FRAY JUAN DE ZUMÁRRAGA (1ª parte):
PRIMER OBISPO DE MÉXICO Y PROTECTOR DE LOS INDIOS
PRIMER OBISPO DE MÉXICO Y PROTECTOR DE LOS INDIOS
Fray Juan de Zumárraga nació en Durango (Vizcaya, España) en 1475/76, y murió en México en 1548, después de años de apostolado y tribulaciones en aquel hermoso pais. Ingresó en la Orden franciscana, y, siendo guardián del convento del Abrojo (Valladolid), conoció a Carlos I en 1527: El emperador había asistido a ejercicios espirituales en el monasterio y al final de los mismos dispuso una comida con abundancia de viandas que Fray Juan repartió entre los pobres, detalle que impresionó muy gratamente al monarca, quien le envió de inquisidor al país vasco para unos procesos de brujería, con Fray Andrés de Olmos, que luego le acompañó a México.
Fiel a su natural humanismo propio de buen vasco, fue incansable protector de los naturales, de modo especial contra los abusos de los primeros oidores con quienes sostuvo frecuentes escaramuzas -se sabe que en algunas ocasiones los frailes llegaron a las manos con los soldados- hasta lograr su reemplazo por otros más justos. Se preocupó por la educación de los indios y fundó varias escuelas para ellos como la de Santa Cruz de Tlaltelolco para las hijas de los nobles aztecas y la de San Juan de Letrán, para cuya construcción contribuyó con fondos de su propio peculio.
Para atender a las crecientes necesidades religiosas de Nueva España se fundó el obispado de la capital (ya existía desde 1519, en teoría, el de Santa María de los Remedios de Yucatán, establecido en 1526 en Tlaxcala y después en la Puebla de los Angeles). Presentó Carlos I para el nuevo obispado a Zumárraga (diciembre 1527), quien aceptó tras resistirlo; siendo también nombrado “Protector de los indios”, cargo que, en su sustancia, llevaba ya ejerciendo desde que llegó a Mexico. Sin consagrarse partió a su sede, adonde llegó a fines de 1528. Cortés estaba entonces en España. Llegó con la primera Audiencia, presidida por Nuño de Guzmán, cuyo régimen fue el colmo del desorden, la tiranía, abusos de todo género, concusiones, robos y crímenes.
Los primeros tiempos de la prelacía de Zumárraga fueron amargos para él y duros de sobrellevar, pues estuvo en conflicto casi permanente con los tiranos de la Audiencia, que contaban con la autoridad legal, la fuerza y el apoyo de los dominios, en tanto que Zumárraga, aunque apoyado por su Orden, no era más que obispo electo, y la vaguedad de su cargo de protector le impedía actuar con eficacia en favor de los oprimidos indios. Abundaron los incidentes, por la violencia de los oidores y la resistencia de Zumárraga, que, sin embargo, procuró no extremar la severidad. En especial, Delgado o Delgadillo, como le decían, resultó ser un verdadero tirano, cruel y asesino, que dio a Fray Juan muchos dolores de cabeza, al grado de amenazarle con ahorcarle, como lo había hecho el alcalde de Zamora, Ronquillo, con el obispo de ese lugar, Antonio de Ocaña, por favorecer la guerra de las comunidades. En 1529, burlando la vigilancia de la Audiencia, el religioso logró enviar a España una dura requisitoria.Ante la noticia del regreso de Cortés, triunfante en la corte, de quien eran enemigos acérrimos los oidores, se ausentó Guzmán a Nueva Galicia; pero los otros continuaron sus abusos hasta la llegada de la segunda Audiencia (1531), presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, que había de ser totalmente contraria a la primera, por su virtud y rectitud. En 1530 había tenido Zumárraga un choque más fuerte con la primera, a consecuencia del cual puso en entredicho a México y excomulgó a los oidores, que no se sometieron, sin embargo. En 1532 una junta de autoridades superiores convocada por Fuenleal, a que asistió Zumárraga, acordó poner en vigor las medidas favorables a los indios y las relativas a su conversión. Zumárraga por su tenaz celo frente a la primera Audiencia, sufrió, no obstante, una reprensión del Gobierno español, que sufrió humildemente, disponiéndose que obedeciera a la Audiencia y no suscitara conflictos, y recibió orden de comparecer en la Península, donde el ex oidor Delgadillo intentó acusarle. Su tarea había sido muy difícil: establecer una nueva Iglesia a base de dos razas distintas en todo; proteger y convertir a la una y contener a la otra; evitar la rivalidad entre las órdenes religiosas; formar un clero secular y no tropezar con el poder civil, lo que no pudo conseguir y no por culpa suya, dimanando su actitud y persecuciones de su celo y del afán de proteger a los indios, y de poner un freno a los abusos, con lo que evitó rebeliones de aquéllos o de los españoles.
Fue a causa de tales calumnias e intrigas que cuando llegaron a la Nueva España los procuradores recién nombrados le entregaron una Cédula Real de fecha 28 de enero de 1531 en la que se le ordenaba “dejar todo y presentarse en la Corte”. En 1532 salió a España y fue en este viaje cuando se consagró obispo en Valladolid luego de informar personalmente a los monarcas sobre lo que sucedía en México. En este viaje llevó consigo a un hijo y a un sobrino del emperador Moctezuma, y a un hijo del gobernador de México.
