martes 9 de marzo de 2010

JERÓNIMO SAVONAROLA: ¿SANTO O REBELDE AGITADOR?


PROVOCÓ Y SIGUE PROVOCANDO GRANDES ODIOS Y GRANDES ENTUSIASMOS

En el innegable clima de decadencia general que experimenta la Iglesia en el siglo XIV y XV (corrupción de la curia romana, Papado poco ejemplar y más dedicado a la defensa del poder temporal que al bien espiritual de los cristianos, episcopado y clero de bajo nivel intelectual y moral, relajación de la mayoría de las órdenes religiosas, etc), era lógico que apareciesen en distintos países del orbe católico voces críticas, y que algunas tomasen formas proféticas e incluso con tintes apocalípticos anunciando la cólera de Dios, y que predicaran una penitencia capaz de contrarrestar la ruina, reclamando por tanto la conversión de las costumbres. Tales voces se hicieron oír con más intensidad en los llamados sermones penitenciales de la época, y algunos han pasado a la historia por lo fuerte que se escucharon. El caso concreto que hoy nos ocupa, el de fray Jerónimo Savonarola, de la Orden de Predicadores, fue de los más conocidos y a la vez polémicos de la época, y hay que decir que lo sigue siendo incluso en la actualidad.

¿Fue Savonarola un santo o un rebelde exaltado? La respuesta no es fácil. San Felipe Neri (su compatriota), y por influjo suyo, el Cardenal Newman lo tuvieron por santo, otros lo han tenido por todo lo contrario. En el caso de Felipe Neri, su devoción era sincera, como consecuencia de lo que había oído contar a sus compatriotas, entre los cuales muchos veneraban al Dominico. Lo que está claro es que nunca fue hereje, aunque murió condenado por los legados papales y quemado, por lo que algunos han querido ver paralelismo entre su caso y el de Santa Juana de Arco. Pero la realidad es bien distinta: La cuestión fue de obediencia a la Iglesia, concretamente al Papa, aunque sería demasiado inocente el no tener en cuenta los factores políticos y económicos que estuvieron detrás de su condena por parte del Papa.

Algunos destacan su carácter temperamentalmente exaltado y presuntuoso, cuyas actuaciones concretas pudieron pecar muchas veces de imprudentes y tercas al no querer enmendarse. Otros destacan su fe enérgica, casi heroica, su religiosidad pura e intachable, su seriedad penitencias y su severa ascética, y ven en él a un hombre de oración, prácticamente un místico. Nacido en 1452 y muerto en la hoguera en 1498, fue conocido sobre todo en su época de prior del convento de San Marcos de Florencia, que comenzó en 1482 y concluyó con su muerte (aunque dejó dicha ciudad del 1487 al 1490 para ser director de estudiantes en Bolonia).


El controvertido religioso vio la luz en Ferrara un 21 de septiembre, tercer hijo de siete hermanos de una familia acomodada, de padre comerciante y madre de nobles orígenes. Su abuelo, médico de profesión y escritor religioso por devoción, se encargó de la educación de Jerónimo, que por tanto recibió una formación sólidamente religiosa, además de humanista. El padre hubiera querido que Jerónimo siguiese el ejemplo del abuelo y se hiciera médico, cosa que en un primer momento él se pensó seriamente, iniciando incluso los estudios de medicina, pero pronto prefirio tomar otro camino en su vida.

Ingresó en la orden de Santo Domingo a la edad de 22 años, después de haber estudiado con los Agustinos, y ya en religión combinó su vasta cultura humanista con la lectura asidua de Santo Tomás de Aquino, al que siempre admiró, además de aprender la Sagrada Escritura a la perfección, cosa que admiraron hasta sus peores enemigos. Una vez ordenado, estuvo destinado en Bolonia donde empezó a usar su estilo, que se haría famoso, de críticas subidas de tono contra todo tipo de vicio, sin ahorrar invectivas contra la jerarquía de la Iglesia y contra los mismos Papas, que describía como derrochadores de dinero que gastaban en obras de arte. Este estilo y su limpia retórica hicieron que multitudes asistieran a sus predicaciones.

Pero el escenario de la actuación que le llevó a una fama más extendida fue la Florencia del tiempo de máximo delirio renacentista (1490-1499), la ciudad humanista de las artes, pero también del lujo y los excesos, y la ciudad rebelde que antes y durante la victoriosa expedición de Carlos VIII de Francia por Italia luchó por liberarse de la tiranía de los Medici. En 1492 había muerto Lorenzo el Magnifico. Secomentó entonces que fray Jerónimo fue llamado a la cabecera del moribundo y que se negó a darle la absolución, lo cual es solamente un rumor popular -basado en el hecho que nuestro protagonista era el confesor habitual del noble moribundo- pero muestra el tenor de la fama del fraile.

En realidad, Lorenzo murió lamentando no haber tenido tiempo para completar la biblioteca que hoy lleva su nombre en Florencia. La muerte de Lorenzo sumió a la ciudad en el luto, a pesar de todo, y tuvo como consecuencia que en Italia se rompía el equilibrio logrado por la paciente, sagaz y adinerada diplomacia del Magnífico. Los franceses entraron en Italia con su rey al frente -Carlos VIII- y Pedro, primogénito y sucesor de Lorenzo, cedió y lo dejó ocupar cuatro bastiones toscanos. Los florentinos se enfurecieron por dicha debilidad (no les hacía falta mucho esfuerzo para encontrar una excusa) y expulsaron a los Médici de la ciudad el 9 de noviembre de 1494

Cuando el monarca francés intentó la conquista de Italia en ese año 1494, nuestro protagonista llegó a considerarle como instrumento divino de la regeneración de su patria por el castigo, merecido por las malas costumbres de los Medici y, como consecuencia, de los ciudadanos de Florencia, comenzando por el clero y los religiosos relajados, y a él se presentó en Pisa y en la misma Florencia excitándole a cumplir el mandato de la Providencia. En realidad la tarea inmediata que le habían encomendado a Savonarola sus superiores era la dirección de su convento, pero dicha tarea pronto se le quedó pequeña para su arrolladora personalidad y él la relacionó con una obra de reforma general de la Iglesia y, especialmente, del clero. En su convento pretendió Savonarola restaurar la antigua disciplina, de ahí que promoviese la creación de una congregación de observancia. Llegó así a tal punto su exaltación reformadora que decidió intervenir activamente en la política de Florencia -en la que tuvo gran éxito por su fogosidad y palabra convincente- mezclándola con la moral y la religión. Cuando consiguió llegar al poder espiritual de Florencia, una vez expulsados los Medici, elaboró una Constitución de fuertes tintes religiosos, reformó la justicia, persiguió los vicios, suprimió la usura y proclamó la amnistía general de los condenados por los la anterior familia reinante.

Pero el ardiente fraile no supo calibrar el poder de sus envidiosos y descontentos (los llamados “arrabbiati”, que habían formado un partido contrario al fraile), pues muchos consideraban algunas de sus decisiones como imprudentes y extremosas: Su afán moralizador hizo que llevase a la hoguera algunos objetos de arte y libros antiguos; dicho afán le llevó también a ejercer una vigilancia molesta en la vida de sus conciudadanos, organizando escuadras de jóvenes, que en su celo puritano llagaron a veces incluso a denunciar a sus propios padres. Dichas escuadras organizaban además frecuentes peleas con los “arrabbiati” por las calles de la ciudad.

Si, como queda dicho, estas acciones crearon a su alrededor no pocos descontentos, la cosa llegó su colmo cuando indispuso también contra sí a nuestro compatriota, el ciertamente poco edificante Papa Alejandro VI, el cual apoyaba a los Medici, también ahora que estaban en el exilio, no por gustos personales, sino porque veía en ellos un freno al posible poderío francés en la zona. A dicho Pontífice fray Jerónimo acusó de simoniaco, diciendo en voz alta que había comprado con dinero la Silla de San Pedro, además de chocar con él por la administración de varias casas dominicanas. El Papa aprovechó unas profecías tremendistas que había hecho Savonarola para invitarle a Roma a explicar dicho sensacionalismo, pero el Dominico, aún reconociendo que como religioso debía de obedecer al Santo Padre, se negó a ir alegando enfermedad, que en realidad encubría el miedo que tenía a la acción de sus enemigos políticos si abandonaba la ciudad.

El 8 de septiembre de 1495 el Papa prohibió a Savonarola el predicar, a lo que el religioso respondió que si el Pontífice mandaba algo contra el bien había que desobedecerle, insistiendo en ello además en los sermones cuaresmales del año siguiente, en los que redobló sus críticas al Obispo de Roma y además se cebó en los vicios de la corte romana. Las noticias no tardaron en llegar a Alejandro, el cual respondió en 1897 con la excomunión, ante la cual Savonarola se burló públicamente y siguió celebrando Misa y subiendo al púlpito para declarar nula la excomunión. Llegados a este punto, hay que decir que si Savonarola estaba convencido de buena fe (aconsejado por teólogos) en la invalidez de la elección papal, que estaría viciada de raíz por la simonía, el resto de sus acciones son coherentes con esta convicción fundamental. Olvidar este punto puede llevar a no juzgar objetivamente al polémico religiosos. El Papa amenazó en un Breve a la ciudad de Florencia con el entredicho si la ciudad continuaba apoyando al religioso y al gobierno francés, que era el modo como Savonarola tenía de mantener lejos a los Medici. A esto respondió el interfecto pretendiendo convocar un concilio que depusiese al Papa.

Pero la excomunión de Savonarola y la amenaza de entredicho a la ciudad sirvieron para debilitar el partido de sus seguidores y fortalecer a los Franciscanos, que en cierto modo lideraban la oposición contra él en la ciudad, entre otros motivos porque la popularidad del Dominico y la iglesia de San Marco habían hecho caer en el olvido la de Santa Croce, llevada por ellos. El miembro de esta Orden, Francisco de Puglia retó en marzo de 1498 a Savonarola a pasar en el mes de abril la prueba de fuego junto con él, para ver quién tenía razón y quién estaba equivocado. Esta prueba, que hoy nos puede parecer estrambótica, no era extraña en aquel tiempo, como una especie de duelo en plan religioso, pero no por ello menos inhumano. A defender a nuestro protagonista salió fray Domingo, miembro de su comunidad y uno de sus grandes partidarios, que quiso sustituirle en la prueba, mientras que los Gobernadores de la ciudad accedieron a la prueba con la condición que si el hermano de su comunidad resultaba quemado, en el plazo de tres horas éste debía abandonar la ciudad. A defender al Franciscano (y a sustituirle en las llamas) se ofreció fray Juliano Rondinelli. El Papa condenó el reto, por considerarlo supersticioso, pero la ciudad se negó a cancelarlo y se preparó todo lo necesario para realizarlo en la plaza de la Señoría.

El día fijado, con todo preparado y la multitud expectante, la cosa se complicó, en primer lugar porque el fraile Dominico quería entrar en las llamas llevando el Santísimo Sacramento, lo que provocó una gran discusión, y finalmente no se accedió a su petición, pero mientras tanto sobrevino una tormenta que hizo alejar a la gente de la plaza y que todo quedase en agua de borrajas. Al día siguiente, Savonarola subió al púlpito como siempre a predicar a pesar de que se le había prohibido hasta que se realizase la prueba de fuego. Por la tarde, él y dos colaboradores suyo, fray Domingo y fray Silvestre, fueron arrestados. En la cárcel confesaron y nuestro protagonista, rezando el Miserere, pidió perdón a Dios de sus culpas. En un juicio organizado por dos legados papales, fueron condenados a muerte y ejecutados en la plaza de la Señoría. Los tres fueron colgados con cadenas de una sola cruz. Un fuego enorme fue encendido bajo sus cuerpos. y sus cenizas arrojadas al río Arno. Contaban testigos presenciales que fray Jerónimo tardó varias horas en quemarse.

Recientemente, a finales del siglo XX, la Orden de Predicadores pidió a la Santa Sede permiso para comenzar el proceso de Canonización de Savonarola, convencidos que había fundamento para tal proceso. El permiso no fue concedido.

