domingo, 1 de febrero de 2009

LA IGLESIA CELEBRA LOS 80 AÑOS DE LOS PACTOS LATERANENSES



A LAS BUENAS ARTES DE PÍO XI LA IGLESIA DEBE SU ACTUAL PERSONALIDAD JURÍDICA A NIVEL INTERNACIONAL


Aunque nunca tuvo fama de santo (cosa que sí sucedió con todos sus sucesores en el siglo XX), Pío XI fue sin duda un gran gobernante de la Iglesia, el que se necesitaba precisamente en aquellos momentos tan delicados como los que le tocó vivir. Cardenal no incluido entre los papables y elegido después de 14 votaciones (que impacientaron grandemente a los romanos, que esperaban fumata tras fumata en Plaza San Pedro), en las cuales se repetían nombres tan afamados como el de Merry del Val, La Fontaine y Gasparri, la opción de Achille Ratti fue un compromiso entre las fuerzas más conservadoras y las avanzadas de entre los cardenales. Pero curiosamente en este Papa “de compromiso” se manifestó la providencia divina pues fue el hombre perfecto para conseguir lo que en aquel momento la Iglesia necesitaba: sus dotes diplomáticas y su astucia consiguieron en pocos años las importantes metas de acabar con el “cautiverio” papal, firmar un concordato con el estado italiano, dar un status moderno a la Iglesia en el nuevo ámbito internacional y después, con absoluta libertad de espíritu, condenar enérgicamente y con la misma contundencia los tres peligros que se cernían sobre la humanidad: el nazismo, el fascismo y el comunismo.

Como es bien sabido, los problemas entre Italia y el Papado venían de tiempos de Pío IX, que los afrontó con una visión y resultados muy distintos de lo que años después haría Pío XI: En marzo de 1861, cuando el primer parlamento italiano se reunió en Turín, se declaró a Roma la capital del Reino de Italia, pero la ciudad y el área circundante del Lacio, al igual que Venecia, no habían sido conquistados, sino que estaban gobernados por el papa y protegidos por una guarnición francesa enviada allí por Napoleón III. En 1865 la sede del gobierno se trasladó de Turín a Florencia. En julio de 1870 comenzó la guerra franco-prusiana. A principios de Agosto Napoleón III llamó para la guerra a la guarnición que defendía de un posible ataque italiano a los estados Pontificios. Numerosas manifestaciones públicas demandaban que el gobierno italiano tomara Roma. El gobierno italiano no inició ninguna acción bélica directa hasta el derrumbamiento del Segundo Imperio Francés en la batalla de Sedán. Victor Manuel II le envió una carta a Pío IX, en la que le pedía guardar las apariencias dejando entrar pacíficamente al ejército italiano en Roma, a cambio de ofrecer protección al papa. Pero esté se negó rotundamente.

El ejército italiano, dirigido por el general Raffaele Cadorna, cruzó la frontera papal el 11 de septiembre y avanzó lentamente hacia Roma, esperando que la entrada pacífica pudiera ser negociada. Sin embargo. el ejército italiano alcanzó la Muralla aureliana el 19 de septiembre y sitió Roma. Pio IX, para bien o para mal, siguió siendo intransigente y forzó a sus Zuavos a oponer una resistencia simbólica. El 20 de septiembre después de 3 horas de bombardeos, el ejército italiano consiguió abrir una brecha en la Muralla Aureliana. Bersaglieri marchó por la vía Pía, después llamada vía del XX de septiembre. 49 soldados italianos y 19 Zuavos murieron en combate, y tras un plebiscito, Roma y el Lacio se unieron a Italia. El papa Pío IX se declaró prisionero en el Vaticano cuando el reino papal en Roma acabó a la fuerza, los Estados Papales se unieron al resto de Italia para formar el nuevo Reino de Italia unificado bajo el rey Víctor Manuel II y la ciudad se convirtió en la capital.

