, en febrero de 1902 se confiesa y comulga, pero perseverará por poco tiempo.

El 26 de mayo de 1903, en la Scala de Milán, Alessandra es presentada al escritor Grabriele d’Annunzio, amigo de su hermano. D’annunzio, famoso por sus costumbres libertinas, tenía por aquel entonces como amante a Eleonora Duse, la más famosa actriz de teatro italiana del siglo XIX, pero pronto se encaprichó de Alessandra, a la que -todo hay que decirlo-le costó conquistar, quizás porque la fama de mujeriego del escrito no le agradaba. Pero la persistencia de D’Annunzio venció la resistencia de la joven viuda, que acabó cayendo en sus brazos y conviviendo con el escritor por un año en su villa cerca de Pisa, para lo cual prácticamente dejó abandonados a sus hijos.

En la primavera de 1905, nuestra protagonista cae gravemente enferma y debe ser trasladada a una clínica, donde es intervenida quirúrgicamente en tres ocasiones. Al salir de la clínica su aspecto físico se ha resentido y ella nota que D’Annunzio ya no es tan cariñoso como antes. En realidad, el escritor había encontrado una nueva conquista durante la enfermedad de su amante. A finales de 1906, le da a entender que está de más en su villa y Alessandra tiene que volver a su residencia del Lago de Garda, dolida y humillada. Pero dicha humillación fue la ocasión para abrirse a la gracia de Dios. Se reconcilia, a finales de 1907, con Monseñor Serenelli, el buen prelado no rehúsa recibir a la hija pródiga, cuya confesión escucha inmediatamente., y cuando apunta la primavera de 1908, ésta realiza un retiro espiritual de san Ignacio.

Pero su conversión definitiva estaba todavía por llegar. Habiendo vuelto a sus obligaciones maternas, contrató a un sacerdote francés como preceptor de sus hijos, y a dicho eclesiástico expuso en alguna ocasión sus tormentos interiores y sus dudas de fe. El buen sacerdote le recomendó una peregrinación a Lourdes, donde quedaría sanada interiormente. Lo que no sabía él es hasta qué punto sus palabras se iban a hacer realidad: En su viaje, comenzado con bastante escepticismo a principios de agosto de 1910, ella se encontró providencialmente presente en el momento de una prodigio: Una señora francesa se cura improvisamente de su enfermedad y el doctor Boissaire, el médico encargado de verificar dichas curaciones, comprueba su carácter inexplicable para la ciencia. Alessandra vuelve a Italia totalmente transformada, tras haber hecho un profundo acto de fe en Lourdes: “Reflexioné mucho sobre el acto que realicé en Lourdes, y me alegra reconocer que no actué movida por un momento de emoción religiosa, sino que realicé un acto voluntario y reflexivo, preparado a lo largo de muchos años de estudio y meditación.”

A partir de entonces comienza un ascenso espiritual que se traduce en volver a una antigua idea de juventud, antes de ser bamboleada por las pasiones, la de la vida religiosa, hacia la cual se dirige bajo la guía de su nuevo confesor: En julio de 1911, la marquesa emprende el camino de Paray-le-Monial, localidad célebre a causa de las apariciones del Sagrado Corazón, eligiendo Francia porque en Italia era demasiado conocida. Antes de abandonar Garda, se dirige a la parroquia para pedir perdón por los escándalos dados.

Mucho le costó a Alessandra di Rudini la vida religiosa, especialmente dura en el Carmelo que ella misma había elegido al querer hacer penitencia por sus pecados de la vida pasada. A las durezas de la observancia, a las que poco a poco se acostumbra, se unirá la muerte de sus dos hijos, Andrea y Antonio, por tuberculosis en 1916, lo que la lleva a una profunda crisis de conciencia por pensar que había sido una mala madre y había abandonado a sus hijos. Pero todo lo supera con su gran fuerza de voluntad y su deseo de santidad, y al año siguiente llega a ser priora de su comunidad. Con el nombre en religión de María de Jesús, hará tres fundaciones: en 1924, la del Carmelo de Valenciennes; en 1928, la de Montmartre, a dos pasos de la basílica del Sagrado Corazón, en París, y púltimo, a partir de aquel mismo año de 1928, tiene lugar la rehabilitación de la antigua Cartuja del Reposoir, situada en una solitaria cumbre de Saboya.

En marzo de 1930 padece una afección del hígado y de los riñones y fallece santamente el 2 de enero de 193. Unos días antes había declarado, resumiendo una vida azarosa y, desde muchos puntos de vista fascinente: “He sentido algo que nunca había experimentado ante la proximidad de la muerte: la atracción de Dios, la sed de Dios; y he comprendido hasta qué punto era fácil y bueno ir hacia Él
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viernes 2 de diciembre de 2011

MÁRTIR DE LA FE Y DE LA DIPLOMACIA

LA AVENTURA DEL CARDENAL MINDSZENTY EN DEFENSA DE LA LIBERTAD DE LA IGLESIA

"Mi cuerpo podrá volver a mi patria sólo cuando la estrella roja abominable se haya eclipsado definitivamente." Con estas palabras escritas en su testamento, el cardenal Joszef Mindszenty, primado de Hungría, selló su oposición extrema al comunismo, que él combatió heroicamente. En realidad, el cuerpo del cardenal fue devuelto a la patria el 3 de mayo 1991, cuando el gobierno de Budapest estaba dominado todavía por los comunistas, por lo que su secretario personal, monseñor. Tibor Meszaros, protestó oficialmente por esta violación de los deseos del difunto. Sin embargo, unos años más tarde, la estrella roja realmente se eclipsó en Hungría.

Después de más de treinta y seis años desde la muerte del cardenal, que se llevó a cabo el 6 de mayo de 1975, hoy queremos recordar brevemente su testimonio heroico en defensa de la fe y la libertad. Toda la vida de Mindszenty fue un signo de contradicción, como corresponde a los confesores de la fe, solo que mientras en la primera y segunda fase de su vida se opuso a los regímenes totalitarios que oprimía a la Iglesia y a su patria, en la tercera etapa tuvo que hacer malabares en una situación interna de la Iglesia que, por el debido respeto a los protagonistas y la importancia del tema, preferimos describirla con las mismas palabras del cardenal en sus famosas memorias.