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viernes 5 de marzo de 2010

DEVOCIÓN Y LUCHA POR EL PODER: CALVINO EN GINEBRA (2ª parte)


LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL ILUSTRE REFORMADOR

Volviendo un poco en el tiempo para conectar con el artículo anterior, conviene recordar que, según la versión más probable Calvino y Miguel Servet se debieron conocer en París cuando ambos eran jóvenes, los dos compartían un espíritu inquieto, pero no tardaron en chocar, pues el reformador se dio cuenta de los errores teológicos del científico, que hasta a él parecieron inaceptables. Por eso lo denunció al secretario del Arzobispo de Lyon, que lo arrestó y lo presentó a la inquisición, de la que el español pudo escapar por poco y de modo truculento, con ayuda de un amigo, como se vio en el artículo anterior. Calvino mismo hizo después que le arrestaran en cuanto -por razones poco claras, todo hay que decirlo- se atrevió a aparecer por Ginebra y el mismo Reformador lo reconoció en un sermón suyo en la Catedral de San Pedro (en la foto, abajo).

Durante el juicio, dirigido por Pierre Tissot, en el que la acusación fue liderada por Philibert Berthelier, curiosamente de los no favorables a Calvino, el jurado no supo qué decisión tomar y pidieron opinión a otras ciudades suizas, para así mitigar su responsabilidad. Incluso preguntaron a Servet si quería ser juzgado en Ginebra o prefería en Vienne, Francia, a lo que él repondió que prefería en Ginebra. La respuesta de las otras ciudades llegó y fue la de condenar al español por herético. De acuerdo con diversos historiadores, fue el único disidente religioso al que los católicos quemaron en efigie y los protestantes en persona, concretamente el 27 de octubre de 1553, sobre una montaña hecha con sus propios libros, aunque Calvino pidió que en vez de eso se le cortara la cabeza, cosa que no se le concedió. La razón de la condena reproduce la lista de cargos elaborada por Nicolás de la Fontaine (que encontramos reproducida en muchos artículos y libros, todo un clásico), “Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes.“

La condena de Servet, si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino, el cual obtuvo después de la muerte del español otra victoria sobre la ciudad en su deseo de purificar las costumbres del pueblo: Llevaba tiempo pidiendo para el consistorio eclesiástico de la ciudad el poder de excomulgar, que había sido negado tiempo atrás, en 1543, reservándose solamente a las autoridades civiles. Después de la muerte del científico, con ocasión de una decisión de dichas autoridades de revocar la excomunión que años antes el consistorio había impuesto a Philibert Berthelier, Calvino defendió acaloradamente en un sermón el devolver la potestad de excomulgar al consistorio eclesiástico y quitársela a las autoridades civiles, lo que al final consiguió, de modo que el 22 de enero de 1555, el ayuntamiento anunció la decisión de restaurar las Ordenanzas primeras establecidas años atrás por Calvino, devolviendo al consistorio sus poderes espirituales.


Con este aumento de poderes concedido al consistorio eclesiástico, se precipitó la caída de los contrarios a Calvino, que como vimos en el artículo anterior se rebelaron en el mismo año 1555 bajo el liderazgo de Perrin, pero que fueron vencidos y el poder absoluto fue para nuestro Reformador. Así se encontró con un poder prácticamente incontestable hasta el final de sus días, y una gran reputación en el mundo protestante, poniéndosele casi a la misma altura que a martín Lutero, con el cual siempre se había llevado bien hasta que la disputa entre el antiguo fraile agustino y el Reformador de Zurich, Zwinglio, les separó doctrinalmente y personalmente, anticipando así lo que sería la separación de las distintas rmas del protestantismo. En favor de Calvino hay que decir que sufrió viendo la división que se creaba entre los reformadores y trabajó para unirlos, a Lutero, Zwinglio e incluso contactó con el Arzobispo de Canterbury, Thomas Crammer para convocar un sínodo ecuménico, que sin embargo al final no se pudo reunir.

En sus últimos años, nuestro reformador contribuyó a la consolidación del protestantismo en Inglaterra, a través de la formación de predicadores que volvieron a su pais llevando la doctrina aprendida en Ginebra y predicaron sobre todo en Escocia. Por supuesto qua contribuyó también a la difusión de dichas ideas en Francia, donde ayudó económicamente a la construcción de iglesias reformadas y a la distribución de libros y panfletos. Envió más de cien ministros entre 1555 y 1562 a tierras galas, sin el permiso de las autoridades civiles de Ginebra, que cuando el Rey Enrique II de Francia portestó por dichas actividades proselitistas, eludió toda responsabilidad y se la achacó solamente a Calvino. Otras muestras de su afán misionero las tenemos en su correspondencia con Bohemia, Moravia, Austria, Lituania, Polonia, Transilvania y Hungria.

Dentro de la ciudad de Ginebra, fundó un colegio para niños y jóvenes, con más de 1200 alumnos en la escuela elemental y 300 en la superior, que encomendó a su amigo y sucesor Teodoro Beza. Con el tiempo, ambas secciones se separaron y se vinieron llamar el Colegio Calvino y la Universidad de Ginebra. En esta fundación puso mucho esfuerzo, aunque poco a poco le comenzaban a faltar las fuerzas. En otoño del 1558 comenzó a sentirse mal y se le manifestó la fiebre, a la que no quiso prestar mucha atención pues quería terminas su trabajo doctrinal. Se puede decir que trabajó prácticamente hasta el final, pues predicando estaba el día que tuvo un fuerte ataque de tos y los médicos anunciaron que sus pulmones estaban inundados de sangre. Aún así, quiso predicar el que sería su último sermón el 6 de febrero de 1564. El 25 de abril hizo su testamento en el que dejó un poco de dinero a su familia y al Colegio que había fundado (pues Calvino nunca se enriqueció), y poco más de un mes después, el 27 de mayo de 1564 falleció. En el lecho de muerte afirmó no haber obrado nunca por odio, sino haber hecho todo por la gloria de Dios.

En un primer momento fue enterrado en un lugar conocido, pero como la gente acudía a visitar su tumba y se temió que esto pudiese provocarla creación de una especie de culto como el de los santos católicos, cosa tan criticada y perseguida por el mismo Calvino, su cuerpo fue trasladado a una tumba en la que no se puso el nombre, en el cementerio de Plainpalais, de modo que en la actualidad no se sabe con certeza donde yacen sus restos. Hay una tradición acerca de un lugar concreto en dicho cementerio, y en él se colocó en el siglo XIX un piedra como recordatorio, pero la verdad es que no se sabe si realmente es ese el lugar o no.

Sobre este reformador, muy poco conocido en general en el ámbito católico escribe Joseph Lortz en su Historia de la Iglesia: “Calvino -completamente al revés que Lutero- vivió casi del todo replegado detrás de su obra. Durante toda su vida se mantuvo en la disciplina más rigurosa. A pesar de su persistente enfermedad, cumplió siempre con heroica abnegación sus deberes de predicador y cura de almas”. Y sobre Calvino se podría decir mucho acerca de su teología, pero eso lo dejamos para los teólogos, ya que no es el fin de este artículo. Sobre los reformadores y la evolución de la Reforma, desde el punto de vista histórico, habrá que hablar más, por supuesto…

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domingo 28 de febrero de 2010

BENEDICTO XIII (ORSINI), UN PAPA SIN TACHA NI DOLO



CON OCASIÓN DEL REANUDARSE EL PROCESO DE CANONIZACIÓN DE ESTE GRAN PAPA

RODOLFO VARGAS RUBIO

El nombre de Benedicto XIII se presta a alguna confusión, ya que lo llevaron dos papas: el aragonés don Pedro de Luna, famoso por su resistencia a toda prueba, contra todo y contra todos, en su castillo de Peñíscola, y el italiano Pietro Francesco Orsini, en religión fra Vincenzo Maria. Trescientos años separaban al primero del segundo, pero cuando éste fue elegido, aún ardían los últimos rescoldos del Gran Cisma en el ánimo de muchos a pesar del tiempo transcurrido. El cardenal Orsini quiso tomar el nombre de Benedicto XIV por respeto al aragonés, pero fue disuadido de ello por los cardenales italianos, fieles a la vieja tradición de reconocimiento de la obediencia urbaniana de la Curia Romana (que, por consiguiente considera antipapas a los pontífices de la aviñonesa). Fue así como hubo un segundo Benedicto XIII en la Historia del Papado y es de éste de quien nos vamos a ocupar en estas líneas.

El primogénito de Fernando III, duque de Gravina en el Reino de Nápoles, nació el 2 de febrero de 1649. Su familia era una rama segundogénita de los Orsini de Bracciano, que constituían a su vez una de las líneas descendientes de Matteo Rosso el Grande (1178-1246), primero en llevar el apellido Orsini (de domo filiorum Ursi) junto con su hermano Napoleone, ambos hijos de Giangaetano Bobone, primo del papa Celestino III, el primer pontífice en seguir una política nepotista planificada (lo cual era hasta cierto punto natural en los tiempos que corrían, en los que los Papas necesitaban rodearse de gente de su confianza). Matteo Rosso, senador de Roma, fue amigo de San Francisco de Asís (se hizo terciario) y padre del segundo pontífice de la dinastía: Nicolás III, que reinó de 1277 a 1280 y siguió el ejemplo de su tío y predecesor Celestino III, favoreciendo grandemente a sus parientes, para los que quiso crear un feudo con la Toscana y la Romaña (en lo que fue precursor de Alejandro VI, que quiso algo parecido para su hijo César Borgia).

Los Bobone eran de antiguo origen romano y, ya conocidos como Orsini, se distinguieron por su apoyo al Papado, abrazando el partido güelfo en la lucha de aquél contra el Imperio, lo que los opuso a los Colonna (descendientes de los Teofilactos y Crescencios, señores de Roma en la época de la pornocracia), los cuales eran gibelinos, es decir partidarios del Emperador. Orsini y Colonna se enfrentaron durante mucho tiempo por el control de la Ciudad Eterna, llegando al enfrentamiento armado. De esta rivalidad quedó un vestigio testimonial hasta época reciente: el desempeño por turno anual del cargo honorífico de Príncipe Asistente al Solio, vinculado de modo hereditario a ambas dinastías, como representantes del patriciado romano (esta medida sería adoptada precisamente por Benedicto XIII para evitar disputas de precedencia). La supresión de la Corte Pontificia por Pablo VI sepultó para siempre el recuerdo de una histórica enemistad.

El abuelo y homónimo de nuestro biografiado, Pietro Francesco Orsini, conde de Muro Lucano (+ 1641), que sería conocido como el Ducapatre, recibió el ducado de Gravina de su prima Felicia Maria, viuda de Enrique II de Montmorency (ejecutado por orden de Richelieu) y descendiente, por su madre Giovanna Borgia, de Alejandro VI (de quien también procedía por línea materna Inocencio X, el papa reinante cuando nació el futuro Benedicto XIII). Fernando III Ferrante, hijo y sucesor del Ducapatre, murió cuando su primogénito contaba apenas nueve años. Dejaba seis hijos de su esposa donna Giovanna Frangipane della Tolfa, de la nobleza napolitana. Pietro Francesco había sido bautizado el mismo día de su nacimiento en la catedral de Gravina por el obispo, su tío Attilio Orsini. Fueron sus padrinos el príncipe don Marzio Pignatelli di Spinazzola (hermano del futuro papa Inocencio XII) y donna Teresa Mannaini, duquesa de Acerno. Le seguían en orden de nacimiento: Domenico (1652), Fulvia, Aurelia, Scolastica Maria y Dorotea. Su único hermano varón estaba destinado, según las costumbres señoriales de la época, a la prelatura en tanto que segundón.

