sábado, 24 de enero de 2009

LOS OBISPOS CONSAGRADOS POR MONS. LEFEBVRE VUELVEN A LA COMUNIÓN DE LA IGLESIA


CONCLUSIÓN HISTÓRICA Y FELIZ DEL CISMA MÁS IMPORTANTE DEL SIGLO XX


Con un Decreto de la Congregación para los Obispos con fecha de hace dos días, del 21 de enero, se ha levantado la excomunión a los Obispos de la Fraternidad San Pío X, Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta, que habían incurrido en tal pena al ser consagrados por Mons. Marcel Lefebvre en 1988 sin permiso de la Santa Sede. Concluye así felizmente el cisma -breve, gracias a Dios- que tanto dolor trajo al Papa Juan Pablo II y por el que Benedicto XVI había puesto tanto empeño desde los primeros momentos de su pontificado (no se olvide que cinco meses después de ser elegido Papa recibió al Superior General de la Fraternidad, Mons. Fellay y ya entonces se habló de un proceso por etapas para llegar a la reconciliación con la Iglesia). Era lógico, por otro lado, que Benedicto XVI que desde su elección había puesto el ecumenismo, esto es, el acercamiento a los “hermanos separados” como una de las prioridades de su pontificado, y tantos gestos concretos ha hecho en este sentido hacia las diversas confesiones cristianas, trabajase por remediar este cisma de los tiempos modernos, cosa que en realidad sólo requería buena voluntad por ambas partes.

En realidad, el cisma se produjo por una serie de malentendidos que se podían haber evitado, pero que en aquel momento (1988) fue difícil evitar. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X había sido una institución benemérita, aunque con una relación difícil con la jerarquía postconciliar. Fue fundada por Mons. Marcel Lefebvre y establecida bajo el derecho canónico en la forma de una pia unio, de derecho diocesano. Este estatus le fue retirado de modo arbitrario en 1975 por Mons. Mamie, obispo de Friburgo, en cuya jurisdicción había sido erigida, decisión que fue contestada mediante la presentación de un recurso suspensivo de la supresión ante el Tribunal de la Signatura Apostólica. El Cardenal Staffa, presidente del Tribunal, a instancias -según parece- del Cardenal Jean Villot, francés, Secretario de Estado de Pablo VI y conocido por su poca simpatía hacía todo lo que fuera tradicional, se negó a darle curso, de modo que la Fraternidad San Pío X consideró que, mientras no se decidiese el fondo del asunto, continuaba existiendo.

En 1988, después de semanas de diálogo con el Vaticano, el cual no acababa de darle respuestas claras sobre sus interrogantes, y quizás mal aconsejado por algunos de su entorno, Mons. Lefebvre consagró sin permiso de la Sede Apostólica a cuatro sacerdotes de la Fraternidad como obispos, en la inteligencia de que no se oponía a la voluntad del Papa de darle sucesores, tal como se le había asegurado en los coloquios que había tenido en Roma durante 1987 y 1988. Se trataba de los cuatro obispos a los que alude el reciente Decreto de la Congregación para los Obispos. La Santa Sede, por su parte, siguiendo las prescripciones del derecho canónico, consideró que el acto de consagrar obispos sin mandato pontificio expreso representa un "acto cismático", por lo que declaró que Mons. Lefebvre (consagrante), Mons. Antonio de Castro Mayer (co-consagrante) y los cuatro ordenados habían incurrido en excomunión.

Sin embargo, en realidad Roma no consideró en los hechos que la Fraternidad San Pío X fuese cismática, al menos intentó por todos los medios no tratarla como tal: No indicó ni que sus miembros, ni que sus adherentes fueran cismáticos individualmente considerados, aunque siempre afirmó que "muchos de los que tienen la autoridad" de la fraternidad entrarían en la definición de cisma, y que aquellos que asisten a las Misas de la Fraternidad se arriesgaban a "confundir su pensamiento al separarse del Magisterio del Romano Pontífice", con lo cual podrían llegar a un cisma. De todas maneras, muchas voces dentro de la Iglesia matizaron estas afirmaciones y el propio Mons. Perl, conocido miembro de la Comisión Ecclesia Dei, a la que Juan Pablo II encomendó los contactos con la Fraternidad, afirmó expresamente en un documento que es de público conocimiento que los fieles católicos pueden cumplir el precepto dominical asistiendo a las Misas que celebran los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X —y, por extensión, todos los demás preceptos de la Iglesia concernientes a la santificación de las fiestas—, como así también el precepto de contribuir al sostenimiento de la Iglesia dando una contribución, como se estila, en las colectas que se hacen durante la Misa.

Los esfuerzos de Benedicto XVI por allanar el camino para la reconciliación, sobre todo al otorgar libertad en toda la Iglesia para la celebración de la Misa tradicional, según el Misal de Juan XXIII, y sus gestos visibles de intentar devolver cada vez más a la liturgia su debida solemnidad, concretamente a aquella que él celebra como Póntifice, para que sirva de ejemplo para toda la Iglesia, han sido pasos que han permitido crear el ambiente propicio para que los obispos cismáticos pidiesen oficialmente por escrito el reconciliarse con la Iglesia, petición que el Papa ha aceptado “benignamente, guiado por la solicitud pastoral y la misericordia paterna” (Nota de Prensa que acompaña al Decreto de la Congregación para los Obispos).

Aunque todavía quedan aspectos canónicos que determinar, que para ello doctores tiene la Iglesia, y que sin duda son ya poca cosa en comparación con el camino recorrido, el mismo hecho de la conclusión del cisma, precisamente en el contexto del Ocatavario de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año 2009, es motivo de gozo para toda la Iglesia, que quiere que nadie se pierda de los que el Padre encomendó al Hijo.

ALBERTO ROYO MEJIA