Nacido bajo el nombre de József Pehm el 19 de marzo de 1982, fue ordenado sacerdote en 1915 por el obispo de Szombathely, el conde János Mikes. En la primera fase de su ministerio pastoral tuvo que soportar la terrible persecución y la violencia de los enemigos de la Iglesia, de la que siempre defendió la unidad, la integridad y los derechos, lo que le hizo muy popular en su tierra natal y en el extranjero. Ya cuando era un joven sacerdote fue encarcelado por su oposición al régimen comunista de Bela Kun, en el llamado "período rojo" 1918-1920. Posteriormente, en 1944, cuando fue nombrado obispo de Veszprém por el Papa Pío XII, Mindszenty fue encarcelado de nuevo por el régimen nazi impuesto por Hitler al ocupar Hungría, pues el prelado, que ya durante el régimen filofascista de Miklós Horthy (1920-1944) había defendido la libertad de religión, se opuso en seguida a la aplicación de las leyes racistas importadas de Alemania.

Acabada la tormenta de la Segunda Guerra Mundial, Mindszenty se había convertido en un héroe nacional. El Papa Pío XII lo nombró cardenal y Primado de Hungría, y le encargó la misión de fomentar el retorno de su patria a la fe, con la esperanza del retorno de los Habsburgo al el trono de San Esteban. Sin embargo, los acuerdos de Yalta entregaron a la nación desventurada al régimen comunista que tomó el poder primero en coalición y luego solo. El primado se convirtió así en el protagonista de la resistencia católica al sanguinario régimen soviético de Rakosi. El prelado se negó a reconocer al usurpador y se opuso a la opresión de la comunidad eclesial, a la secularización de la educación escolar y la colectivización de la agricultura.


Después de una hábil campaña internacional de difamación, a la que también se prestaron los periódicos de izquierdas de otros países, como fue el caso de Italia, en 1948, el gobierno encarceló al primado por cargos de espionaje contra el Estado y tráfico ilegal de dinero. Después de un año de torturas físicas y psicológicas, los torturadores fueron capaces de hacerle firmar una confesión de culpabilidad, pero él, en un esfuerzo extremo de lucidez, puso al lado de su firma la reveladora abreviatura latina c.f., lo que significa: "coactus feci" ("Lo hice por la fuerza"). De hecho, en el juicio el cardenal no confesó nada y el gobierno no tuvo más remedio que condenarlo a cadena perpetua

Pero sus leales en Hungría y los exiliados en otros países libres nunca creyeron las calumnias del régimen y lo celebraron como un mártir. Siete años después, en octubre de 1956, cuando el levantamiento popular trató de escapar de la opresión soviética de Hungría, Mindszenty fue liberado y llevado en triunfo por sus compatriotas. El lanzó un llamamiento urgente a occidente, para que apoyase a su patria en esta tarea de liberación y redención, de la que Pío XII se hizo eco.
Pero dicha petición tuvo poco apoyo y la Unión Soviética de Kruschov reprimió la revolución con sangre. El primado, que se negaba a abandonar a su pueblo, no tuvo otra salida que refugiarse en la Embajada de EE.UU en Budapest, donde permaneció recluido durante quince años, convirtiéndose en un invitado incómodo.

Mientras tanto, si nada cambiaba en el Este, mucho cambiaba en Occidente: La cultura y la diplomacia hablaban de diálogo, distensión, convivencia pacífica y apertura a los regímenes comunistas. El deseo de pacificación se abrió camino en los ambientes de la alta diplomacia del mundo, desde el Washington con el dúo de Nixon-Kissinger, al Bonn de Willy Brandt, donde nació el término de Ostpolitik, e incluso hasta la Santa Sede. La diplomacia vaticana, guiada por monseñor Agostino Casaroli, buscaba con ahínco el normalizar las relaciones con los regímenes comunistas, con el fin de obtener la supervivencia de la iglesia era comunista.
En realidad, a veces los mismos "beneficiarios" de la Ostpolitik del Vaticano, como en su día explicó el cardenal eslovaco Hàn Korec, vieron que el precio era demasiado alto: Renunciar a cualquier tipo de crítica y de resistencia para conseguir un mínimo de libertad vigilada.

El Cardenal Mindszenty se convirtió en figura clave de los acuerdos entre la diplomacia de monseñor Casaroli y los regímenes comunistas de la época. El cardenal recuerda que "a principios de 1963 (...) el Papa Juan XXIII me hizo preguntar que si querría ir a Roma para ocupar un puesto en la Curia, de ese modo él podría volver a nombrar a alguien para la sede episcopal, que estaba vacante. Le respondí que estaba dispuesto a acceder a dicho plan si con ello pensaba de favorecer la libertad de la Iglesia."

Pero el cardenal, como él mismo relata en sus memorias, tenía miedo que detrás estuviesen las presione de Kádar, líder del Partido Comunista que había llegado al poder con la ayuda de los tanques soviéticos después de la revuelta del año 56, y que había conseguido poner a la opinión pública a su favor con la creación de la Comisión Católica" Opus Pacis". El jefe de los obispos era el arzobispo Grosz, que el cardenal disculpa en parte diciendo que "la razón de su aceptación, sin embargo, hay que buscarla (...) en la esperanza de poder asegurar el mantenimiento de la enseñanza de religión (...) Sin embargo, el arzobispo Grosz fue engañado”. Y añade: "además de las actividades en el Opus Pacis, podemos considerar un signo de la colaboración y de las buenas relaciones existentes” el hecho que los cargos eclesiásticos fueran ocupados mediante un acuerdo entre el gobierno y los obispos, absteniéndose el gobierno de incluir en dichos acuerdos a sus candidatos el grupo de los “sacerdotes pacifistas”, clérigos adeptos al régimen y en muchos casos espías suyos.