La duquesa Giovanna se hizo cargo de la tutela de Pietro Francesco, convertido en nuevo duque de Gravina y titular de varios feudos más. Procuró que su educación y la de su hermano Domenico fueran las más esmeradas. Por eso los confió a los Padres Dominicos de la iglesia de San Tommaso (hoy San Domenico) de Gravina. A los 15 años, el joven duque dominaba el latín y versificaba en esa lengua clásica. Su madre comenzó entonces a proponerle insistentemente buenas ocasiones de casarse para perpetuar la dinastía y ensanchar sus dominios. Pero Pietro Francesco no sentía inclinación por el estado del matrimonio ni por los negocios del ducado. Entre los frailes predicadores había aprendido a amar la orden de Santo Domingo, así que un día confió al obispo de Gravina, Mons. Domenico Cennini, su voluntad de abrazar la vida religiosa como dominico. El prelado apoyó su vocación y le sugirió alejarse de su feudo para evitar presiones, indicándole ir a un convento de la orden en Venecia.

El heredero de los Orsini obtuvo de su madre el permiso de viajar bajo el pretexto que quería conocer Italia, partiendo en 1667 con rumbo a la Serenísima República. Allí, el 12 de agosto de 1668, en el convento de San Domenico di Castello, visitó el hábito dominico. Cuando la familia se enteró, procuró por todos los medios de disuadirlo. Acudieron incluso al mismísimo Papa, pero ni siquiera Clemente IX fue capaz de quitarle la idea de consagrarse a Dios para siempre. Al final, la madre cedió y el novicio resignó todos sus derechos temporales en su hermano Domenico, que quedó convertido en nuevo duque de Gravina. Donna Giovanna recordaría entonces un episodio de cuando se hallaba encinta de su primogénito. Pasó por el palacio ducal de visita un bachiller dominico que encontró a la duquesa bordando una casulla. El religioso le dijo que el hijo que esperaba estaba destinado a revestirse con ella.

De Venecia pasó a Roma, donde hizo la profesión religiosa con el nombre de fra Vincenzo Maria, el 13 de febrero de 1669, en el convento de Santa Sabina en el Aventino, habiéndosele dispensado unos meses de noviciado debido a su fervor y adelantamiento espiritual. Cursó la Filosofía y la Teología sucesivamente en Nápoles, Bolonia y Venecia. Recibió el diaconado el 22 de febrero de 1671, siendo ordenado sacerdote dos días más tarde por el cardenal Emilio Altieri (futuro papa Clemente X). Su primera misa la cantó en Gravina para consuelo y regocijo de los suyos, especialmente de su madre. Acabados sus estudios se le destinó al convento dominico de Brescia como lector de Filosofía. Allí se distinguió por su cultura y piedad, componiendo el elogio fúnebre del cardenal Antonio Barberini, nepote de Urbano VIII, y una carta laudatoria del hábito religioso.

Al poco tiempo fue trasladado al convento de Bolonia, donde le llegó la inesperada nueva de su creación cardenalicia, a tan sólo veintitrés años. Clemente X le había otorgado la sacra púrpura en el consistorio del 22 de febrero de 1672. Quiso oponerse, pero sus superiores le obligaron a plegarse a la voluntad del Papa en virtud de santa obediencia. Recibió solemnemente el capelo y el título de San Sixto el 16 de mayo siguiente en Roma. Clemente X quiso retenerlo en la Curia Romana y el 4 de enero de 1673 lo nombró prefecto de la Sagrada Congregación del Concilio. En ella permaneció dos años hasta que, habiendo mostrado grandes dotes pastorales, fue preconizado obispo. Se le dio a elegir entre las diócesis de Salerno y Manfredonia, eligiendo esta última por ser la más pobre y necesitada del celo paternal de su prelado. Elegido el 28 de enero de 1675, fue consagrado el 3 de febrero siguiente en la iglesia dominica de los Santos Domingo y Sixto por el cardenal Paluzzo Paluzzi Altieri degli Albertoni, nepote de Clemente X y prefecto de la Propaganda Fide. Fueron los co-consagrantes Mons. Stefano Brancaccio, arzobispo-obispo de Viterbo y Toscanella, y Dom Costanzo Zani, obispo benedictino de Imola.

En Manfredonia organizó la caridad, fundando el Monte de Piedad y el Monte de la Annona, así como un hospital para peregrinos y enfermos pobres; también dotó a la diócesis de un seminario conciliar y creó nuevas prebendas eclesiásticas. Hubo de viajar a Roma para participar en el cónclave de 1676, que siguió a la muerte de Clemente X y del que salió elegido Inocencio XI. Después de regresar, reunió un sínodo diocesano en 1677, que dio buenos frutos. El 22 de enero de 1680 fue trasladado a Cesena, en el Estado Pontificio, pero no logró habituarse ni al clima ni a la gente, deseando volver a los dominios napolitanos. Sin embargo, hubo de pasar allí casi siete años de pontificado, los cuales aceptó como una penitencia. Finalmente, el 8 de diciembre de 1686 fue nombrado arzobispo de Benevento, sede que amó desde el mismo momento en que la pisó y que no dejaría ni siquiera al ser elegido papa. Allí introdujo la práctica de convocar cada año un sínodo diocesano para mantener la disciplina eclesiástica. Como había hecho en Manfredonia, también se prodigó en obras de beneficencia, cuyo recuerdo aún perdura. Tuvo ocasión de demostrar su gran temple las dos veces que Benevento fue sacudida por sendos terremotos: el del 5 de junio de 1688 (en el cual salvó la vida milagrosamente, saliendo indemne de las ruinas de su palacio bajo las cuales había quedado sepultado) y el del 14 de marzo de 1702. La reconstrucción de la ciudad se debió en gran parte a la iniciativa de su arzobispo, que mereció ser llamado “el segundo fundador de Benevento”.

Su actividad pastoral no le impidió el cumplimiento de sus deberes como cardenal de la Santa Iglesia Romana, participando en los cónclaves de 1689 (elección de Alejandro VIII), 1691 ( elección de Inocencio XII), 1700 (elección de Clemente XI) y 1721 (elección de Inocencio XIII). El 3 de junio de 1701 optó al orden de los cardenales-obispos, recibiendo la diócesis suburbicaria de Frascati, aunque reteniendo la administración de Benevento. El 18 de marzo de 1715, optó a la diócesis suburbicaria de Porto y Santa Rufina, siempre reteniendo Benevento, archidiócesis que amaba verdaderamente. El cardenal Lambruschini (futuro Benedicto XIV), hizo el elogio del celo apostólico del cardenal Orsini: “Visitar cada año una parte de la diócesis; edificar o restaurar iglesias magníficas; consagrar altares para la celebración de los sagrados misterios; establecer piadosas cofradías; fundar hospitales públicos y hospicios para enfermos; aliviar a los pobres, no sólo con las rentas eclesiásticas sino más frecuentemente con dinero propio; partir el pan delicioso de la palabra evangélica para las almas hambrientas; reunir tanto concilios provinciales como sínodos diocesanos; publicar las leyes surgidas en unos y otros; administrar él mismo los sacramentos de la confirmación; practicar las ceremonias de la Iglesia; ser asiduo en todos los oficios divinos y realizar sin nunca cansarse todas las funciones del sagrado ministerio; tal era su plan de vida, tal fue siempre su práctica. Por todo esto, finalmente, se distinguió tanto que pueden encontrarse pocos con los cuales compararlo, tal vez ninguno que haya igualado su gran piedad y celo en todo lo que respecta al culto y servicio divino” (De servorum Dei Beatificatione, t. III; Bolonia, 1737).

Muerto Inocencio XIII, fue clausurado el cónclave el 20 de marzo de 1724, participando en él cincuenta y tres de los sesesnta y seis cardenales que contaba el Sacro Colegio. Entre los electores estaba el arzobispo de Benevento. El 29 de mayo siguiente, habiendo obtenido los votos necesarios, el cardenal Vincenzo Maria Orsini se convirtió en el nuevo Papa. En un principio rehusó la elección, de modo que los cardenales tuvieron que hacer entrar en el cónclave al maestro general de los dominicos para convencerlo de aceptar la tiara, lo cual hizo bajo santa obediencia. Como ya hemos dicho quiso tomar el nombre de Benedicto XIV, pero le dijeron que no era posible porque equivaldría reconocer la legitimidad del Papa Luna. Fue coronado por el cardenal proto-diácono Benedetto Pamphilij el 4 de junio de 1724, y tomó posesión de la basílica patriarcal de San Juan de Letrán el 24 de septiembre del mismo año. A los 76 de su edad, Benedicto XIII era un hombre fatigado, aunque ni aún sobre el trono de Pedro quiso desentenderse de Benevento, que visitó en 1727 y 1729, reteniéndola hasta su muerte, caso rarísimo en la Historia de los Papas. Como Romano Pontífice hubo de sufrir las disputas teológicas entre jansenistas y jesuitas en torno a la famosa bula Unigenitus (1713) de Clemente XI. Llamado el Papa a dirimir la cuestión, usó de moderación y discreción, pero no contentó a ninguno de los bandos. Los jansenistas le acusaban de favorecer a los jesuitas y éstos de que, siendo dominico, debido a la tradicional rivalidad existente entre las dos órdenes, era un juez parcial.

Ni aun sobre el solio abandonó su ascetismo dominico, mostrándose humilde en medio de los fastos de la corte pontificia, que procuró limitar. Se preocupaba seriamente del estado del clero romano, no tan mundano ni aseglarado como el de los tiempos renacentistas aunque tibio y conformista. Quiso aplicar el mismo método empleado en Benevento de reunir sínodos y convocó uno de toda la provincia romana. El concilio se inauguró el 15 de abril de 1725 y duró un mes, constituyendo uno de los mayores acontecimientos en los anales de la Iglesia de la Edad Moderna. Las deliberaciones se recogieron en 32 capítulos, que contenían puntos dogmáticos y medidas disciplinares acordes con la época. Aunque el Papa quería que este tipo de reuniones fuera periódico, no se volvió a reunir un sínodo romano hasta 1960 (convocado por el beato Juan XXIII como un ensayo del Concilio Vaticano II). En todo ese lapso, la provincia eclesiástica romana se gobernó por las sabias disposiciones del sínodo de 1725. Ese mismo año fue de jubileo ordinario, el cual fue muy concurrido y constituyó para el Santo Padre un gran reconforto en medio de las dificultades del gobierno de la Iglesia universal, en el cual no tuvo tanta fortuna como en el de su arquidiócesis beneventana.

Benedicto XIII reunió doce consistorios a lo largo de su pontificado, creando en total veintinueve cardenales, la mayoría de ellos prelados dignos y observantes. Pero hizo una elección desgraciada al dar la púrpura a Niccoló Coscia, a quien había conocido y favorecido en Benevento, llevándolo consigo como conclavista en 1724. Coscia abusó de la confianza ciega que había depositado en él el Pontífice, engatusado por la astucia del favorito. Usó de su preeminencia en la Curia Romana para satisfacer sus ambiciones y puso en entredicho el buen juicio de su favorecedor con sus escándalos, a los que éste permanecía ciego. Ni siquiera la protesta abierta de los demás cardenales pudo desengañar al anciano Benedicto, de quien se decía que “tenía la simplicidad de la paloma, pero no la astucia de la serpiente”. El poder otorgado al cardenal Coscia es un baldón del pontificado, pero, como muy bien ha declarado recientemente el cardenal Angelo Amato: “No se pueden imputar al Papa Orsini, totalmente absorbido por su acción pastoral, eventuales culpas de sus colaboradores, en los cuales había puesto su confianza”. Y es que el buen pontífice desconocía los manejos políticos y carecía de malicia.

