CLODOVEO, SANTA CLOTIDE
Y LA CONVERSIÓN DE LOS FRANCOS
El primero de los pueblos bárbaros que se convirtió al cristianismo fue el de los Francos. Aunque pagano, su jefe Clodoveo respetaba a los Obispos y, en 493, se casó con una princesa cristiana, Clotilde, cuyas oraciones y consejos ayudaron a la obra apostólica de San Remigio, obispo de Reims. El caso de princesas cristianas que han influido decisivamente en la conversión de sus maridos y, por tantos, de los pueblos que les eran súbditos, fue bastante común, como recuerda José Orlandis en sus "Consideraciones sobre la conversión al cristianismo en la tardía antigüedad". Régine Pernoud, por su parte, en su libro "La Mujer en el Tiempo de las Catedrales", explica este papel fundamental que muchas mujeres han tenido en la difusión del cristianismo, para luego referirse concretamente al caso de los Francos. La condición de la mujer romana era, brevemente, la de objeto en relación a su contraparte masculina: padre, hermano, marido. El mensaje del cristianismo, al contrario, resalta la igualdad esencial entre el hombre y la mujer y esto se une a la vertiente germana de la flexibilidad en las funciones, del compartir los roles sociales. De ahí la importancia radical que adquieren las mujeres como difusoras de la fe, mártires, monjas, religiosas, conversoras en general. Así, afirma Pernoud, "Nuestra historia llega a ser la historia de Francia con la llegada de una mujer". Se refiere a Clotilde, la esposa de Clodoveo, el rey de los francos. San Gregorio de Tours le da mucha importancia en su relato a esta reina en la conversión del pueblo franco a esta princesa burgunda, en quien se complementan las funciones religiosas y político-reproductivas.
El santo obispo lo cuenta así: "Gondebaudo asesinó a su hermano Chilperico haciendo tirar al agua a la mujer, con una piedra al cuello, y exilió a las dos hijas; la mayor, que tomó el velo, se llamaba Crona; la menor, Clotilde. Con ocasión de una de las numerosas embajadas enviadas por Clodoveo a los burgundios, sus enviados encontraron a la joven Clotilde. Informaron a Clodoveo de la gracia y de la sabiduría que habían constatado en ella y de los informes que habían recibido acerca de su origen regio. Sin tardar, la pidió en matrimonio a Gondebaudo. Este, considerando las consecuencias de una negativa, la remitió a los enviados que se apresuraron en llevarla ante Clodoveo. Al verla el rey quedó encantado y la desposó, a pesar de que una concubina le había dado ya un hijo, Thierry."

Clodoveo era pagano, Clotilde cristiana ferviente y muy convencida de la necesidad de la conversión de su marido. Cuando nace su primer hijo, Ingomer, la reina lo bautiza y éste muere. En la narración de San Gregorio, las súplicas que constantemente dirige ésta a su esposo, e incluso sus fracasos y dolores, contienen una bella argumentación sobre la superioridad del cristianismo, sobre el poder de Dios. Su esposo escucha, calla, vacila, quiere una prueba de la divinidad de ese Dios, una prueba de poder. Nace el siguiente hijo, Clodomir, que es bautizado y cae gravemente enfermo, "[Y] el rey, todavía excéptico dijo: "No le podía pasar sino lo que a su hermano, es decir, morir tan pronto como hubiese sido bautizado en el nombre de vuestro Cristo". "Pero -concluye San Gregorio" gracias a las oraciones de su madre, el niño se restableció bajo la orden del Señor y al rey se le terminan los argumentos para resistirse.