Pero estos acuerdos duraron solamente hasta el año 1958, cuando al obispo de Hamvas se le hizo nombrar vicario general de Esztergom al jefe de dicho grupo de “sacerdotes pacifistas”. Mientras que en la coexistencia y la distensión se habían convertido en las palabras mágicas, cuando monseñor Casaroli en 1960 comenzó los tratos con el régimen de Kádar ya los “sacerdotes pacifistas” habían reducido al silencio la verdadera Iglesia húngara. Por esto, continúan las memorias del cardenal, “el diplomático vaticano no escuchó ya la palabra del catolicismo húngaro y por eso la diplomacia vaticana tomó decisiones sin conocer a fondo la situación, haciendo tratos que solamente favorecieron a los comunistas, con graves desventajas para el catolicismo húngaro”.

Años después, después de largas negociaciones, Pablo VI llamó a Mindszenty a Roma en 1971. El aceptó algunas de las condiciones que se le pusieron, si bien lagunas lo dejaron muy perplejo, como la de no hacer ninguna declaración sobre los hechos ocurridos en Hungría: El nuncio en Viena le comunicó que la Santa Sede le había dado garantías al régimen comunista húngaro de que el purpurado no habría dicho nada en el extranjero que resultase desagradable al gobierno. El afirmó que de haber conocido dichos acuerdos se habría negado a dejar el país. Le pidió al nuncio que explicase a los órganos vaticanos competetentes la verdadera situación de la Iglesia en Hungría. El confiaba “que la Santa Sede habría explicado a la opinión pública la verdad sobre las causas y las circustancias de mi alejamiento” del país. Sin embargo vio que el Osservatore Romano “comentó mi partida de Hungría como si con mi alejamiento se hubiese eliminado el obstáculo que hacía más difíciles las buenas relaciones entre la Iglesia y el estado. Esta fue mi primera experiencia amarga.” Por otro lado, ese mismo año

Después de su aislamiento físico en la embajada americana en Budapest, venía ahora el aislamiento moral y psicológico, si bien Mindszenty no se conformó con guardar silencio, viajó por Europa y los Estados Unidos para animar a los húngaros exiliados, y elevó peticiones a Europa y a la ONU para que defendiesen la libertad religiosa detrás del telón de acero. En 1974 publicó sus “Memorias”, que cuando las leyó Pablo VI las calificó de “preciosas, fascinantes”, a la vez que le alertó porque cuando las conociesen los comunistas se vengaría repitiendo las antiguas calumnias contra él. El cardenal le recordó respetuosamente al Papa que ya estaba acostumbrado a las calumnias de los enemigos de la Iglesia.

El día 5 de febrero de 1974 se hizo público que, por disposición del Papa Pablo VI, el cardenal Mindszenty cesaba como arzobispo de Esztergon y Primado de Hungría, en otra cesión vaticana por exigencias de la OstpolitikEl anciano cardenal diría en esta ocasión: "La historia del bolchevismo, que se remonta ya a medio siglo, demuestra que la Iglesia no debe hacer ningún gesto conciliador a la espera de que cese por ello la persecución religiosa"

Un hermoso elogio fúnebre del cardenal, fallecido en Viena el 6 de mayo de 1975, lo pronunció durante la audiencia del miércoles (7 de mayo de 1975) el mismo Pontífice, que lo definió como “Singular figura de sacerdote y de pastor(…). Ardiente en la fe, orgulloso en los sentimientos, inamovible en lo que le parecía deber y derecho (…). La historia (…) sabrá dar de él un juicio más equilibrado y objetivo, y a su figura el lugar que le corresponde”.
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sábado 19 de noviembre de 2011

EL CONGRESO EUCARÍSTICO QUE CUMPLIÓ CIEN AÑOS


CIEN AÑOS DE UN CONGRESO EUCARÍSTICO MEMORABLE: MADRID, 1911

Este año se ha cumplido el primer centenario de un evento importante en la vida religiosa española: el XXII Congreso Eucarístico Internacional de Madrid, que tuvo lugar del 25 al 30 de junio de 1911. Por una feliz circunstancia, el Romano Pontífice bajo cuyo reinado y égida se celebró la grandiosa manifestación era nada menos que san Pío X, el llamado “papa eucarístico”. Menos de un año antes había promulgado el importantísimo decreto Quan singulari (8 de agosto de 1910), por el que se establecía la edad de la primera comunión de los niños en la de la aparición del uso de razón. Como se sabe, hasta entonces se retrasaba la recepción del pan eucarístico hasta prácticamente la adolescencia, con lo cual se privaba a los niños de la gracia extraordinaria del magno sacramento por un sentido errado de reverencia, resabio de jansenismo y expresión de un cierto cartesianismo. Cinco años antes el Papa Sarto había emanado el decreto Sacra Tridentina Synodus sobre la comunión frecuente (20 de diciembre de 1905), que vino a poner fin a la práctica de no comulgar sino de vez en cuando y con permiso del confesor, sin duda con la intención de evitar la rutina y aun el sacrilegio, pero olvidándose de que la Eucaristía es el mejor medio para la santificación. Justamente, pues, el primer Congreso Eucarístico Internacional que se celebraba en España (tercero de ámbito nacional, siguiendo al de Valencia de 1893 y al de Lugo de 1896) iba a serlo bajo los mejores auspicios.

San Pío X nombró legado suyo a latere para presidirlo al cardenal franciscano Gregorio María de Aguirre García (1835-1913), del título de San Juan ante Portan Latinam, arzobispo de Toledo, primado de las Españas y patriarca de las Indias Occidentales, así como senador por derecho propio ante las Cortes del Reino. Como dato interesante de su biografía, cabe destacar que fue consagrado obispo en 1885 por el entonces nuncio en España monseñor Mariano Rampolla del Tindaro, más tarde cardenal y fallido papa en el cónclave de 1903, durante el cual le fue interpuesto el exclusive del emperador austrohúngaro y del que salió finalmente elegido san Pío X. También frecuentó al secretario de la nunciatura de Madrid, monseñor Giacomo della Chiesa, que en 1914 se convertiría en el papa Benedicto XV. El 23 de junio de 1911 fue solemnemente recibido el cardenal legado en la capital española, aunque con una significativa frialdad por parte del gobierno liberal de José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros en el contexto del régimen turnista de la Restauración.