Benedicto XIII canonizó a Toribio de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima y artífice del Concilio III Limense (por el que se gobernó la Iglesia en la América Española durante tres siglos), tan afín al Papa; a Jácome de la Marca, compañero de San Bernardino de Siena; a la mística dominica Inés de Montepulciano; al fraile seráfico Francisco Solano, apóstol de las Indias; al Pellegrino Laziosi di Forti, a Juan de la Cruz, el compañero de andanzas de Santa Teresa de Jesús; a Luis Gonzaga y Estanislao de Kostka, jesuitas propuestos como modelo de la juventud; a la penitente Margarita de Cortona; a Juan Nepomuceno, el mártir del sigilo sacramental; a Wenceslao de Bohemia, y a Gregorio VII, el gran defesnor de los derechos de la Iglesia. Beatificó a Jacinta de Mariscotis, Fidel de Sigmaringa y Pedro de Bethancourt. En 1726 introdujo el nombre de San José en las Letanías de los Santos, contribuyendo así a extender el culto al glorioso patriarca. En el plano cultural, coronó con el laurel en el Capitolio al poeta Bernardino Perfetti, habilísimo improvisador, miembro de la Arcadia. La ceremonia no se veía desde los tiempos de Petrarca.

El papa Orsini era devotísimo y amante de la sagrada liturgia. No faltaba nunca a una función sacra, especialmente si se trataba del culto al Santísimo Sacramento, que, contrariamente a la costumbre de llevarlo arrodillado mientras era transportado por los sediarios, prefería hacerlo a pie con la máxima humildad. Era exacto en el cumplimiento de las rúbricas y con más de 80 años se mostraba infatigable en el desempeño de su oficio de liturgo. Solía decir que “un papa debería morir con el pluvial puesto”. La muerte casi lo sorprende de esta manera, pues saliendo de una ceremonia se sintió mal y, tras guardar sólo dos días de cama, murió el 21 de febrero de 1730, siendo sepultado en la cripta de la Basílica Vaticana el día 25. Tres años más tarde, se trasladaron sus restos a la iglesia dominica de Santa Maria sopra Minerva, donde su familia hizo erigir un monumento fúnebre –obra de Pietro Bracci sobre diseño de Carlo Marchioni– tan suntuoso como humilde había sido aquel a quien estaba dedicado. El proceso de su beatificación fue abierto en Tortona en 1755, pero se estancó. Volvió a revivir en 1931, pero la consideración de la inmoralidad del cardenal Coscia hizo que se cerrara en 1940. El 17 de enero de 2004 fue reabierto y, como anuncia el excelente blog La Buhardilla de Jerónimo, parece que esta vez avanza. Dios quiera que podamos pronto invocar a Benedicto XIII (el italiano), aunque el aragonés también es “santo de nuestra devoción”.

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lunes 22 de febrero de 2010

LA LARGA HISTORIA DE LA CUARESMA


DESDE EL SIGLO IV LA IGLESIA SE PREPARÓ PARA LA PASCUA CON AYUNO Y OBRAS DE MISERICORDIA

En los documentos existentes de los primeros tres siglos encontramos una diversidad de prácticas en lo tocante al ayuno anterior a la Pascua, e incluso una gradual evolución de su período de duración. El pasaje más importante es uno citado por Eusebio de Cesárea (Historia Ecclesiastica V, 24) de una carta de San Ireneo al Papa Víctor con relación a la Controversia de Pascua. En él, Ireneo dice que no sólo existe una controversia acerca de la fecha de observancia de la Pascua, sino también acerca del ayuno preliminar. "Pues- continúa- algunos piensan que hay que ayunar durante un día, otros que durante dos, y otros que durante varios, e incluso otros aceptan que afirman que deben hacerlo durante cuarenta horas continuas, de día y de noche". Podemos, así, concluir que en el año 190 Ireneo no sabía de ningún ayuno pascual prolongado, y mucho menos de cuarenta días como hoy lo conocemos.

La misma conclusión se puede obtener respecto al lenguaje de Tertuliano, de unos pocos años después. Éste, en sus escritos como montanista, contrasta el tiempo breve del ayuno católico (i.e. "los días cuando el novio les será arrebatado", que probablemente se referían al Viernes y Sábado Santos) con el más largo, aunque aún restringido, de una quincena, que era observado por los montanistas. Obviamente se refería a un ayuno muy estricto (xerophagiæ: ayuno seco), pero no hay indicación alguna en sus escritos- aunque escribió todo un tratado "De jejunio" y con frecuencia toca el asunto en otras obras- que estuviese familiarizado con algún período de cuarenta días consagrados a ayunar más o menos continuamente.

Sin excepción alguna, los Padres pre-nicenos guardan el mismo silencio en torno a ese tipo de ayuno, a pesar de que muchos de ellos pudieron haberlo mencionado si hubiese sido una institución apostólica. No existe, por resaltar unos ejemplos, mención alguna de la Cuaresma en San Dionisio de Alejandría (Ed. Feltoe, 94 ss.) ni en la "Didascalia", fechada por Funk en las cercanías del año 250. Empero, ambos hablan abundantemente del ayuno pascual.

Existen datos que sugieren que la Iglesia de la Era Apostólica celebraba la Resurrección de Cristo no con una festividad anual, sino semanal De aceptarse esos datos, la liturgia dominical constituía el recuerdo semanal de la Resurrección, y el ayuno del viernes, el de su Pasión. Esa teoría ofrece una explicación natural a la amplia divergencia que hallamos en la mitad final del siglo II en lo tocante al tiempo adecuado para observar la Pascua y a la manera del ayuno pascual. Había consenso total en cuanto a la observancia semanal del domingo y del viernes, por ser algo primitivo, pero la fiesta anual de la Pascua constituía algo impuesto por el proceso natural de desarrollo, influenciado en gran parte por las condiciones de cada iglesia, tanto en Occidente como en Oriente. No sólo eso, sino que a una con la fiesta de la Pascua parece haberse introducido un ayuno preparatorio, para conmemorar la Pasión o, dicho de otro modo: "los días en los que les sería arrebatado el novio". Se trataría de un ayuno de dos o de tres días de duración: Viernes y Sábado Santos (días de ayuno), que con el Domingo formaron el “triduo”. Era un ayuno más sacramental que ascético; es decir, tenía un sentido pascual (participación en la muerte y resurrección de Cristo) y escatológico (espera de la vuelta de Cristo Esposo, arrebatado momentáneamente por la muerte). Poco después la Didascalía habla de una preparación que dura una semana en la que se ayuna, si bien el ayuno tiene ya también un sentido ascético, es decir, de ayuno, abstinencia, sacrificio, mortificación.

Ya en el siglo IV este ayuno se extiende a otras dos semanas más, dejando los domingos, en los que también estaba prohibido ayunar. Esta época es la que conoce el mayor esplendor del catecumenado de adultos, cuya última etapa, la inmediatamente anterior a la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana, se desarrollaba en estas semanas anteriores a la Pascua. También es entonces cuando mayor impulso recibe otra importantísima institución pastoral de la Iglesia antigua: la penitencia pública de los grandes pecados, con el rito de la reconciliación de los penitentes en la mañana del Jueves santo. Aunque este modo de obtener el perdón de los pecados duraba varios años, lo mismo que el catecumenado, sin embargo, todos los años, al comenzar el período de preparación para la Pascua y a su término, en la mañana del Jueves Santo, se celebraban los ritos de entrada en el orden de los penitentes y el rito de la reconciliación, respectivamente.

A finales del siglo IV ya se contaron cuarenta días de ayuno, sin duda por influjo del ayuno del Señor en el desierto, que comenzaban el domingo primero de la Cuaresma. Como la reconciliación de penitentes se hacía el Jueves Santo, se determinó, al objeto de que fueran cuarenta días de ayuno, comenzar la Cuaresma el Miércoles de ceniza, ya que los domingos no se consideraban días de ayuno. Así, la preparación pascual se alargó en Roma a seis semanas –también con ayuno diario, excepto los días indicados, es decir, sábados y domingos-, de las que quedaban excluidos el viernes y sábado últimos, pertenecientes al Triduo Sacro.

El historiador de la Cuaresma advierte muchas fluctuaciones en las distintas iglesias a la hora de empezar la cuenta atrás de los cuarenta días a partir del comienzo del primitivo ayuno prepascual, o sea, el Jueves Santo, o a partir del domingo de Pascua o incluso del actual domingo de Ramos. El resultado es una acumulación de estratos o períodos superpuestos, de manera que ya en el siglo VII no sólo hay una Cuadragésima -40 días, desde el domingo I de Cuaresma hasta el Jueves Santo inclusive-, sino también una Quincuagésima -50 días, contados desde el domingo anterior al I de Cuaresma hasta el de Pascua-, una Sexagésima -60 días, que avanzan hacia atrás otro domingo más y concluyen, asombrosamente; el miércoles de la octava de Pascua- y una Septuagésima -70 días, a base de ganar otro domingo aún y concluir en el II de Pascua.

Esta evolución cuantitativa se extendió también a las celebraciones. En efecto, la Cuaresma más antigua en Roma sólo tenía como días litúrgicos los miércoles y los viernes; en ellos, reunida la comunidad, se hacía la “statio” cada día en una iglesia diferente. En tiempos de san León (440-461), se añadieron los lunes. Posteriormente, los martes y los sábados. El jueves vendría a completar la semana, durante el pontificado de Gregorio II (715-731). Esta especie de Precuaresma, en la que se usaba el color morado y se suprimía el Gloria y el Aleluya, ha durado hasta la promulgación del nuevo Calendario romano en 1969. Al desaparecer la penitencia pública, se expandió por toda la cristiandad, desde finales del siglo XI, la costumbre de imponer la ceniza a todos los fieles como señal de penitencia.

Como consecuencia de la desaparición del catecumenado (o bautismo de adultos) y del itinerario penitencial (o de la reconciliación pública de los pecadores notorios), la Cuaresma se desvió de su espíritu sacramental y comunitario, llegando a ser sustituida por innumerables devociones y siendo ocasión de “misiones populares” o de predicaciones extraordinarias para el cumplimiento pascual, en las que –dentro de una atmósfera de renuncia y sacrificio- se ponía el énfasis en el ayuno y la abstinencia. En la temprana Edad Media, a lo largo de la mayor parte de la Iglesia Occidental, la Cuaresma consistía en cuarenta días de ayuno, y seis domingos. Desde el inicio de esa temporada, hasta su final, quedaban prohibidos la carne y los "lacticinia", incluso los domingos, y durante los días de ayuno sólo se hacía una comida al día, la que no podía realizarse antes de oscurecer. Pero ya en una época muy temprana (encontramos la primera mención de esto en Sócrates), se comenzó a tolerar la práctica de romper el ayuno a la hora de nona, o sea a las tres de la tarde. Sabemos, en particular, que Carlomagno, alrededor del año 800, tomaba su refacción cuaresmal a las 2 de la tarde.

Este gradual adelanto de la hora de cenar se facilitó por el hecho de que las horas canónicas de nona, vísperas, etc., más que representar puntos fijos de tiempo, representaban espacios de tiempo. La hora novena, o nona, estrictamente significaba las tres de la tarde, pero el oficio de nona podía ser recitado a la misma hora de sexta, que, lógicamente, correspondía a la hora sexta, mediodía. De tal modo, se llegó a pensar que la hora nona empezaba a mediodía, y ese punto de vista se ha conservado en la palabra inglesa noon, que viene a significar el tiempo entre mediodía y las tres de la tarde. La hora de romper el ayuno cuaresmal era después de vísperas (el ritual vespertino), pero gracias a un proceso gradual, el rezo de vísperas se anticipó más y más hasta que se reconoció oficialmente el principio, vigente hasta hoy día, de que las vísperas de Cuaresma podrían ser rezadas a mediodía. De ese modo, si bien el autor del "Micrologus" del siglo XI aún afirmaba que quienes tomaran alimentos antes del anochecer no ayunaban de acuerdo a los cánones, ya para los inicios del siglo XIII algunos teólogos, como el franciscano Richard Middleton, quien basa su decisión en la usanza de su tiempo, afirma que aquel hombre que cene a mediodía no rompe el ayuno cuaresmal.

