viernes, 21 de noviembre de 2008

ALGUNAS VERDADES OLVIDADAS SOBRE PÍO XII Y EL HOLOCAUSTO (y II)


VOCES PARA NO OLVIDAR

El importante trabajo que la Santa Sede llevó a cabo, siguiendo órdenes de Pío XII, para salvar a los judíos perseguidos protegiéndolos de la persecución fue ingente y como tal ha sido reconocido por aquellos que antes y ahora se han acercado a él sin prejuicios. Así, según el historiador judío Emilio Pinchas Lapide, que fue cónsul de Israel en Milán, “la Santa Sede, los nuncios y la Iglesia Católica salvaron de la muerte entre 700.000 y 850.000 judíos” (“Three Popes and the Jews”). Pero fue una labor llevada a cabo en su mayor parte de modo discreto y silencioso, millares de historias increíbles y anónimas de caridad cristiana hacia los judíos perseguidos y que solamente en los últimos años están viniendo a la luz. Y de modo más o menos directo, detrás de estas historias está el influjo del Papa Pacelli. Así, por ejemplo, cuando al Cardenal Pietro Palazzini se le concedió después de la guerra la medalla de “Justo entre las Naciones”, por haber salvado a cientos de judíos escondiéndoles en el Seminario Mayor de Roma, él afirmó. “El mérito es todo de Pío XII, que nos pidió que hiciéramos todo lo que pudiéramos para salvar a los judíos de la persecución”.

Luciano Tas, autorizado representante de la comunidad judía romana, escribió: “Si el porcentaje de judíos deportados en Italia no fue tan alto como en otros países, sin duda se debió a la ayuda de la población italiana y concretamente de las instituciones católicas. Centenares de conventos, siguiendo las órdenes que venían del Vaticano, acogieron y escondieron a los judíos, miles de sacerdotes les ayudaron, importantes prelados organizaron una red clandestina para distribuirles documentos falsos, etc” (Historia de los judíos italianos).

El abajo firmante de este artículo y blog vivió durante 4 años de su estancia en Roma en un convento en el que los sacerdotes mayores contaban, con todo detalle, como durante la ocupación nazi de la ciudad llenaron la casa de judíos, a los cuales cedieron sus propias habitaciones y a los cuales, cuando llegaban los registros, escondían entre las bóvedas y el techo de la iglesia. Dichos sacerdotes me contaron, como cosa sabida y normal, que todos los conventos de Roma que pudieron hicieron lo mismo, a veces con gran heroicidad, y que todo venía de la iniciativa de Pío XII.

Siguiendo con la ciudad de Roma, en ella la comunidad judía certificó al acabar la guerra que la iglesia había salvado a 4.447 judíos de la persecución nazi. En una inscripción que se encuentra en el Museo Histórico de la Liberación de Roma y que va dirigida a Pío XII, se puede leer: “El Congreso de los delegados de las comunidades judías italianas, en su primera reunión celebrada en Roma después de la liberación, siente el deber de dedicar un homenaje reverente a Su Santidad y expresarle el profundísimo sentido de agradecimiento que anima a todos los judíos, por las pruebas de fraternidad humana que les dio la Iglesia durante los años de la persecución, cuando su vida estuvo en peligro a causa de la barbarie nazifascista”. En este mismo sentido, Gideon Hausner, procurador israelí en el proceso contra Eichmann, el 18 de octubre de 1961, afirmó: “El clero italiano ayudó a numerosos israelitas y los escondió en los monasterios, y el Papa intervino personalmente a favor de los arrestados por los nazis”.

Los testimonios son innumerables y hacen que surja la pregunta de porqué tanto testimonio clarísimo es olvidado por ciertos historiadores y, por tanto, cuáles intereses les mueven para tergiversar de modo tan descarado la historia. Porque no hacen falta grandes argumentos para desmentirles, es la misma historia la que lo hace. El historiador Renzo De Felice, en su obra “Historia de los judíos italianos bajo el fascismo”, ha escrito: “La ayuda de la Iglesia hacia los judíos fue muy notable e iba creciendo. No fue prestada solamente por los católicos individuales, sino también de muchísimas instituciones católicas. Y esta ayuda, además, era la misma que desde hacía años ya venía prestando la Iglesia en otros países ocupados por los nazis, como era el caso de Francia, Bélgica, Rumania o Hungría, que además de manifestarse en ayudas materiales concretas, intentaba también interceder ante los gobiernos para favorecer a los judíos de esos territorios”.

La Iglesia tuvo que pagar también su precio por esta ayuda a los judíos, y no fue bajo: En toda Europa los religiosos deportados a los campos de concentración fueron más de 5.500 (en Italia fueron 729 sacerdotes), de los cuales la mayoría fueron apresados como represalia por la ayuda de la Iglesia a los judíos. Y a pesar de los riesgos la obra de asistencia fue vasta y eficaz: Solamente el Cardenal de Génova salvó al menos a 800 judíos, y el obispo de la pequeña población de Asís a 300. Y todo esto fue dirigido por el Papa, pues como muchos saben en Roma pero pocos historiadores recuerdan, ya en el 1939, nada más estallar la segunda guerra mundial, el Papa creó en la sección alemana de la oficina de Información del Vaticano otra oficina especial para ayuda a los judíos. Dicha oficina resolvió alrededor de 36.800 casos a favor de los judíos (sobre el trabajo de dicha oficina se han publicado datos fehacientes en el Canadian Jewish Chronicle). La obra de asistencia organizada por el Papa Pacelli era tan conocida en Italia y a nivel mundial que cuando en el 1955 Italia celebró el décimo aniversario de la Liberación, la Unión de las Comunidades Judías italianas proclamó el 17 de abril el “día de la gratitud” en recuerdo de la ayuda proporcionada por el Papa Pío XII durante el periodo de la guerra.

Cuando el 8 de octubre de 1958 el Papa Pacelli falleció, el Zionist record, el Jewish Chronicle, el Canadian Jewish Chronicle, el Jewish Post y el American Hebrew, junto con los rabinos de Londres, Roma, Jerusalén, y otros de Francia, Argentina, Egipto y la casi totalidad de las asociaciones judías, lloraron la pérdida de aquel que Golda Meir había llamado “gran servidor de la paz”. En aquella ocasión, el rabino jefe de Roma, Elio Toaff, dijo: “Mas que otros, yo tuve la ocasión de experimentar la gran bondad, compasión y magnanimidad del Papa durante los infelices años de la persecución y el terror, cuando parecía que para nosotros no hubiese ninguna vía de salvación. Las comunidades judías de Roma, donde permanece siempre vivo el sentido de gratitud por lo que la Santa Sede hizo a favor de los judíos romanos, me han autorizado a explicar nuestra convicción que cuanto hizo el clero, los institutos religiosos y las asociaciones católicas para proteger a los perseguidos no pudo ocurrir sin la aprobación explícita de Pío XII”.

Nací en tiempos de Pablo VI y nunca tuve especial devoción a Pío XII hasta que fui a estudiar a Roma y allí los que vivieron la historia me contaron la verdad de su labor durante la segunda guerra mundial, y me hablaron de su grandeza de ánimo y su profunda espiritualidad. Pero, simpatías aparte, la verdad es la verdad y no se debería acallar. Al cumplirse los 50 años de su muerte, y a la espera de la decisión del Santo Padre sobre su posible subida a la gloria de los altares, el Papa Pacelli se merece que por lo menos se diga la verdad sobre él.