Hay que decir que las relaciones entre Iglesia y Estado no pasaban por su mejor momento. La escalada anticlerical que se había desatado en España coincidiendo con las crisis políticas del siglo XIX (y que se manifestó virulentamente en episodios dramáticos como las matanzas de frailes y las desamortizaciones) había sido frenada gracias al Concordato con la Santa Sede de 1851 y a la Constitución de 1876, que consagraba el principio de la confesionalidad del Estado. Pero la aversión a la Iglesia Católica quedaba latente en amplios sectores de inspiración revolucionaria y en las capas sociales más susceptibles a la propaganda anticristiana. El ejemplo de Francia con su ley de separación de Iglesia y Estado de 1905 (Ley Combes) traspuso los Pirineos y se convirtió en parte del programa liberal. Precisamente pocos meses antes del Congreso Eucarístico Canalejas había promovido la llamada “Ley del Candado” (27 de diciembre de 1910), por la que se prohibía el establecimiento de nuevas órdenes y congregaciones católicas sin autorización previa del gobierno, a la espera de una nueva ley de asociaciones, cuyo proyecto fue presentado al Congreso el 8 de mayo de 1911, aunque no se llegó a tramitar.

Este panorama nos permite comprender la atmósfera contradictoria en la que se desarrolló el Congreso: por un lado entusiasmo de los fieles, de los visitantes extranjeros y de un sector del mundo político y social; por otro, frialdad del mundo oficial, la misma que marcaba por entonces las relaciones entre España y la Santa Sede. El proprio rey don Alfonso XIII, católico convencido él mismo, fue de algún modo retenido en el Palacio de La Granja (residencia estival de los monarcas españoles) para que no asistiera a la inauguración del magno evento religioso. Tuvo éste inicio el domingo 25 de junio, con un solemne pontifical oficiado don José María Salvador y Barrera, obispo de Madrid-Alcalá, en presencia del cardenal legado, en la cripta de la catedral de la Almudena (por entonces en construcción), donde la víspera ya se había cantado la Salve a la Virgen. Ese mismo día 25, en la iglesia de San Francisco el Grande, el cardenal legado declaró abierto el Congreso, en el que tomarían parte más de un centenar de obispos, doce mil sacerdotes y cincuenta mil fieles venidos de todas partes de España y del extranjero (entre ellos diez mil adoradores eucarísticos).

La Presidencia General se confió a la infanta doña Isabel, hija mayor de la ex reina doña Isabel II y tía del rey don Alfonso XIII, a la que el pueblo llamaba cariñosamente “la Chata”. Los más destacados nombres de la nobleza de título e intelectual se hallaban a la cabeza y en las listas de las distintas comisiones y secciones. Presidente de la Sección de Letras fue el ilustre filólogo y publicista don Marcelino Menéndez y Pelayo. Los trabajos se desarrollaron entre el mismo día 25 y el 30 de junio siguiente, teniendo lugar conferencias sobre temas como la Presencia real, la Eucaristía como Sacramento, la Eucaristía como Sacrificio, Sacerdocio, teología e historia, literatura y arte, asociaciones y obras de apostolado y obras sociales. Todo quedó consignado en dos volúmenes de actas que suman unas mil cuatrocientas páginas y que por sí solos constituyen un completísimo y valioso acervo de doctrina y de cultura eucarísticas.

El día jueves 29 de junio fue el de la gran procesión eucarística, que, partiendo de la iglesia de los Jerónimos, recorrió las principales calles de Madrid, tapizadas de alfombras hechas con toneladas pétalos de flores llegadas de Cataluña, Valencia y Murcia. La custodia monumental, precedida por doce turiferarios, era conducida por miembros del Cuerpo de Bomberos, seguida por el cardenal legado bajo palio llevado por policías urbanos en traje de gala. El obispo de Namur, Mons. Thomas-Louis Heylen, premonstratense, y el de Madrid-Alcalá flanqueaban al purpurado. El paso del Santísimo Sacramento era saludado por salvas de artillería de las distintas baterías apostadas en puntos clave del recorrido. Participaron en el impresionante desfile todos los prelados asistentes al Congreso, unos ocho mil sacerdotes, dos mil terciarios y los diez mil adoradores nocturnos, amén de una inmensa multitud de gentes fervorosas. Emilie Tamisier (1835-1910), fundadora de los Congresos Eucarísticos, había querido asistir al de Madrid y ciertamente hubiera quedado maravillada al ver sus expectativas superadas por la manifestación colosal de la fe eucarística de los españoles, pero había muerto el año anterior. En su lugar vinieron miembros de su familia.

El Estado, aunque bajo un gobierno –como hemos visto– poco proclive al despliegue público del catolicismo, se hizo presente a través de sus distintas instancias, que acudieron en corporación: Mesas de los Cuerpos Colegisladores, Altos Tribunales, Capitanes Generales y Administración Pública. La Diputación y el Ayuntamiento de Madrid acudieron asimismo precedidos por maceros. El partido conservador en pleno, con su jefe Eduardo Dato a la cabeza, también participó en la procesión del Santísimo Sacramento, que fue recibido en la Plaza de la Armería por la familia real, a la que acompañaba el Gobierno (Canalejas no había podido impedir su regreso desde La Granja para los actos de clausura del Congreso). El rey don Alfonso XIII, la reina doña Victoria Eugenia y la reina madre doña María Cristina, esperaban en la puerta principal del Palacio Real. Detrás de ellos se hallaban las infantas doña Isabel, doña María Teresa y doña Luisa de Orleáns, así como los infantes don Carlos de Borbón-Dos Sicilias y don Fernando de Baviera, y el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Antonio Vico, arzobispo titular de Filippi. Después de postrarse ante el Santísimo en adoración, la regia comitiva lo acompañó hasta el Salón del Trono, donde recibió el homenaje de toda la corte. Acto seguido, el R.P. Eulogio María Postius, vicentino, dio lectura, en nombre del Rey, al acto de consagración, del que destacan las siguientes palabras:

“Soberano Señor, vivo y presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, Rey de reyes y Señor de los que gobiernan: ante vuestro augusto trono de gracia y de misericordia se prosterna España entera, vuestra hija muy amada. Somos vuestro pueblo. Que vuestro imperio dure siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

A continuación, el cardenal legado salió al balcón del Palacio Real y dio la bendición con la sagrada custodia al pueblo congregado en la Plaza de la Armería, acompañado por los compases de la Marcha Real. Un atronador saludo de los clarines del Cuerpo de Caballería, las trompetas del de Artillería, las salvas de los cañones y los vítores lanzados por miles y miles de gargantas entusiastas respondió a este último acto que puso broche de oro a la procesión. El Santísimo fue reservado en la Real Capilla de Palacio.