Todavía más material fue el relajamiento causado por la introducción de la "colación". Esta perece haber comenzado en el siglo IX, cuando el Concilio de Aix la Chapelle autorizó la concesión, aún para los monasterios, de un trago de agua u otra bebida al atardecer para aquellos que estuviesen fatigados por el trabajo manual del día. De este pequeño inicio se desarrolló una mayor indulgencia. El principio de la parvitas materiae, o sea, que una cantidad pequeña de alimento no rompe el ayuno mientras no sea tomada como parte de una comida, fue adoptado por Santo Tomás de Aquino y otros teólogos. A lo largo de los siglos se reconoció que una cantidad fija de comida sólida, menor de seis onzas, podía ser tomada después de la bebida del mediodía. Puesto que esa bebida vespertina, cuando se comenzó a tolerar en los monasterios del siglo IX, se tomaba a la hora en que se leían en voz alta las "collationes" (conferencias) del Abad Casiano a los hermanos, esta pequeña indulgencia llegó a ser conocida como "colación", y así se ha llamado desde entonces. Otro tipo de mitigaciones, de naturaleza más substancial, se introdujo en la observancia de la Cuaresma durante el curso de los últimos siglos, hasta llegar a la disciplina actual. Para comenzar, se toleró la costumbre de tomar una taza de líquido (por ejemplo, café, té e incluso chocolate) con un trozo de pan o una tostada temprano en la mañana. Y en lo que toca más de cerca de la Cuaresma, la Santa Sede concedió sucesivos indultos para permitir la carne como alimento en la comida principal, primero los domingos y después en dos, tres, cuatro y cinco días a la semana, hasta casi abarcar todo el período. Más recientemente, el Jueves Santo, en el que siempre se había prohibido la carne, fue beneficiario de la misma indulgencia. En los Estados Unidos, por concesión de la Santa Sede, se logró que los trabajadores y sus familias comieran carne todos los días, excepto los viernes, el Miércoles de Ceniza, el Sábado Santo y la Vigilia de Navidad. La única compensación para tanta mitigación fue la prohibición de tomar carne y pescado simultáneamente en la misma comida.

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jueves 18 de febrero de 2010

LA MUJER A LA QUE EL PAPA TEMÍA


OLIMPIA MAIDALCHINI Y EL PONTIFICADO DE SU CUÑADO, INOCENCIO X

Figura curiosa y enigmática donde las haya en la historia de la Iglesia, fue sin duda una de los grandes protagonistas de la Roma del siglo XVII. Hija de de un constructor de Viterbo, Sforza Maidalchini y de Victoria Gaulterio, noble de Orvieto, Olimpia nació en Viterbo el 26 de mayo de 1595, justo un año antes de la nuerte, el mismo día y mes, del gran San Felipe Neri, que también dejó huella en Roma, pero muy distinta. Su padre tenía la fijación de dejar como único heredero al hijo varón, mientras que decidió que las tres hijas deberían ir al convento, como ocurría con frecuencia en las familias nobles de aquella época, y dicho y hecho, Olimpia, fue confiada a los consejos de un director espiritual que la convenciese a tomar los hábitos. Pero ella, que por nada del mundo quería ser religiosa, no encontró otro modo de librarse del claustro que el siguiente, que sin duda refleja a las claras su carácter: Acusó al confesor de hacerle proposiciones indecentes. Contemplando a la muchacha, el pecado del confesor podía ser incluso comprensible… aunque era mentira.

Celebrado el consiguiente proceso y el sacerdote fue salió absuelto, pero eso no importaba, el escándalo organizado impidió que Olimpia entrara de novicia. Cuenta la leyenda que rodea a esta mujer, que años después, como cuñada del Papa y en lo más alto de su poderío, hizo nombrar obispo al desdichado sacerdote que años antes ella había hecho pasar por libidinoso. De todas maneras, sobre esta historia del episcopado, como dicen en Italia, se non è vero è ben trovato. El caso es que la funesta ocasión obligó al padre a casarla con prisas, que era en el fondo lo que ella quería. Se casó con un hombre rico y anciano de Viterbo, Paolo Pini, que tuvo la discreción de morirse a los tres años de la boda, djendo a la viuda una considerable fortuna.

Con su determinación, Olimpia había logrado cambiar el panorama de su vida. Ahora era una viuda joven y rica y sin prisas podía elegir al candidato de las nuevas nupcias. Convenía que fuera algún noble de Roma, para poder dejar la vida de provincia que a ella se le quedaba pequeña, y pronto apareció un buen candidato en los ambientes aristocráticos de la Urbe: Se trataba de Pamphilio Pamphili, 30 años mayor que Olimpia, y el único mérito suyo del que tenemos noticia era ese sonoro nombre. Pertenecía a la noble familia de Umbría instalada en Roma de la cual hoy podemos contempalr varios palacios bellísimos por la ciudad eterna y, desde otro punto de vista, la familia pronto adquirió otro tipo de fama y poder todavía más salientes en la sociedad romana, pues un hijo de la familia, concretamente el hermano de Pamphilio, Giovanni Battista, llegó a la Sede de Pedro y gobernó con el nombre de Inocencio X.

Esto ocurrió más de 30 años después de su boda, ocurrida en el 1612, la cual tuvo conclusión rápida por la muerte temprana del marido. Olimpia quedó otra vez viuda y con una gran fortuna, mayor todavía que en la primera viudedad, (aunque su segundo marido tenía mucha nobleza pero no tanta fortuna) que dedicó no precisamente a las obras de misericordia, sino para promover la carrera eclesiástica de su cuñado, al cual desde el principio de su matrimonio estuvo muy unida por estrecha amistad, provocando las más variadas murmuraciones de la nobleza romana.

Nunca se ha demostrado que entre Olimpia y Giovanni Battista hubiese nada más que amistad, aunque los rumores no faltaron, como ya he dicho, pero lo que parece más verosimil es que la ayuda económica fuera destinada a reforzar su propio poder de mujer insaciable en este sentido, y obtener también algún otro beneficio económico. Sin llegar a los excesos típicos de leyenda negra de libros como “Mistress of the Vatican: The true story of Olimpia Maidalchini” de Eleanor Herman, otros autore más moderados como la italiana Daniela Eritrei prefiere pensar en posibles ganancias económicas a través de los favores que podía obtener desde la cercanía al Papa. Se cuenta, por ejemplo, que Bernini obtuvo la comisión de la fuente de los Cuatro Ríos de la Piazza Navona por haberle hecho a Donna Olimpia un modelo de dicha fuente de metro y medio. Pero esto fue años más tarde.

El dinero se lo gastó y su cuñado fue elgido Papa en 1644. Giambattista había sido nuncio en Nápoles y luego en Madrid, lo que le había permitido trabar buenas relaciones españolas. Tras la muerte de Urbano VIII en, en el cónclave los candidatos de España y Francia estaban empatados a votos y se decidió elegir a un cardenal anciano para que durase poco y no hiciera cambios. Así, Giambattista Pamphili, a los 72 años, se convirtió en Inocencio X. No tardó el nuevo Pontífice en corresponder a la ayuda económica de su cuñada y una de las primeras medidas de Inocencio X fue nombrar cardenal al hijo de Donna Olimpia, su sobrino Camillo Pamphili, lo cual no extrañó a nadie, pues el nepotismo todavía no estaba erradicado de la curia romana.

Pero lo que conmovió a Roma es que esa mujer que acompañaba al anciano Papa se pusiera a gobernar de inmediato, y con puño de hierro, los asuntos de la Iglesia. Fue nombrade en 1645 Princesa de San Martino al Cimino y feudataria de diversas localidades, como Montecalvello, Grotte Santo Stefano y Vallebona, lo cual conllevaba pingües ingresos. Pero lo más importante era el poder que tenía en la corte romana y que todos reconocieron mientras vivía su cuñado, pues todos sabían que a través de ella era el mejor modo de llegar a su cuñado. Tuvo Donna Olimpia un papel fundamental en la organización del Jubileo del año 1650, para el que ee esperaba una extraordinaria afluencia de cristianos de toda Europa y Donna Olimpia creó un organismo de asistencia a los peregrinos que dicen que llenó sus arcas con las limosnas y los gastos de los visitantes.

Mientras tanto, Inocencio X, que mostraba una gran energía en la política exterior enfrentándose con Francia, toleraba la escandalosa situación interna, y para disimular bendecía la creación del Instituto de Viudas en Duelo, promovido por su cuñada, dedicado a propagar la devoción de la Purísima. Todo el poder de Francia, que ya era la primera potencia del mundo, no le amedrentaba, pero era incapaz de reprender a la que todos llamaban papisa, que parece ser se dirigía a él sin guardar las formas, llamándole “Gianbattista”.

Como es de suponer, la extraña pareja que ocupaba el trono de San Pedro dio lugar a muchas habladurías. El pueblo romano, de siempre sarcástico, acostumbraba a colocar papeles con críticas ingeniosas en la estatua llamada Pasquino situada en la plaza del mismo nombre -de ahí viene la palabra pasquín-, como hoy todavía se hace, criticando sobre todo a los políticos, pero también expresando otras opiniones, con Donna Olimpia, el Pasquino estuvo muy solicitado. Olim pia, nunc impia decía un panfleto de los cultos, pues estaba en latín. Jugando con lo de pía, el ingenio popular desarrolló un apodo para ella: Pimpaccia. Otro pasquino más vulgar aprovechaba un proverbio machista: “Donna è danno, Olimpia Maidalchini è donna, danno e rovina“. Porque la verdad es que la gente le tenía auténtico miedo a Donna Olimpia, y ese temor se mantuvo hasta más allá de su muerte. Era vox populi que esta señora mandaba más que el anciano Papa y de este modo la ha recordado la historia y la leyenda

Se cuenta que cuando murió Inocencio X en 1655, Donna Olimpia arrambló con todos los objetos de valor de la habitación pontificia -se habla de dos arcones llenos de oro, pero puede ser fruto de la imaginación de la gente- y salió corriendo de Roma. Lo que sí se sabe es que el cadáver del Papa quedó abandonado durante 24 horas y los ratones empezaron a roerlo. Tuvieron que ser los criados quienes le proporcionaran un modesto entierro. Se cuenta también que cuando se le pidió que colaborase con los gastos del funeral respondió: “¿Qué puede hacer una pobre viuda?“

Cuando Donna Olimpia murió años después, dejó una herencia de dos millones de escudos de oro, una fortuna muy considerable para la época. Después de su muerte surgieron entre el pueblo romano todo tipo de leyendas acerca de ella y de un supuesto “fantasma” suyo que recorrería la plaza Navona (en la que está uno de los palacios de la familia Doria Pamphili), atravesaría el Ponte Sisto y acabaría sumergido en el Tiber montado en un carro lleno de las riquezas del difunto Papa, cada 7 de enero, aniversario de la muerte de Inocencio X.

Lo que no es leyenda es que Velázquez, en su segunda visita a Roma, hizo el que se considera mejor retrato de la historia del arte, el de Inocencio X. Cuando el Papa se contempló, dijo: “Troppo vero”, demasiado auténtico. La pintura desnudaba su alma sin tapujos. Velázquez también pintó su “pendant”, como se denomina a la pareja en los retratos matrimoniales, pero el retrato de Donna Olimpia se perdió. Sin embargo, los retratos que conservamos de ella hablan por sí sólos del carácter de esta mujer a la que el Papa temía.

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miércoles 10 de febrero de 2010

HISTORIAS DE LOS MONJES Y LOS MONASTERIOS (VIII): EL ABAD ARMAND DE RANCÉ, FUNDADOR DE LOS TRAPENSES



FUE GRAN REFORMADOR Y FUNDADOR, PERO NUNCA LLEGÓ A LOS ALTARES

Aunque ahora se llaman "Cistercienses de la Estricta Observancia (OCSO)", y prefieren hacerlo así, durante siglos se han llamado Trapenses. Era la reforma de los Cistercienses llevada a cabo por el Abad del monasterio de La Trapa, en Francia, Jean-Armand de Rancé, que se puede considerar con propiedad fundador de esta rama reformada. Siempre se le ha considerado así, pero hoy se le tiende a dejar un poco en la sombra y destacar más la grandeza de San Bernardo o de los tres Fundadores del Cister. ¿Porqué esto? Quizás una de las razones importantes es que fue un hombre tan radical y penitente que dejó tras de sí un estilo de vida muy difícil de vivir, del que parece que hoy sus hijos parecen quererse distanciar. Por eso quizás no se le ha propuesto nunca como candidato a los altares.