Luego viene la prueba personal de Clodoveo. En una batalla, que va perdiendo, decide invocar al "Dios de Clotilde", pues sus dioses no le han respondido. Gana la batalla contra los Alamanes, y entonces la reina llama a san Remigio, obispo de Reims, para que catequice a Clodoveo. El día de Navidad, entre el año 496 al 498, el rey de los francos se bautiza junto a tres mil de sus guerreros. Así se incorporan en conjunto al cristianismo, la religión de los galo-romanos. En el romántico relato de San Gregorio de Tours se ve que la conversión es principalmente religiosa. Pero sabemos que fue a la vez política, pues así obtuvo la ayuda de la Iglesia (la romanidad) y se unió a los galo-romanos, como un solo pueblo. Concluye Régine Pernoud: "Tanto para los eruditos más escrupulosos como para los cronistas más divulgadores, el bautismo de Clodoveo es el primer hito de nuestra historia, y su representación en la cúpula de la catedral de Reims ha atravesado los siglos. Ese bautismo es el logro de una mujer santa. Decisión esencial en la medida en que el conjunto del pueblo sobre el cual, gracias a sus sucesivas victorias, Clodoveo ejercerá gradualmente una supremacía tal vez más nominal que real, pero que le otorgará unidad por primera vez, es un pueblo cristiano. ... De manera que esta conversión tiene a la vez un carácter religioso y político."
Clodoveo murió en París en 511, y Clotilde le enterró en lo que era entonces el Mons Lucotetius, en la iglesia de los Apóstoles (después, de Santa Genoveva), que habían construido juntos para servirles como mausoleo, y que Clotilde se encargó de completar. San Gregorio de Tours dice que la reina Clotilde era admirada por todos a causa de su gran generosidad en repartir limosnas, y por la pureza de su vida y sus largas y fervorosas oraciones, la gente decía que más parecía una religiosa que una reina.
La viudedad de esta noble mujer fue entristecida por crueles pruebas. Su hijo Clodomiro, yerno de Gundebaldo, guerreó contra su primo Segismundo, que había sucedido a Gundebaldo en el trono de Borgoña, le capturó, y le hizo dar muerte con su mujer e hijos en Coulmiers, cerca de Orléans. Según la épica popular de los francos fue incitado a esta guerra por Clotilde, que pensaba vengar en Segismundo el asesinato de sus padres; pero, como ya se ha visto, Clotilde no tenía nada que vengar, y, por el contrario, fue probablemente ella la que arregló la alianza entre Clodoveo y Gundebaldo. Aquí la leyenda está en desacuerdo con la verdad, difamando cruelmente la memoria de Clotilde, que tuvo el dolor de ver perecer a Clodomiro en su atroz guerra con los borgoñones; fue vencido y muerto en la batalla de Veseruntia (Vezeronce), en 524, por Godomaro, hermano de Segismundo. Clotilde tomó a su cuidado sus tres hijos de corta edad, Teodoaldo, Gunterio, y Clodoaldo. Childeberto y Clotario, sin embargo, que habían dividido entre ellos la herencia de su hermano mayor, no deseaban que vivieran los niños, a los que habrían de rendir cuentas más tarde. Mediante una astucia retiraron a los niños del cuidado vigilante de su madre y mataron a los dos mayores; el tercero escapó y entró en un monasterio, al que dio su nombre (Saint-Cloud, cerca de París).
El dolor de Clotilde fue tan grande que París se le hizo insoportable, y se retiró a Tours, junto a la tumba de San Martín, al que tenía gran devoción, donde pasó el resto de su vida en oración y dedicada a las buenas obras. Pero aún le esperaban pruebas allí. Durante 36 años Clotilde seguirá luchando por tratar de que sus hijos se comporten de la mejor manera posible, pero la ambición del poder los llevó a hacerse la guerra unos contra otros y dos de ellos y varios nietos de la santa murieron a espada en aquellas guerras civiles por la sucesión.