Al día siguiente, viernes 30 de junio, se organizó una excursión a Toledo, a la que asistieron más de siete mil congresistas, encabezados por Su Beatitud Paul Petros XIII Terzian, patriarca de Cilicia (Armenia), y varios otros prelados españoles y extranjeros. En la catedral primada asistieron a la celebración de un pontifical en rito mozárabe y más tarde recibieron la hospitalidad de las autoridades y vecinos de la Ciudad Imperial, cuyos principales monumentos fueron admirados visitados por los visitantes. El cardenal legado, arzobispo primado, ofreció a los prelados presentes un banquete en su palacio.

El sábado 1º de julio, tuvo lugar una solemne vigilia general extraordinaria en la Basílica del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial. Presidida por el cardenal Aguirre desde su trono en el presbiterio, comenzó a las diez de la noche y se prolongó hasta las tres de la madrugada del domingo día 2, cuando dio comienzo la misa de comunión general, en la que tomó parte Su Majestad la reina doña Victoria Eugenia, llegada expresamente desde La Granja. Pasadas las cuatro de la madrugada empezó a organizarse la procesión de las distintas adoraciones nocturnas, que recorrió La Lonja de El Escorial, homenajeando al Santísimo Sacramento llevado por el cardenal Aguirre y que duró unas tres horas. Desde un altar improvisado y cuajado de flores y cirios dio el legado papal la bendición con la custodia, haciendo la reserva en la Real Basílica. Con estos actos llegó a su fin el XXII Congreso Eucarístico Internacional de Madrid. Como coronamiento del mismo se realizó el día 7 de de julio una peregrinación a Villarreal en Castellón para visitar el sepulcro del franciscano san Pascual Baylón, patrón de los congresos eucarísticos, venerado en la Real Capilla del convento de Clarisas.

Unos días más tarde, el 10 de julio, escribió san Pío X: «Parece que la España católica se propuso demostrar, teniendo por testigos a preclaros varones procedentes de todo el mundo, que en el amor a Jesucristo y en el culto de su religión, que toda se ordena a la Eucaristía, a nadie cede el primer lugar, y esto se vio plenamente demostrado por el gran número de personas de todas condiciones que, siguiendo el ejemplo del Rey Católico, dieron públicamente claras muestras de su piedad. Nos alegramos también de que, como fruto insigne del Congreso, se haya celebrado una solemne Vigilia por los piadosos adoradores nocturnos en el templo de El Escorial, no ignorando tampoco que con esta ocasión dio la Real Familia nuevas muestras de su piedad». Pero se ve que el Congreso matritense produjo una honda impresión en el Papa, ya que aún en la alocución consistorial del 27 de noviembre, lo evocaba nuevamente ante el Sacro colegio, encomiando su celebración, que “en modo alguno desdecía en esplendor de las magníficas reuniones de Londres, Colonia y Montreal” y durante la cual “toda la nación española se postró a los pies de Jesucristo, todos los órdenes de la sociedad civil, desde los más ínfimos a los más altos, ilustrados por el ejemplo del Rey Católico con su augusta Casa”. Cabe recordar que en esta ocasión creó san Pío X cardenales a dos españoles: don José María Cos y Macho, arzobispo de Valladolid, y don Enrique Almaraz y Santos, arzobispo de Sevilla, así como el nuncio apostólico en España, monseñor Antonio Vico.

Un recuerdo perenne del Congreso Eucarístico lo constituye el celebérrimo himno oficial que lleva por título “Cantemos al Amor de los amores”. Escrita por el R.P. Restituto del Valle Ruiz, agustino de El Escorial (1835-1930) y puesta en música por el maestro Ignacio Busca de Sagastizábal, organista guipuzcoano de San Francisco el Grande de Madrid (1868-1950), esta pieza –que fue primitivamente llamada “A Cristo Jesús”– ganó el certamen organizado por la comisión que presidía Menéndez y Pelayo para dotar al Congreso de un himno. Aunque cada una de estas asambleas tiene el suyo propio, el de Madrid de 1911 ha atravesado las décadas y las fronteras y se sigue cantando con la misma emoción con la que fue ejecutado durante la gran procesión eucarística del 29 de junio de aquel año y no sólo en España sino en todo el ámbito hispano. Como colofón de esta breve reseña, he aquí su texto, henchido de devoción eucarística y que es como un monumento a la fe imperecedera de la España católica:


CANTEMOS AL AMOR DE LOS AMORES

Cantemos al Amor de los Amores
cantemos al Señor:
Dios está aquí, ¡venid adoradores,
adoremos, a Cristo Redentor!

¡Gloria a Cristo Jesús,
cielos y tierra, bendecid al señor
honor y gloria a Ti, rey de la gloria
amor por siempre a Ti
Dios del Amor!

Por nuestro amor oculta en el sagrario,
su gloria y esplendor;
para nuestro bien, queda en el santuario,
esperando al justo y pecador.

¡Gloria a Cristo Jesús, etc.

Unamos nuestra voz a los cantares
del Coro Celestial;
Dios está aquí, al Dios de los Altares
alabemos con gozo angelical.

¡Gloria a Cristo Jesús, etc.

Los que buscáis solaz en vuestras penas
Y alivio en el dolor:
¡Dios está aquí y vierte a manos llenas
Los tesoros de divinal dulzor!

¡Gloria a Cristo Jesús, etc.

Que abrase nuestro ser la viva llama
Del más ferviente amor;
¡Dios está aquí: está porque nos ama
Como Padre y Amigo bienhechor!