Jean-Armand Le Bouthilier de Rancé nació en París el 9 de Enero de 1626, y llevaba el apellido de su ilustre padrino el cardenal de Richelieu. Su familia está cercana al Poder y busca promoverse y enriquecerse. Destinado en primer lugar a la carrera militar, Armand-Jean se orientó, por autoridad, hacia la clericatura y recibió la tonsura a la edad de nueve años, a petición de sus parientes, que querían hacer recaer sobre su cabeza los beneficios eclesiásticos de su hermano mayor moribundo. De este modo será instituido canónigo de Notre-Dame de París y herederá en 1637 la encomienda de cinco abadías, entre las cuales se halla La Trapa. Su madre muere cuando él cuenta doce años.

Joven inteligente y bien dotado, hace brillantes estudios clásicos y teológicos que le llevan hacia el sacerdocio, por el que no sentía ningún atractivo. Sin embargo, en la perspectiva de llegar a ser coadjutor de su tío Víctor, arzobispo de Tours, cede a las presiones familiares interesadas. Rancé es, pues, ordenado sacerdote el 22 de Enero de 1651, y será doctor por la Sorbona en 1654. Hecho archidiácono por su tío Víctor lleva una vida mundana de abad de la corte, según las costumbres de su tiempo."Por la mañana a predicar como un ángel, y por la tarde a cazar como un demonio". Así describía su vida el mismo Rancé, transformado en un eclesiástico de corte, rico, guapo, inteligente y adulado por todos. Le apasiona la caza y el montar a caballo, y frecuenta asiduamente el hotel de Madame de Montbazon. Todo parece sonreirle, pues en 1655 es delegado en la Asamblea del Clero, y en 1656 es capellán del príncipe Gaston de Orleans, sobrino del rey Luis XIV.

Pero la Providencia tenía otros proyectos. El año 1657 marcó el punto de rotura con aquel estilo de vida y el inicio de una larga búsqueda, que debía conducirlo, seis años después, a la conversión definitiva. En 1657 moría improvisamente la Condesa de Montbazon, amada por él, y la enemistad del primer ministro, Mazzarino, determinaba su caída en desgracia y su retirada de la vida pública. Desde aquel momento, en su castillo de Véretz, uno de los más hermosos de Francia, Rancé medita intensamente, ora y pide consejo. Se sumerge en la lectura de los "padres del desierto" que acaba de traducir d'Andilly. Visita con frecuencia a Madre Luisa Rogier de la Visitación, de Tours, y por ella a los Oratorianos, unos ambientes más bien jansenistas y rigoristas. Pero a pesar de las breves estancias en las Granjas de Port-Royal, nunca se alistará en el partido jansenista. Un proyecto de vida solitaria, en Chambord, con Gaston de Orleans, recientemente convertido, se ve truncado por la muerte de este último en diciembre de 1660.


Siempre indeciso por su futuro, Rancé va a pedir consejo a unos santos obispos, en el verano de 1660. Monseñor de Pamiers le persuade a que se quede solamente con un beneficio eclesiástico y le orienta hacia el episcopado. Monseñor de Comminges le propone la vida monástica, pero Rancé la rechaza sin rodeos: "yo hacerme fraile ? Jamás!". Pese a la oposición de su familia distribuye todos sus bienes y sólo se queda en 1663 con La Trapa. De momento sólo pensaba ordenar esa comunidad degradada hasta el extremo. "La abadía está en ruinas y sus seis monjes parecen salvajes". Rancé comienza a trabajar y hace venir de Perseigne seis monjes de la Estrecha Observancia a la que quiere unir La Trapa (17 de agosto de 1662).

Rancé preveía permanecer como abad comendatario, pero viviendo en un piadoso retiro y asumiendo sus responsabilidades de cara a los monjes. Mandó preparar una vivienda abacial. Pero después de unos meses en contacto con monjes fervorosos, y sin duda como fruto de una gracia interior durante el oficio de sexta del 17 de abril de 1663, aterrizó de una vez y quiso ser verdaderamente monje y abad regular.
Tercera etapa: el noviciado

Obtiene de Dom Jouaud, abad de Prières y Vicario general de los Reformados, la autorización de llegar a ser abad regular. El rey Luis XIV acepta este cambio en mayo de 1663. Rancé anuncia su decisión al capítulo conventual de La Trapa y comienza el noviciado canónico en Perseigne, donde toma el hábito el 13 de junio . Hace un noviciado fervoroso y penitente, aunque entrecortado por ausencias debidas a la enfermedad o a misiones recibidas en servicio de la Orden. Pronuncia los votos el 26 de Junio de 1664. El 13 de Julio recibe la bendición abacial y el 14 de julio comienza sus funciones en La Trapa. Allí encuentra la observancia reformada muy débil y quiere instaurar en La Trapa un régimen más penitente.

Aunque a disgusto suyo, Rancé es designado el 1 de setiembre de 1664 como uno de los embajadores de la Estrecha Observancia ante el Papa Alejandro VII, ya que Roma quiere definirse sobre esta reforma tan contestada por una parte de la Orden, entre los que que se halla el abad de Císter Dom Vaussin. Esta larga embajada de dos años fue dolorosa para Rancé, y además una especie de fracaso, ya que el breve papal In Suprema, del 19 de abril de 1666, no respondía a lo esperado por los reformados. Sin embargo, no fue estéril para Rancé, porque le obligó a conocer la Regla, los Usos cistercienses y la relación entre las fuentes de la Orden y los diversos reglamentos en uso, preparándole así a su tarea de abad reformador.

Después de un turbulento capítulo general en Císter (1667), el único al que va a participar, "sólo piensa en retornar a su monasterio para restablecer allí el espíritu y las prácticas de los Fundadores que se intentaban invertir". Como según el derecho de la Iglesia galicana, los reformados presentaron al rey una apelación contra el breve pontificio, Rancé decide no continuar ese asunto. Pero cuando el 19 de abril de 1675 el rey confirma el breve, Rancé decide no salir jamás de su monasterio, porque está persuadido que el éxito de la reforma monástica no depende de los procesos e intrigas, sino de la autenticidad de una vida comunitaria penitente, fervorosa, caritativa y tranquila. Y se mantendrá fiel a ello.

Desde su regreso de Roma en 1566 Rancé va introduciendo progresivamente en su monasterio una ascesis más rigurosa que en otras partes, tal como él la entiende siguiendo los escritos de san Benito y de san Bernardo, releídos a la luz de san Basilio, los Padres del Desierto y sobre todo san Juan Clímaco. También tiene en cuenta la experiencia de la vida. Rancé no establecerá de un golpe y de modo autoritario los nuevos reglamentos de La Trapa. En primer lugar compartió con su comunidad, en capítulos vibrantes, su pasión por la vida penitente de los "Padres". Después atrajo a los hermanos a los proyectos de reforma correspondientes. Ellos, lo mismo que él, deseaban "seguir constantemente los ejemplos de los ancianos". En su Descripción... de La Trappe de 1671, Félibien escribía: "no son unos esclavos tímidos y flojos, conducidos por un valeroso capitán, sino personas libres y generosas, que siguen los pasos de su jefe, al que obedecen con un amor extremo".

Desde 1670 Rancé se ve obligado a tomar la pluma para defender su reforma y la austeridad de las penitencias contra las críticas que llegaban del exterior. En cambio, las "cartas de visita" de los visitadores regulares, por ejemplo, las de 1676, 1678, 1685, ... son muy elogiosas en cuanto a las relaciones amables del Abad con los hermanos, la gran unidad, la caridad, la paz, el fervor sincero de los monjes.

Las Relaciones sobre la muerte de algunos religiosos de la abadía de La Trapa, publicadas a partir de 1677, testimonian las condiciones heroicas y santas de la muerte de los religiosos asistidos por su Abad. Testimonian también el sentido de su vida penitente. Al igual que Rancé, ellos fueron a buscar la salvación en La Trapa. La salvación es una gran preocupación en el siglo XVII. Conscientes de sus pecados, de la vanidad de su vida pasada, ellos están allí para expiarlos y ser salvados. Nada de penitencia extraordinaria, sino la fidelidad diaria y humilde a los preceptos de la Regla y de los Usos. Por tanto, una vida penitente que debe abrazarse con coraje por amor a la vida eterna, para la cual esta vida debe ser una preparación.

Aunque Rancé habla mucho de la penitencia no hace de ella el fin de la vida monástica, pues ese fin es la perfección de la caridad. La penitencia debe conducir a la caridad, porque escribe Rancé: "la penitencia no es otra cosa que la conformidad de nuestro corazón con el de Dios". Ella no tiene valor sino en la medida en que alcanza la Voluntad Divina que es la caridad. Por otra parte, para Rancé es la voluntad propia y no el cuerpo el verdadero enemigo. Busca la renuncia a sí mismo por la humildad y la obediencia, pero con esa mirada pesimista sobre la naturaleza humana propia de los convertidos de su siglo, y de ahí ese rigorismo que puede reprochársele.

Rancé pensaba haber encontrado en el camino cenobítico, según los Padres, el remedio eficaz a las consecuencias desastrosas de los ilusorios placeres del mundo pecador. Propone a sus hijos esta posibilidad de curación. Confiando en la misericordia de Dios que salva al pecador que se arrepiente en la vida monástica, Rancé no promete una felicidad inmediata, pero está seguro de guiar a sus hijos hacia los gozos perdurables del Cielo. Esta certeza compartida por todos se reflejaba en la alegría de vivir fraternalmente este camino exigente, pero libremente elegido.

En 1683, a petición de Bossuet, Rancé publicó "Santidad y deberes de la vida monástica", donde en veintitrés conferencias, basadas sobre su enseñanza a los monjes, expone su concepto de la vida monástica. Esta obra mayor alcanzó un gran éxito. También suscitó críticas por parte de los religiosos que se veían acusados de "mitigaciones" decadentes. Sobre todo, provocó una larga polémica con los benedictinos de SanMauro, especialmente Dom Mabillon, sobre el tema del lugar de los estudios en la vida monástica. Polémica que, tras la publicación de varias obras contradictorias, acabó súbitamente en 1692 cuando los dos religiosos se entrevistaron en La Trapa, se apreciaron y reconocieron los valores de sus respectivas opiniones. En 1689 apareció la traducción y el comentario de la Regla de san Benito. En 1690 la edición de los Reglamentos de la Abadía de Nuestra Señora de La Trapa. Ya hemos hablado anteriormente de las "Relaciones sobre la muerte de algunos religiosos", que vio varias ediciones. A estas obras, más directamente monásticas, se añaden otras obras de piedad y de dirección espiritual, y numerosas cartas editadas en selección.

Todos estos textos divulgaron los conceptos de Rancé sobre la vida cisterciense y dieron a conocer a La Trapa, pero su carácter a veces polémico, salvo en las cartas donde el tono es más suave, han creado una imagen dura de Rancé y de su reforma.

Cada vez más enfermo, Rancé presenta la dimisión de abad en mayo de 1695. Por un favor excepcional de Luis XIV, para salvaguardar la reforma, se acepta el nombramiento de un abad regular: Dom Zósimo (28 de diciembre de 1965); pero éste muere muy pronto (marzo 1966). Es nombrado Dom Gervasio (18 de octubre de 1696), pero ante las críticas de algunos próximos y amigos de Rancé tiene que renunciar en diciembre de 1698. Se nombra a Dom Jacques de la Cour (5 de abril de 1699). Rancé vivió un año tranquilo y fervoroso, a pesar de su enfermedad. Tras una larga agonía murió el 27 de octubre de 1700, de una manera muy santa, recostado sobre paja y ceniza, en presencia del obispo de Séez, después de pronunciar estas últimas palabras: "Señor, no tardes más; Dios mío, ven pronto".