Terrible fue el caso de su hija, también llamda Clotilde, esposa de Amalarico, el rey visigodo, que era cruelmente maltratada por su marido, pidió ayuda a su hermano Childeberto. Éste fue a su rescate y derrotó a Amalarico en una batalla, en la que este último murió; Clotilde, sin embargo, murió en el viaje a su casa, exhausta por las privaciones que había soportado. Finalmente, como para coronar el largo martirio de Clotilde, sus dos únicos hijos supervivientes, Childeberto y Clotario, comenzaron una disputa, y emprendieron una seria guerra. Clotario, perseguido de cerca por Childeberto, al que se había unido Teodeberto, hijo de Teodorico I, se refugió en el bosque de Brottonne, en Normandía, donde temía ser exterminado él y su ejército por las fuerzas superiores de sus adversarios. Entonces, dice Gregorio de Tours, Clotilde se postró de rodillas ante la tumba de San Martín, y le suplicó con lágrimas durante toda la noche que no permitiera que otro fratricidio afligiera a la familia de Clodoveo. Repentinamente se suscitó una terrible tempestad y dispersó a los dos ejércitos que estaban a punto de empezar una lucha cuerpo a cuerpo; así, dice el cronista, respondió el santo a las oraciones de la afligida madre. Esta fue la última de las pruebas de Clotilde. Rica en virtudes y buenas obras, tras una viudedad de treinta y cuatro años, durante los cuales vivió más como una religiosa que como una reina, murió y fue enterrada en París, en la iglesia de los Apóstoles, junto a su marido e hijos.
ALBERTO ROYO MEJIA
El santo obispo lo cuenta así: "Gondebaudo asesinó a su hermano Chilperico haciendo tirar al agua a la mujer, con una piedra al cuello, y exilió a las dos hijas; la mayor, que tomó el velo, se llamaba Crona; la menor, Clotilde. Con ocasión de una de las numerosas embajadas enviadas por Clodoveo a los burgundios, sus enviados encontraron a la joven Clotilde. Informaron a Clodoveo de la gracia y de la sabiduría que habían constatado en ella y de los informes que habían recibido acerca de su origen regio. Sin tardar, la pidió en matrimonio a Gondebaudo. Este, considerando las consecuencias de una negativa, la remitió a los enviados que se apresuraron en llevarla ante Clodoveo. Al verla el rey quedó encantado y la desposó, a pesar de que una concubina le había dado ya un hijo, Thierry."
Clodoveo era pagano, Clotilde cristiana ferviente y muy convencida de la necesidad de la conversión de su marido. Cuando nace su primer hijo, Ingomer, la reina lo bautiza y éste muere. En la narración de San Gregorio, las súplicas que constantemente dirige ésta a su esposo, e incluso sus fracasos y dolores, contienen una bella argumentación sobre la superioridad del cristianismo, sobre el poder de Dios. Su esposo escucha, calla, vacila, quiere una prueba de la divinidad de ese Dios, una prueba de poder. Nace el siguiente hijo, Clodomir, que es bautizado y cae gravemente enfermo, "[Y] el rey, todavía excéptico dijo: "No le podía pasar sino lo que a su hermano, es decir, morir tan pronto como hubiese sido bautizado en el nombre de vuestro Cristo". "Pero -concluye San Gregorio" gracias a las oraciones de su madre, el niño se restableció bajo la orden del Señor y al rey se le terminan los argumentos para resistirse.
Luego viene la prueba personal de Clodoveo. En una batalla, que va perdiendo, decide invocar al "Dios de Clotilde", pues sus dioses no le han respondido. Gana la batalla contra los Alamanes, y entonces la reina llama a san Remigio, obispo de Reims, para que catequice a Clodoveo. El día de Navidad, entre el año 496 al 498, el rey de los francos se bautiza junto a tres mil de sus guerreros. Así se incorporan en conjunto al cristianismo, la religión de los galo-romanos. En el romántico relato de San Gregorio de Tours se ve que la conversión es principalmente religiosa. Pero sabemos que fue a la vez política, pues así obtuvo la ayuda de la Iglesia (la romanidad) y se unió a los galo-romanos, como un solo pueblo. Concluye Régine Pernoud: "Tanto para los eruditos más escrupulosos como para los cronistas más divulgadores, el bautismo de Clodoveo es el primer hito de nuestra historia, y su representación en la cúpula de la catedral de Reims ha atravesado los siglos. Ese bautismo es el logro de una mujer santa. Decisión esencial en la medida en que el conjunto del pueblo sobre el cual, gracias a sus sucesivas victorias, Clodoveo ejercerá gradualmente una supremacía tal vez más nominal que real, pero que le otorgará unidad por primera vez, es un pueblo cristiano. ... De manera que esta conversión tiene a la vez un carácter religioso y político."