¡Gloria a Cristo Jesús, etc.

Cantemos al Amor de los amores,
Cantemos sin cesar:
Dios está aquí, ¡venid adoradores,
adoremos, a Cristo en el altar!

¡Gloria a Cristo Jesús, etc.
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jueves 10 de noviembre de 2011

SANTO TORIBIO, DEFENSOR Y PADRE DEL INDIO (I)


LOS PRIMEROS AÑOS DEL GRAN OBISPO DE LIMA

José Antonio Benito Rodríguez

I.TORIBIO ALFONSO MOGROVEJO ANTE LA HISTORIA

La figura del segundo auténtico Santo Padre de América, va cobrando el puesto histórico que le corresponde. Tenemos la mejor prueba con motivo del IV Centenario de su muerte, celebrado el pasado 27 de abril del 2006. Nuestra olvidadiza Lima, celebró por todo lo alto el IV Centenario de su muerte La Universidad Nacional de San Marcos en la persona de su rector Dr. Manuel Burga conmemoró la incorporación del Santo como doctor honoris causa, el Presidente del Congreso, Marcial Ayaipoma, a nombre del Congreso de la República, condecoró a Santo Toribio de Mogrovejo con la con el grado de Gran Cruz en Grado Póstumo. Mientras que el alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, entregó la medalla de la ciudad de Lima al Santo Arzobispo. El Enviado Especial del Papa Benedicto XVI, Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, en la clausura del Congreso Académico Internacional Santo Toribio de Mogrovejo manifestó que una de las enseñanzas que debemos rescatar de Santo Toribio de Mogrovejo es su valentía de aceptar la voluntad del Señor con total disponibilidad y de entregarse al ejercicio de su ministerio sin reservas hasta el momento de su santa muerte:

He quedado muy impresionado con la polifacética personalidad de nuestro Santo y puedo asegurarles que, si bien conocía algo de su santa e intensa vida, es ahora cuando he podido conocerlo y quiero junto con ustedes dar gracias al Señor por haber regalado al Perú y a toda América tan Santo y egregio Pastor…Hoy, a cuatro siglos de su paso por este mundo, los esfuerzos del Santo Arzobispo se notan en cada templo y poblado del territorio peruano, donde la devoción a la Eucaristía y a la Virgen son los medios que acrecientan y alimentan su fe y esperanza y, sobre todo, lo que enciende sus corazones de caridad…Debe decirse en la celebración del IV Centenario de la muerte de Santo Toribio que su testimonio de vida, su santidad, sabiduría, celo apostólico, caridad y gobierno pastoral han dejado huellas imborrables en la historia eclesial del Perú y del Continente y que los llamados a ejercer el ministerio episcopal hoy en nuestra América Latina debemos estudiar y conocer mejor su ejemplar vida porque es mucho lo que nos puede enseñar.

Nadie como él encarnó el perfil trazado por Juan Pablo II en su exhortación postosinodal Pastores gregis encaminada a valorar la triple misión (el “munus”) de los obispos (enseñar, santificar y regir) proponiéndoles “el ejemplo de Pastores santos, tanto para su vida y su ministerio como para la propia espiritualidad y su esfuerzo por adaptar la acción apostólica” (n.25).

Nacido en Mayorga (Valladolid-España) en 1538 y fallecido en Zaña, Perú, 1606), contaba 39 años cuando fue elegido como segundo arzobispo de Lima; debió interrumpir sus estudios de doctorado en derecho civil y canónico por la Universidad de Salamanca al ser nombrado juez inquisidor de Granada. Sin pasar por ningún seminario, fue ordenado diácono, sacerdote y obispo en pocos meses, llega al Perú, donde desde el 1581 acomete la aventura de ser pastor de una de las diócesis más grandes del mundo, cuyo territorio se extendía del Océano Pacifico a la selva de la Amazonía y a los valles inaccesibles de los Andes, en un mundo en transformación y lleno de contradicciones. Efectivamente, la sociedad incaica del Tahuantinsuyo había sido conquistado hacía cincuenta años, sufriendo una metamorfosis con la presencia española que puso las bases de la nueva sociedad mestiza de la peruanidad.

Toribio “no perdió su tiempo”: se puso manos a la obra construyendo la Iglesia, que él denominaba “la nueva cristiandad de las Indias”. Trece sínodos diocesanos, tres concilios provinciales –especialmente el tercero de 1582- con sus instrumentos catequéticos como el Catecismo trilingüe (en castellano, quechua y aymara) –primer libro publicado en América del Sur-, las Visitas pastorales, en las que llegó a cada pueblo de su dilatada diócesis recorriendo más de cuarenta mil kilómetros, son los pilares de una civilización cristiana donde las distancias entre las culturas y las tradiciones fueron encontrando en la profundización de la fe el camino de la unidad y de la identidad. Como Pablo en la primitiva Iglesia; Benito, Cirilo y Metodio en la Europa medieval; Francisco de Sales, Carlos Borromeo y Francisco Javier en la Reforma Católica, o Juan de Zumárraga y Tata Vasco en América este gran misionero indica que en un mundo multicultural y multiétnico la fe cristiana induce al encuentro y al diálogo, a la pasión para que la verdad de Cristo sea conocida como respuesta a la exigencia de infinito que constituye el corazón de cada hombre. Como otro Cristo, se hizo servidor de todos apostando por un mundo de verdad, libertad y hermandad. Su vida de contemplativo en la acción fructificó en santos como Rosa de Lima, Martín de Porres, instituciones como el Seminario o el Convento de Santa Clara, organizaciones como nuevas cofradías, parroquias, poblados, leyes y costumbres del nuevo Perú.

Tal fue la importancia de su testimonio episcopal que el mismo Papa Juan Pablo II lo declaró, a pedido de los mismos Pastores latinoamericanos, Patrono de los Obispos de América Latina. Cuando el Papa vino a Perú, y tuvo que hablar a sus pastores, no encontró mejores palabras que trazar una semblanza sobre su “figura profética, central en vuestras Iglesias”, a la luz de los desafíos de nuestro tiempo. En aquel encuentro celebrado en Lima, en la casa de la Conferencia Episcopal, 2 de febrero de 1985, destacó: “En Santo Toribio descubrimos el valeroso defensor o promotor de la dignidad de la persona […] El fue un auténtico precursor de la liberación cristiana en vuestro país (Perú) […] El supo ser a la vez un respetuoso promotor de los valores culturales aborígenes”.