Fueron casi 60 años de lo que se ha llamado "claustrofóbico limbo jurídico". Desde 1870 hasta 1929, cinco papas vivieron este extraño cautiverio voluntario, sin salir jamás de los confines de San Pedro durante esos 60 años de desencuentro con el país nacido de la liquidación de los antiguos Estados Pontificios, hasta que Benito Mussolini, deseoso de zanjar la “cuestión romana”, tendió la mano al papado con los pactos de Letrán. Pío XI, en vez de continuar la política aislacionista de sus predecesores, aprovechó la oportunidad para cambiar la situación de la Iglesia, no sólo en su relación con Italia, sino también a nivel internacional. Dicen los historiadores que Mussolini quiso aprovecharse de la Iglesia para sus fines políticos, pero que por gracias a las buenas artes de Pío XI fue le Iglesia la que salió con mucho aventajada.

Durante todos aquellos años los papas nunca salían del Vaticano y los católicos italianos no podían intervenir en la vida pública, sólo un grupo de nobles de la llamada “aristocracia negra” se mantenía fiel al Papa como soberano con poder temporal además de espiritual. Y así, intramuros, transcurrieron cinco pontificados y llegó el siglo XX: tras Pío IX (beatificado por Juan Pablo II), llegaron León XIII, Pío X (canonizado en 1954), Benedicto XV y Pío XI. Mientras, Mussolini había marchado sobre Roma y logrado que Víctor Manuel III, nieto del monarca de la unificación, avalara la creación de un Estado fascista.

A pesar de ser anticlerical porque venía del socialismo, Mussolini comprendió que había que resolver el problema, y que el fascismo saldría ganando. Así logró el consenso de los católicos de Italia, pero también una mejor actitud hacia el fascismo a nivel internacional. La Iglesia, por su parte, consiguió salir de su situación forzada y dar un impulso y respaldo internacional a sus apostolados que de otro modo no hubiera conseguido. Los pactos fueron firmados por el Duce y el famosos cardenal Pietro Gasparri el 11 de febrero de 1929 en el palacio de San Juan de Letrán, anexo a la basílica. Conseguir firmarlos costó dos años y medio de negociaciones, en las que se llegó a ofrecer al Pontífice una salida al mar, cosa que rechazó. Había cambiado la mentalidad. En 1870 el Papa era un monarca destronado, pero en 1929 la Iglesia católica ya veía que lo conveniente era un Estado simbólico y con poco territorio.

Los pactos de Letrán son, en realidad, dos textos: un tratado que crea el Estado de la Ciudad del Vaticano y garantiza su inmunidad como país, y un concordato que regula el estatuto de la Iglesia católica en Italia. El tratado dio independencia al Vaticano, mientras que con el concordato la Iglesia logró un espacio de libertad dentro de un Estado con un régimen cada vez más totalitario. A través del concordato, el Papa acordó enviar a los candidatos para el obispado y el arzobispado al gobierno de Italia, requerir a los obispos que jurasen lealtad al Estado de Italia antes de tomar el cargo y prohibir al clero tomar parte en la política. Italia acordó acomodar las leyes sobre el matrimonio y el divorcio a las reglas de la Iglesia Católica Romana y declarar a los miembros del clero exentos de tomar parte en el servicio militar obligatorio. Estos pactos garantizaron a la Iglesia Católica Romana el estatus de iglesia oficial del estado de Italia, así como un poder sustancial en el sistema educativo italiano.

Los pactos no gustaron a todos los católicos, pues una parte de ellos, quizás con poca visión histórica veía en la llamada Conciliazione (reconciliación) un instrumento del fascismo. “Ahora están contentos los clericales-papistas y están contentos los fascistas; para Mussolini es un triunfo”, se lamentó Alcide de Gasperi, futuro primer ministro democristiano. Sin embargo, fue el mismo Pío XI quien demostró que era capaz de denunciar al fascismo con contundencia (“Non abbiamo bisogno”) cuando éste empezó a manifestar a las claras su maldad, lo mismo que hizo después con el nazismo y el comunismo, y no condenó más todavía porque le muerte le sorprendió de improviso (en otro artículo hemos tratado las controversias acerca de la muerte de este pontífice) en 1939. Sólo la muerte pudo callarle, pues en vida nadie podía hacer callar a Pío XI, y lo demostró, ahora con la nueva autoridad a nivel mundial que le habían dado los Pactos Lateranenses, pues con aquella firma en Letrán había surgido el Vaticano como ente jurídico internacional, con el Papa como jefe de Estado con plenos poderes ejecutivo, legislativo y judicial, soberano de un país pequeño pero con un inmenso influjo espiritual.

ALBERTO ROYO MEJÍA