Clodoveo murió en París en 511, y Clotilde le enterró en lo que era entonces el Mons Lucotetius, en la iglesia de los Apóstoles (después, de Santa Genoveva), que habían construido juntos para servirles como mausoleo, y que Clotilde se encargó de completar. San Gregorio de Tours dice que la reina Clotilde era admirada por todos a causa de su gran generosidad en repartir limosnas, y por la pureza de su vida y sus largas y fervorosas oraciones, la gente decía que más parecía una religiosa que una reina.
La viudedad de esta noble mujer fue entristecida por crueles pruebas. Su hijo Clodomiro, yerno de Gundebaldo, guerreó contra su primo Segismundo, que había sucedido a Gundebaldo en el trono de Borgoña, le capturó, y le hizo dar muerte con su mujer e hijos en Coulmiers, cerca de Orléans. Según la épica popular de los francos fue incitado a esta guerra por Clotilde, que pensaba vengar en Segismundo el asesinato de sus padres; pero, como ya se ha visto, Clotilde no tenía nada que vengar, y, por el contrario, fue probablemente ella la que arregló la alianza entre Clodoveo y Gundebaldo. Aquí la leyenda está en desacuerdo con la verdad, difamando cruelmente la memoria de Clotilde, que tuvo el dolor de ver perecer a Clodomiro en su atroz guerra con los borgoñones; fue vencido y muerto en la batalla de Veseruntia (Vezeronce), en 524, por Godomaro, hermano de Segismundo. Clotilde tomó a su cuidado sus tres hijos de corta edad, Teodoaldo, Gunterio, y Clodoaldo. Childeberto y Clotario, sin embargo, que habían dividido entre ellos la herencia de su hermano mayor, no deseaban que vivieran los niños, a los que habrían de rendir cuentas más tarde. Mediante una astucia retiraron a los niños del cuidado vigilante de su madre y mataron a los dos mayores; el tercero escapó y entró en un monasterio, al que dio su nombre (Saint-Cloud, cerca de París).
El dolor de Clotilde fue tan grande que París se le hizo insoportable, y se retiró a Tours, junto a la tumba de San Martín, al que tenía gran devoción, donde pasó el resto de su vida en oración y dedicada a las buenas obras. Pero aún le esperaban pruebas allí. Durante 36 años Clotilde seguirá luchando por tratar de que sus hijos se comporten de la mejor manera posible, pero la ambición del poder los llevó a hacerse la guerra unos contra otros y dos de ellos y varios nietos de la santa murieron a espada en aquellas guerras civiles por la sucesión.
Terrible fue el caso de su hija, también llamda Clotilde, esposa de Amalarico, el rey visigodo, que era cruelmente maltratada por su marido, pidió ayuda a su hermano Childeberto. Éste fue a su rescate y derrotó a Amalarico en una batalla, en la que este último murió; Clotilde, sin embargo, murió en el viaje a su casa, exhausta por las privaciones que había soportado. Finalmente, como para coronar el largo martirio de Clotilde, sus dos únicos hijos supervivientes, Childeberto y Clotario, comenzaron una disputa, y emprendieron una seria guerra. Clotario, perseguido de cerca por Childeberto, al que se había unido Teodeberto, hijo de Teodorico I, se refugió en el bosque de Brottonne, en Normandía, donde temía ser exterminado él y su ejército por las fuerzas superiores de sus adversarios. Entonces, dice Gregorio de Tours, Clotilde se postró de rodillas ante la tumba de San Martín, y le suplicó con lágrimas durante toda la noche que no permitiera que otro fratricidio afligiera a la familia de Clodoveo. Repentinamente se suscitó una terrible tempestad y dispersó a los dos ejércitos que estaban a punto de empezar una lucha cuerpo a cuerpo; así, dice el cronista, respondió el santo a las oraciones de la afligida madre. Esta fue la última de las pruebas de Clotilde. Rica en virtudes y buenas obras, tras una viudedad de treinta y cuatro años, durante los cuales vivió más como una religiosa que como una reina, murió y fue enterrada en París, en la iglesia de los Apóstoles, junto a su marido e hijos.
ALBERTO ROYO MEJIA