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domingo 7 de febrero de 2010

BERNARDETTE: "DEBO DECIR LO QUE HE VISTO Y OÍDO"



DE LA VIRGEN APRENDIÓ A CONVERTIR SU VIDA EN LA MÁS BELLA CANCIÓN

Ninguna aparición en la historia de la Iglesia ha sido reconocida tan rápidamente como la de Lourdes. La Virgen María se apareció a Bernadette Soubirous la primera vez el 11 de febrero de 1858 y el obispo de Tarbes, monseñor Laurence, se pronunció sobre la veracidad de los hechos cuatro años después. Pero la figura de Bernadette sigue siendo poco conocida. Su personalidad se nos presenta sólo a la luz de las apariciones en las que fue protagonista y testigo. Luego retrocede, desaparece, se confunde en la sombra del convento en el que decide pasar la vida hasta su muerte, ocurrida el 16 de abril de 1879, a la edad de 35 años, consumida por la tuberculosis.

Pío XI la canonizó en el Año santo extraordinario de 1933. En el de 1925 había abierto el pontificado elevando a los altares a la pequeña Teresa de Lisieux, que con Bernadette tiene rasgos comunes: las dos viven en la Francia del siglo XIX, las dos mueren jóvenes, de tisis. Pero Teresa, crecida en una familia burguesa y profundamente católica, ha vivido desde niña en un contexto de cariño, protección, ejemplos de vida cristiana que la preparan para la decisión del claustro. La infancia de Bernadette es diferente. A los catorce años, cuando se le aparece la Virgen, no ha podido todavía ir a la doctrina, porque la pobreza extrema la ha obligado a trabajar siempre, desde niña, para ayudar a su familia. Y si prefiere los prados de la montaña al “calabozo” húmedo y malsano donde los Soubirous, endeudados, tienen que vivir, no saca de este trabajo más que techo y comida. En los periodos en los que Bernadette no se ocupaba del rebaño de su nodriza, Marie Lagües, su padre François se ve obligado a mandarla a buscar leña para vender.

El abad Pomian, vicario de Lourdes, se asombrará luego de que esta chica no conozca «ni siquiera el misterio de la Trinidad». A pesar de ello, Bernadette vive en una sociedad donde aún no han desaparecido las formas de la piedad popular, lleva consigo un rosario barato que reza mientras las ovejas pastorean. Y cuando la “Señora” se le aparece la primera vez, su gesto instintivo, dictado por el miedo, es echar mano al rosario. La respuesta de María es una sonrisa y una ternura que Bernadette no olvidará nunca. Pero no le ha preguntado el nombre a esa Señora. No sabe quién es, la llamará, en su dialecto, «Aquero», “Aquello”. Sólo más tarde le dirá su nombre, en la aparición del 25 de marzo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», usando las palabras del dogma que Pío IX había definido cuatro años antes, en 1854, hace exactamente 150 años. Una expresión que, por lo demás, Bernadette no comprende. Lo que sabe es que, tras el primer momento de espanto, “Aquello” le atrae y la llena de una paz que nunca había conocido. La verá 18 veces hasta la última aparición del 16 de julio. María le confía tres secretos, la invita a decir a todos que recen por la conversión de los pecadores, pide a los sacerdotes, por medio de Bernadette, que construyan una capilla al lado de la gruta. Hace exactamente lo que se le pide.

Bernadette está acostumbrada a ver las cosas por lo que son. Al abad de Fonteneau, que la interroga con insistencia y desconfía, responde: «No le obligo a creerme, pero debo responder diciendo lo que he visto y oído». Dos años después. Los miembros de la comisión eclesiástica presidida por monseñor Laurence le dicen: «No parece una idea digna de la Santa Virgen hacerte comer hierba». «Y, sin embargo, comemos la ensalada», les responde.

Bernadette no se exalta por la imprevista curiosidad que ha suscitado primero en su pueblo, luego entre las autoridades civiles y religiosas y por último en toda Francia. En 1861 el abad Bernadou quiso sacarle unas fotos en la postura que tenía durante las apariciones. Y le dice enfadado: «No, así no. No ponías esa cara cuando estaba la Virgen». Y ella le responde: «Pero ahora no está». A pesar suyo, durante ocho años, de 1858 a 1866, Bernadette será un personaje público: tendrá que contar mil veces la historia de las apariciones, y lo hará a su manera, con palabras escuetas, esenciales, directas.

En este periodo, las Hermanas de la Caridad de Nevers la acogen en su hospicio de Lourdes, para que viva con más decoro y protegerla del asalto de los curiosos. Y a la hora de elegir qué camino tomar en la vida, Bernadette decide hacerse religiosa en su instituto con el nombre de sor Marie-Bernard. No ha recibido una instrucción regular, no “vale para nada” como le dirá a su obispo. Pero antes de salir para Nevers, cuando le preguntan si no siente dejar Lourdes, responde: «El poco tiempo que estamos en el mundo, hay que emplearlo bien». Sabe que la gracia especial que ha recibido no la exime de vivir como una buena cristiana. Y cuando llega al convento de Nevers, después de repetir a las hermanas, por última vez, la narración de las apariciones, la superiora les prohibe a las religiosas que le hagan más preguntas sobre los hechos de Lourdes.

Comienza así, con el noviciado, la última fase de la vida de Bernadette, desde los 22 a los 35 años. Una vida escondida, lejos de los clamores de la notoriedad. No tiene ningún proyecto especial. Desea seguir la invitación de la Virgen y rezar por la conversión de los pecadores. Sabe también, según la misteriosa promesa de María, que no será feliz «en este mundo, sino en el otro». Su vida transcurre normalmente, según los ritmos y tiempos del convento. Tiene a sus disposición los recursos de la vida cristiana de todo el mundo: la oración, los sacramentos, el deber cotidiano. Y no se echa atrás. Acepta también sin acentos de misticismo el sufrimiento que le acompañará durante casi todo el tiempo de su permanencia en Nevers. «En Lourdes había una congregada» recordará sor Vincent Garros, amiga de infancia de Bernadette, «conocida con el nombre de señorita Claire, muy piadosa y que sufría desde hacia tiempo. Caundo llegué a la casa madre, Bernadette me preguntó por ella, y yo le dije: “No sólo sufre pacientemente, sino que dice incluso estas palabras, que me sorprenden realmente: ‘Sufro mucho, pero si no es suficietne, ¡que el Señor añada más sufrimiento!”. Sor Marie-Bernard hizo esta reflexión: “Es muy generosa; yo no haría lo mismo. Me conformo con lo que me manda”».

La gente seguía buscándola, llamando a las puertas del convento para hablar con ella. A algunos, obispos y sacerdotes, no les puede decir que no. Pero prefiere estar, por ejemplo, con su compañera Bernard Dalias, que al tercer día de noviciado, cuando le indicaron a Bernadette dijo: «¿Esto es todo?». Con ella puede sentirse a gusto, sin las miradas de quien la ve, según su expresión, «como un bicho raro». «He podido», contó sor Brigitte Hostin, «admirar en ella una piedad grande, un humor siempre igual –algo raro–, una sencillez de niña, y sobre todo una gran humildad; esto –en el caso en que estuviera obligada a responder a las cartas que le escribían algunos grandes personajes respecto a los favores que la Virgen le había concedido– le hacía decir: “Si no fuera por obediencia, no respondería”».

El conde Lafond cuenta este episodio ocurrido durante la guerra franco-prusiana, en 1870: «El caballero Gougenot des Mousseaux, que vio a Bernadette, le hizo algunas preguntas: “¿Tuvo usted en la gruta de Lourdes o posteriormente revelaciones relativas al futuro y al destino de Francia? ¿No le ha encargado la Virgen que transmita advertencias o amenazas para Francia?”. “No”. “Los prusianos están a las puertas, ¿no le da miedo?”. “No”. “¿No hay, pues, nada que temer?”. “Temo sólo a los malos católicos”. “¿No teme nada más?”. “No, nada”».

A Bernadette la destinan a la enfermería. Durante muchos años, hasta que su estado de salud se lo permite, realiza este trabajo con exactitud y caridad, sonriente, dispuesta, amable. Luego, en los últimos tiempos, la tisis, que la había minado durante mucho tiempo, le impide trabajar activamente. A Bernadette le gusta ese trabajo, pero no le queda más remedio. Cuenta sor Casimir Callery, que la cuidó durante las últimas fases de la enfermedad: «Sor Hélène me había dado unos huevos de Pascua para que los adornara. Yo pintaba. Sor Marie-Bernard rascaba, creando así lo modelos. Un día me quejaba porque este trabajo me ponía nerviosa. Me dijo: “¡Qué importancia tendrá ganarse el cielo rallando huevos o haciendo cualquier otra cosa!”».

Bernadette no dejó escrito casi nada, pero los episodios, las respuestas, los gestos que los testimonios de sus hermanas de hábito refieren revelan su espíritu humilde y gozoso, aunque agotado por el sufrimiento. En sus palabras trasluce una alegría tranquila, un sentimiento irónico frente a las dificultades que la vida del convento presentaba, un amor profundo por Jesús y la Virgen, y una predilección por san José: «Sé que, entre los santos, Bernadette tenía una devoción especial por san José», contó sor Madeleine Bounaix: «Repetía estas invocaciones: “Hazme la gracia de amar a Jesús y María como quieren ser amados. San José, reza por mí. Enséñame a rezar”. Y a mí me decía: “Cuando no se consigue rezar, se dirige una a san José”».

«Sor Marie-Bernard tenía una piedad dulce, sencilla», recuerda otra religiosa, «sin nada de particular. Era muy exacta, no faltaba al silencio, pero durante el recreo atraía por su brío. No le gustaba la piedad recargada. Un día me decía riendo, indicando a una novicia que cerraba siempre los ojos: “¿Ve a sor X? Si no tuviera una compañera que la guía, tendría un accidente, ¿Por qué cerrar los ojos, cuando hay que tenerlos bien abiertos?”».

Su oración está marcada por la atención amorosa a los gestos más sencillos: «Un día Bernadette me hizo notar que hacía mal la señal de la cruz», cuenta sor Emilienne Duboé, «le dije que por supuesto no lo hacía tan bien como ella que lo había aprendido de la Virgen. “Hay que poner atención”, me dijo, “porque significa mucho hacerse bien la señal de la cruz”». Y sor Charles Ramillon afirma: «El modo en que se hacía la señal de la cruz me llamaba la atención profundamente; hemos tratado muchas veces de reproducirlo,.. pero sin éxito. Entonces decíamos: “Se ve que se lo ha enseñado la Virgen misma”. En el Avemaría de Lourdes los fieles cantan una estrofa que parece resumir toda la vida de Bernadette: “A los pies de su Madre, / la niña que la ve /la señal de la cruz / aprende a hacer bien” (Au pied de sa Mère, /l’enfant qui la voit/ apprend à bien faire / le signe de la croix)».

A quien le preguntaba si no sentía estar lejos de Lourdes, respondía: «No me deben compadecer, he visto algo mucho más hermoso». Desde luego, no podía haberse olvidado «los ojos a Dios santos y gratos» (Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 40) que tuvo el privilegio de admirar tantas veces, aunque fuera por un breve periodo. Y durante toda su vida llevó consigo, mientras se alejaba en el tiempo, el deseo apasionado de volver a ver esos ojos.

«Si tú supieras lo que he visto allí de hermoso», le dijo una vez a sor Emilienne Duboé. «Cuando la has visto no puedes seguir apegada a la tierra». Quizá por eso la Virgen le había dicho que no sería feliz en este mundo, pero Bernadette no alegó nunca derechos especiales en vistas del cielo. Una superiora le preguntaba un día si no había sentido nunca un sentimiento de satisfacción por los favores que la Virgen le había hecho. «¿Qué piensa de mí? ¿Quiere que no sepa que si la Virgen me ha elegido es porque yo era la más ignorante? Si hubiera encontrado otra más ignorante que yo, la habría elegido a ella».