Entre los diversos aspectos de la rica personalidad de Mogrovejo descuella su gran preocupación por los nativos, los indios, los pobres más pobres de todos los pobres de su tiempo Su formación jurídica, su profesión de abogado y juez en el tribunal de la Inquisición, su aprendizaje como docente universitario al lado de su tío Juan de Mogrovejo, se proyectará en una misión solidaria al servicio de los demás desde su puesto de pastor. Como tal le tocará legislar, visitar, convivir con todos los fieles, pero de un modo particular con los indios, los naturales de Indias. A ellos se entregará con denodada pasión, convirtiéndose en su auténtico padre y defensor. Constatar y verificar tales menesteres son el objetivo del presente artículo. Lo sintetizó uno de los sacerdotes limeños que mejor le conoció, el Dr. Fernando de Guzmán, 40 años rector del Seminario Santo Toribio y tres veces rector de la Universidad de San Marcos, quien declaró en el proceso de beatificación del Prelado, 5.VII.1630, que fue de “muy honesto y amigo de pobres, y en especial de indios y gente humilde”.

II.FORMACIÓN JURÍDICA HUMANÍSTICA:

1.VALLADOLID, CAPITAL DEL MUNDO HISPANO, A FAVOR DE LOS DERECHOS HUMANOS
Toribio vino entrenado a América en su consideración acerca de los indios. Lo aprendió especialmente en Valladolid y en Salamanca. Corre el año 1550, Toribio cuenta con 13, y acude a Valladolid para estudiar la Gramática y Derecho hasta 1560. Diez años en Valladolid, “corazón del mundo hispánico” (B. Bennasar), cuna de Felipe II, punto de partida para el viaje eterno de Colón, la ciudad que acogió a Cortés para dar a conocer su nuevo mundo -el azteca-, foro de la polémica Las Casas-Sepúlveda y promulgación de las Leyes Nuevas, asiento del Consejo de Indias, el Abrojo, de donde salió el P. Antonio Ortiz como Comisario de la orden franciscana según el espíritu reformador de san Pedro Regalado, y donde fue prior el obispo de México, Zumárraga; la Chancillería, tribunal superior de Justicia para todo el norte de la Península, y desde donde saldrán numerosos documentos para el virreinato; don Pedro de Lagasca - pacificador del Perú, luego obispo de Palencia - quien funda la iglesia de la Magdalena. Del Colegio Mayor de San Gregorio saldrán los más selectos misioneros dominicos como aquellos que Fray Domingo de la Parra pedía a Felipe II “y que sean de Castilla porque están criados en más sujeción y religión". Aquí estaba el colegio san Ambrosio - hoy Santuario Nacional de la Gran Promesa- de donde salieron varios jesuitas que luego le ayudarían, como el medinense José de Acosta.

Parece ser que santo Toribio pudo estudiar el Arte y vocabulario quechua en España o en la propia travesía marítima, ya que fue publicada por Fray Domingo de Santo Tomás en Valladolid en 1564. Podemos colegir que, durante el largo viaje por barco hasta el puerto de Paita, el nuevo arzobispo de la Ciudad de los Reyes aprovechó del abundante tiempo que tuvo a su disposición para seguir estudiando, pues, aun antes de embarcarse en Sanlúcar, se le había visto repetidas veces con un ejemplar de esa obra

2.QUOD NATURA DAT, SALMANTICA PRAESTAT. VITORIA Y LA ESCUELA DE SALAMANCA
La célebre frase en negativo “quod natura non dat, Salmantica non praestat” no puede aplicarse al Licenciado Mogrovejo, más bien la contraria. Lo que Toribio recibió de la naturaleza, su perspicaz inteligencia y su férrea voluntad, lo completó en la famosa universidad salmantina, la que siempre consideró el arzobispo su alma máter.

Llegó allí en 1562, atraído por su tío Juan Mogrovejo, canónigo y célebre catedrático de la Universidad de Salamanca y Coimbra, a quien ayudará en ocasiones a transcribir sus lecciones. En 1562-3 lo hallamos matriculado como estudiante sin grado; en 1563, como bachiller canonista. Vive su Universidad su momento de oro en la renovada Escolástica y en la formación de la denominada por L. Pereña “la Escuela de Salamanca". Su máximo esfuerzo será el proyectar la teología en el hombre, como persona individual y en su cuerpo social. Tal como señala el historiador y teólogo Melquiades Andrés, “Salamanca humaniza la teología aplicándola al derecho, a la economía, a la vida, desde la consideración del hombre como imagen de Dios. Aquí basamenta la dignidad e igualdad de todos los hombres y la universalidad de la ley natural".

Tan sólo habían transcurrido 16 años de la muerte del gigante P. Vitoria. En 1539, a raíz de los hechos poco cristianos en la conquista del Perú, se cuestiona la presencia hispana en Indias y el mismo Carlos V pareció dispuesto a abandonar si tal era el dictamen de juristas y teólogos. Escribe las Relectio de Indiis. Partiendo de la libertad natural e igualdad jurídica de todos los hombres señala 7 títulos ilegítimos entre los que destacan la autoridad universal del Emperador y la del Papa. A continuación indica 7 títulos legítimos para justificar la guerra y ocupación del territorio: el derecho de natural sociedad y comunicación libre; derecho de evangelización o propaganda de la fe; derecho de intervención paran que los convertidos no vuelvan a la idolatría; dar un príncipe cristiano a los convertidos; derecho de intervención para evitar la tiranía, sacrificios y leyes vejatorias; la elección verdadera y voluntaria.

En tiempos del Licenciado Mogrovejo, enseñaban sus discípulos egregios Soto y Cano. Maestro suyo sería Martín Azpilcueta, el doctor Navarro, primo de san Francisco Javier. Probablemente fue alumno del célebre Fray Luis de León, pues justo los años en que se matricula para el doctorado en el Colegio San Salvador de Oviedo (1571-1575) explicaba el tratado De Legibus.

Anoto dos anécdotas del santo licenciado al hilo de sus recuerdos salmantinos ya en Perú. Cuentan los testigos que por estas fechas repetía mucho las palabras escuchadas al popular predicador P. Lobo, en Salamanca: “Juicio, infierno, eternidad. Antes reventar que cometer un pecado venial”.
El Licenciado Gregorio de Arce de Sevilla, natural de Suances de Nava (Palencia), con 54 años de edad en 1631, relator de la Real Audiencia de los Reyes, Gobernador, corregidor y justicia mayor de Huancavelica. Le trató en Salamanca, en el Colegio Mayor de Oviedo, “donde tuvo gran noticia de su virtud, letras y santidad…y habiendo venido este testigo a esta tierra salió a recibir al dicho Sr. Arzobispo cuatro leguas de esta ciudad que venía de visitar y después de haberle saludado le dio el dicho recaudo y embajada y salió el dicho Sr. Arzobispo con este testigo al campo". Declara que, al ver lo poco que comía, se atrevió a decirle que “mirase lo que hacía porque era disminuir su salud y sustento", a lo que el Arzobispo respondió: “que ya tenía la naturaleza habituada a ello". En Salamanca, en 1727, se organizó un octavario solemne acompañado de cohetes artificiales y hasta dos corridas de toros en la Plaza Mayor. El 21 de julio de 1727 –unos ocho meses después de la canonización, en diciembre de 1726- Salamanca organizó el más espléndido espectáculo académico de carácter religioso. Todos los colegios mayores, la Universidad, el clero secular, las órdenes religiosas se unieron para aclamar al santo en la iglesia de la Purísima. Durante dos horas y media, cuatro pirotecnios ayudados de espontáneos estuvieron disparando cohetes. Se trasladó la imagen del santo colegial desde su capilla del Colegio Mayor de Oviedo hasta las Madres Agustinas frente al Palacio Monterrey. Fue una profesión solemne en la que todas las fuerzas vivas de la ciudad tomaron parte. La estatua de santo Toribio, en hábito de colegial con la beca morada de terciopelo fue precedida por las de san Juan de Sahagún y santo Tomás de Villanueva. El cronista Guerrero dirá: “Con ser Salamanca la que dispone las más magníficas fiestas de España, preparó el Colegio de Oviedo una nunca vista…Parecía la plaza una encendida Roma".

3.EL APRENDIZAJE MUSULMÁN DE GRANADA
No había pasado un siglo desde que la moruna Granada fuese reconquistada por los Reyes Católicos, en 1492. Frente a la Alhambra, el emperador Carlos V se había hecho edificar el suntuoso palacio poco antes de que Toribio fuese allá como inquisidor. En septiembre de 1536 se había instalado el célebre Juan de Dios que, por la predicación de Juan de Ávila, había comenzado la obra a favor de los enfermos mentales. Corre el año de 1574; estaba reciente la insurrección morisca que Juan de Austria apaciguase en Las Alpujarras. Palpita el espíritu misional, netamente apostólico, de Fray Hernando de Talavera. Los vencidos encuentran en Toribio, el más joven de los tres inquisidores del Tribunal, un padre, consejero y protector. Sus compañeros “in solidum” eran Diego Messía de Lasarte y Diego Romano; éste último fue obispo de Tlaxcala y tío del capitán Juan Reinoso, quien declaró en el proceso de beatificación relatando la decisiva intercesión del prelado Mogrovejo para salvar a su hermano, condenado a muerte por agraviar al caballero Luis de Navares.

En frase de sus enemigos sería un “encubridor” como le calumniarán después, misionando en Perú. Sin embargo, el ejercicio de inquisidor le permite conocer la realidad en directo, especialmente cuando tiene que visitar las siete villas de la ciudad y sus anejos, así como las ciudades de Loja, Alhama, Archidona y la villa del Río Alejo. Fue el caso de las falsas beatas iluminadas, una de las cuales pretendía tener visiones místicas y otra que defendía la bigamia; la que creía que la prostitución no era pecado. Sacaría lecciones de este primer contacto sistemático con la práctica religiosa y las convicciones teológicas del pueblo en una población plural. Fueron numerosos los casos tratados en los cinco años, dirigiendo más de un centenar de cartas al Consejo Supremo de la Inquisición. Resuelve una compleja querella entre la Chancillería granadina y el Tribunal del Santo Oficio. En toda su gestión granadina da muestras de rectitud como lo evidencia el hecho de que tras una visita oficial al tribunal, todos sus miembros son removidos menos Toribio.

Fue nombrado arzobispo el lunes 16 de marzo de 1579 por el Papa Gregorio. En ese momento, se supone que era ya clérigo de primera tonsura, requisito necesario según las Constituciones del Colegio Mayor de Oviedo para ingresar en el mismo, y le permitía recibir las provisiones de algún beneficio eclesiástico. Mogrovejo siguió como inquisidor de Granada Hubo que arreglarlo todo para conferir las cuatro órdenes menores y el subdiaconado en Granada, en el espacio de un mes, por mano del arzobispo de Granada don Juan Méndez de Salvatierra en agosto de 1580.

Nos dirá su biógrafo León Pinelo: “Sentía en su alma notable desconsuelo, cuando se ofrecía el castigar delitos de blasfemias, herejías, judaísmo y otros semejantes. Amaba mucho a Dios y así era celoso de su honra. Quería con extremo a los prójimos y sentía con extremo el ver usar de rigor con ellos…Pero como en Dios los atributos de la justicia y de la misericordia, aunque son diferentes, no son contrarios, sino conformes y compatibles…era justiciero con misericordia y misericordioso con justicia…Aborrecía los delitos no los agresores".

Le acompañan seis granadinos como criados. Granada guardará siempre el recuerdo de su inquisidor y sacerdote. Apoyó con entusiasmo la beatificación y canonización, celebrando por bastante tiempo su fiesta en el convento de las Carmelitas Descalzas, e impulsada por Arias Campomanes, presidente de la Chancillería.
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