También durante la enfermedad, cada vez más grave en los últimos tiempos, conservó una sobriedad que sus hermanas de hábito no dejaron de notar: «La he visto sufrir moral y físicamente» cuenta sor Joseph Ducout: «Nunca pronunció durante su sufrimiento una palabra que expresara su dolor. Tomaba el crucifijo, lo miraba, y basta». El último testimonio que tenemos es el de sor Nathalie Portat, que estuvo a su lado en los últimos momentos. Mientras sus hermanas de hábito rezaban el rosario a su alrededor, «a las palabras del Avemaría: Santa María, Madre de Dios…”, Bernadette se reanimó y con un acento especial… repitió dos veces: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora”»

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viernes 5 de febrero de 2010

MEMORIA HISTÓRICA: UNA SUPERVIVIENTE DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA CUENTA LO QUE PASÓ


HISTORIA DE PERSECUCIÓN, MARTIRIO Y, AL FINAL, PERDÓN

“Conocí a M. Victoria Valverde en el año 1924, fecha en la cual ingresé en el Noviciado en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde M. Victoria era la Superiora. Más tarde, siendo profesa, fui destinada a la Comunidad de Martos (Jaén) estando en este tiempo M. Victoria como Superiora de esta Comunidad. Aquí conviví con ella desde el año 1931 hasta el 12 de enero de 1937. M. Victoria era muy querida por todos los miembros de la Comunidad, alumnas y personas allegadas al Colegio, por su trato amable y delicado, virtud y capacidad, don de gentes pero sobre todo destacaba en ella profundamente la prudencia, la caridad y la humildad; afirmo que era humildísima. Se dedicaba en este tiempo a las clases de labores y bordados, con las señoritas mayores. Si bien no poseía preparación intelectual destacada, dada la ascendencia moral que tenía su persona en la Congregación, se rumoreaba entre las Religiosas que podía ser la futura Superiora General.

Hago constar, que durante los años que convivimos juntas inmediatos al desenlace de la guerra civil española, nunca le oí referencia alguna a cuestiones políticas, pues estábamos absolutamente ignorantes de ellas, ni siquiera leíamos periódicos. Era una mujer de vida sencilla, muy delicada de salud, cuya preocupación constante era servir a sus hermanas con diligencia y caridad; quería mucho a las niñas. Me consta que tampoco tenía enemigos, fácil de comprender dada su suavidad de trato, su dulzura y caridad con todos; su vida era sencilla y sin ruidos. Formábamos la Comunidad en este tiempo doce Religiosas.

En el año 1936, la situación se ponía cada día más peligrosa. Ya hacía tiempo que M. Consolación del Blanco y la que declara vestíamos de seglar, para poder dictar clases en el nivel secundario, pasando desapercibidas como religiosas. Se fue complicando cada día más la situación, se suspendieron las clases y ya se oían amenazas telefónicas y verbales. A1 ver el cariz que esto tomaba, M. Victoria, Superiora de la casa, permitió a las Religiosas, sobre todo a las más temerosas, que se fueran con sus familias, otras a las casas de las personas más adictas al Colegio. En un corto lapso de tiempo salieron todas, menos M. Victoria, M. Amparo Rodríguez y yo, que permanecimos hasta el 20 de julio de 1936; después de haber tenido varios registros y a la fuerza, ya que el Colegio estaba lleno de milicianos, nos obligaron a abandonarlo. M. Amparo Rodríguez, de avanzada edad, le hizo tal impacto el obligarla a quitarse el hábito que se trastornó, perdiendo sus facultades mentales: no había medio ni fuerza humana para sacarla de casa, ni por las amenazas de los milicianos, ni de los fusiles que la apuntaban. El vestido de seglar que se le puso lo rasgó entero, y gracias a la fuerza hercúlea que el Señor me dio en ese momento, la cogí debajo del brazo y sosteniéndome de la baranda de la escalera, la pude sacar a la calle.

En este intervalo, los milicianos estaban invadiendo la casa entera y profanando los objetos religiosos que encontraban a su paso: a mis pies arrojaron un hermoso crucifijo que hicieron pedazos en mi presencia. Ante esta profanación me estremecí de tal forma que lancé un grito: ¡Virgen Santísima!, a lo que los milicianos replicaron: “Piense usted lo que dice, que le puede costar la vida". Oí decir también: “Lástima de mujer metida en el convento". Les pedimos que nos permitieran recoger una muda de ropas, lo cual lo hicimos vigiladas constantemente. Antes de esto, viendo la situación cómo estaba, se habían consumido las especies sacramentales.

Las tres religiosas fuimos a la casa de la Sra. Ana Fernández, viuda de Espejo, en el pueblo de Martos. Durante dos meses estuvimos aquí las tres, y viendo que éramos demasiada carga para la familia, M. Victoria se va con la Sra. Camacho, donde permanece un mes, habiéndose enterado que un hijo era miliciano y ya sabían que estaba allí la Superiora de San Francisco, según nos llamaba la gente, por haber sido este Colegio convento de Franciscanos, y se enteró que comentaban que iban a buscarla para apresarla; le aconsejaron que abandonara Martos o por lo menos que se marchara de aquella casa. A lo de abandonar Martos siempre contestó que mientras hubiera una sola de sus Religiosas, ella no se marchaba, ella era la Superiora y, por lo tanto, la que debía responder; por esta razón vuelve a la casa de la Vda. de Espejo. Aquí permaneció hasta el día del martirio.

El 25 de julio, fiesta del apóstol Santiago, sobre las 10 de la mañana, se armó un gran alboroto en la Plaza Fuente Nueva, delante de la Iglesia de San Francisco (que era la del Colegio) y nos enterarnos enseguida que habían sacado las imágenes arrastrándolas por las calles: la Divina Pastora, después de romperla en varias partes, la tiraron a un pilón que había en dicha fuente y la imagen del Niño Jesús la ataron por el cuello y la llevaron arrastrando por varias calles hasta que se hizo pedazos.

Durante todo este tiempo tuve que acompañar a M. Victoria a dar cuenta al ayuntamiento dónde se encontraban las Religiosas primero cada 15 días, muy pronto cada 8 días y después todos los días. Uno de estos días que íbamos al ayuntamiento, estaba la plaza llena de milicianos y el Sr. Alcalde dándoles una arenga desde los balcones del ayuntamiento; había gran alboroto, vociferando: “¡Viva el Alcalde! ¡Mueran los curas y las monjas!” Al desembocar en dicha plaza, M. Victoria se conmovió tanto que casi se desmaya en medio de la calle; apoyada en mi brazo la metí en un comercio de toda confianza de la Comunidad y haciéndole señas al jefe del comercio (le indiqué la situación, no podía hablar), le pedí una silla y piezas de tela, para que simulara estar comprando.

Mientras, yo me iba cruzando por en medio de esta turba y gritería, y pude llegar al conserje del Ayuntamiento, exponiéndole que la M. Superiora no podía acercarse por encontrarse mal; estaba muy delicada de salud, casi siempre tuvo 38° y 39° de temperatura. El conserje me recibió amablemente, diciéndome que no me preocupara y que hasta tanto se pusiera buena me presentara sola, como así lo hice, no sin gran temor, ya que veía con claridad que aquella amabilidad y simpatía no podía tener un fondo sano. Vi claramente la mano de Dios, después de enterarme de los proyectos que este señor tenía de llevarme a su casa. Este mismo día, al regresar con M. Victoria, ya repuesta de su desmayo, alguien nos conoció y empezaron a gritar y a tirar pedradas contra nosotras. Marchamos ocultamente por un callejón, escapando sin alcanzarnos ninguna piedra. Lo vi también providencial.

Yo visitaba todos los días a M. Victoria, pasaba la tarde con ella, y a pesar del cariño y confianza que tenía a esta familia, en cuanto yo llegaba, me llevaba aparte; se veía en ella la necesidad de desahogar la impresión que tenía en su interior. Siempre sacaba la conversación sobre su martirio, estaba segura que la mataban, repetía constantemente que no se sentía con fuerzas de mártir, tenía terror que pudieran profanarla, más que a la muerte; yo trataba de animarla y contagiarle el optimismo que sentía, pero a ella nada la convencía. El 11 de enero de 1937, por la mañana, se presentó en casa donde estaba M. Victoria, Dolores Camacho notificándole que la noche anterior se había acordado en el Comité Miliciano, que recogerían todas las Religiosas para matarlas, en primer lugar las Superioras de las distintas Comunidades.

Llegó el 12 de enero de 1937; M. Victoria se levanta persuadida que era el último día de su vida. Y así lo dijo a Doña Ana: “Tengo un presentimiento triste, no sé por qué me figuro que de hoy no pasa, que me van a prender, y quiero ver a mis hijas por última vez (a sus Religiosas)". Vino a buscarme a la casa donde yo me alojaba, me entregó un monedero vacío, me dio todo lo que tenía; que diera cuenta a M. Natividad Vázquez, Superiora General, dónde estaban las Religiosas y entregara las escrituras de la casa. Efectivamente, a eso de las ocho de la noche se escucha un estruendo grande y llaman a la puerta bruscamente. Venían por ella. La llevaron y atrozmente la mataron juntamente con la Abadesa de las Religiosas Clarisas y otra religiosa Trinitaria, en la madrugada del 13 de enero de 1937.

Ese mismo día, a altas horas de la noche, se presentaron también en mi búsqueda en la casa donde me refugiaba, pero como momentos antes nos avisaron, por amistad de la familia con un jefe de los milicianos, salimos huyendo en su coche para un pueblo próximo, Torredonjimeno, donde vivía un hermano de estas señoritas, farmacéutico, que nos acogió en su casa; yo tuve que vivir escondiéndome constantemente hasta que terminó la guerra, casi los tres años, refugiándome en buhardillas. La familia se iba a los refugios cuando los bombardeos arreciaban, pero yo me quedaba en unas buhardillas al amparo sólo de la Providencia.

Continuando con el relato de lo acaecido a M. Victoria, no lo vi pero se comentó por todo el pueblo al día siguiente del hecho, por algunos que escucharon y otros presenciaron de lejos; esto se dijo: “Las sacaron de la cárcel donde estaban y las metieron en un camión para llevarlas al sitio del martirio". De esto se puede decir poco, ya que todas murieron y no hubo más testigos que ellas mismas y un señor que se había escapado de la cárcel y estaba escondido en un monte y desde lejos pudo observar algo de lo que ocurría. Tampoco pudimos hablar con él porque lo cogieron y lo mataron; así que lo poco que se sabe es lo que él pudo contar a sus familiares y lo que los verdugos han querido declarar en el juicio: Las llevaron a un caserío, término de Las Casillas, y allí quisieron profanarlas, y se supone que lo llevarían a cabo por una conversación que tuvieron después del martirio, celebrando un banquete y con las manos aún llenas de sangre, decían: “Hasta hoy no he creído que las monjas eran vírgenes; hoy lo creo". A M. Victoria me dijo uno de sus verdugos que quisieron quitarle el anillo de profesión perpetua que tenía puesto y como estaban las manos hinchadas no podían sacárselo y, para lograrlo, le cortaron el dedo. El anillo lo entregó el criminal y está en nuestro poder.

El alcalde de Martos, envió a darles sepultura al cementerio de Las Casillas y allí permanecieron hasta que terminó la guerra. Al terminar la guerra volví a Martos. Yendo al Colegio, no encontré más que auténticas ruinas y un asqueroso muladar. Me tocó llevar adelante la reconstrucción del Colegio siendo la Superiora de la Casa, pudiendo así enterarme de todos estos datos referentes a M. Victoria. También quiero decir que me propusieron hacer declarar al verdugo, pero como lo iban a obligar a declarar apaleándolo, lo consideré inhumano y no lo consentí. Con respecto al anillo, lo tenía en su casa la madre del asesino y nos lo entregó, como he manifestado anteriormente.”

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