Como obispo consagrado, publicó una exhortación para que acudieran misioneros a México y pidió al Consejo el envío de religiosos, sin conseguir ninguno; en cambio, llevó a su regreso (1534), en tres buques, familias de artesanos y maestras para las niñas indias. Consiguió la confirmación de la cédula de 1530 que prohibía terminantemente toda esclavitud de los indios y medidas para la moderación de sus tributos. Siendo inútil el cargo de protector, por la rectitud de la segunda Audiencia y carencia de contenido definido, se suprimió, pasando a ésta (1534).
En adelante, en paz con el poder civil, se consagró Zumárraga íntegramente a su labor apostólica, paralela a la gubernamental efectuada por el primer virrey Antonio de Mendoza (1535-1550). Los biógrafos más confiables de Fray Juan de Zumárraga coinciden todos en que llevó siempre una vida ejemplar, fue austero y muy religioso, pobre y humilde, propagador incansable del Evangelio y caritativo sin límite. Descendía de una familia de noble alcurnia, aparte de la que por derecho le correspondía como vasco, según el Padre Deza, cronista de la Orden Franciscana, quien agrega que “la nobleza es tan propia a los vascos como a la nieve la blancura”.
Por iniciativa suya se introdujo la imprenta, trayendo al impresor Juan Cromberger, que se estrenó en 1539 con la Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana. En 1544 publicó Zumárraga como suya la Doctrina breve, muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica..., que luego fue prohibida temporalmente, porque, no obstante su ortodoxia, era, en realidad, una plagio de la Summa de doctrina christiana del protestante Constantino Ponce de la Fuente, no conocido entonces todavía por tal. Publicó otra Doctrina cristiana (1545), Regla christiana (1547), e hizo publicar catecismos en nahua para los indios.
Fundó el hospital del Amor de Dios y promovió entusiastamente la creación de la Real y Pontificia Universidad de México, lo que al fin ocurrió por real cédula de 1551, ejecutada en 1553. En este mismo año, Zumárraga inició sus gestiones para introducir la imprenta en la Nueva España y para 1538, ya durante el gobierno del primer virrey, Antonio de Mendoza, quien llegó en octubre de 1535, había conseguido impresor, prensa y molino de papel; esta fue la primera imprenta en América, que para el año siguiente ya estaba trabajando bajo la dirección de Juan Pablos, quien estableció en la ciudad de México una sucursal de la imprenta que en Sevilla tenía el impresor Juan Cromberger.
Por ese mismo tiempo, Zumárraga importó bestias de carga, sobre todo burros y mulas además de ganado vacuno, ovinos, caprinos, cerdos, aves de corral, excepto pavos, que eran oriundos del país, y de otras especies y accesorios agrícolas en cantidades suficientes para liberar a los indígenas de la esclavitud de transportar sobre sus espaldas esa carga y también para su empleo en faenas del campo, que entonces se practicaban de manera totalmente rudimentaria. Junto con esos equipos importó gran variedad de semillas hasta entonces desconocidas por los naturales, con las que éstos mejoraron su dieta, su economía y hasta sus costumbres, así como frutas, cereales, forrajes y muchos otros elementos de progreso, fomentó las artesanías y trajo en tres navíos muchos artesanos casados, con sus respectivas familias, para que enseñaran a los indios, y también varias beatas –no monjas- que enseñaron trabajos y artes manuales a las niñas indígenas. Además enseñó y fomentó el arte formal entre los naturales y les instruyó en diversos oficios. Por otra parte, dado que la costa del Pacífico estaba en auge desde los viajes de Legazpi y Urdaneta y las correrías de los Oñate y los Ibarra y se iniciaba la fabricación de navíos, dispuso que en diversos puntos de la misma se sembrasen lino y cáñamo, materiales necesarios para los barcos, así como también la seda.
En el aspecto de asistencia social fundó en la ciudad de México un asilo-hospital para enfermedades contagiosas en el que se atendía a los enfermos rechazados por el Hospital General y otro en el puerto de Veracruz, por cuyo clima malsano se le conocía como “sepultura de vivos”; el paludismo, malaria o fiebre amarilla era endémico de este lugar así como la peste bubónica y otros males terribles. También fundó una hospedería en su natal Durango, con sus propios recursos y con limosnas colectadas entre los vascos de la Nueva España, para albergar a frailes y a pobres. En su obra Colonizadores de la Epopeya Americana, editada por Ekin en 1966, Xamurre consigna que “También fundó una hospedería en su natal Durango, con sus propios recursos y con limosnas colectadas entre vascos de la Nueva España, para albergar a frailes y a pobres y dejó a esta hospedería una parte de sus libros, algunos de los cuales todavía conservan las religiosas de San Antonio (Durango) como preciado recuerdo. Hay que advertir que los pocos ejemplares de sus primeros libros, alcanzan hoy precios fabulosos”.
Problema que nunca pudo resolver Zumárraga fue el de la creación del clero secular en su diócesis, pues tenía que apoyarse necesariamente en las órdenes religiosas, dotadas de un celo excepcional para la conversión, pero muy exentas de su autoridad por los enormes privilegios que les había concedido Adriano VI en la bula llamada Omnimoda (1521), confirmada por Paulo III (1535), que les traspasaba casi íntegra la autoridad apostólica para facilitar la labor evangélica, privilegios e independencia a que no querían renunciar. En 1537 se había verificado otra junta, de la que salió una carta a Carlos V, en que le pedían ayuda para reducir a los indios a vivir en pueblos y evitar su dispersión; el envío de clérigos virtuosos y de frailes, pero disminuyendo sus privilegios; mayor autoridad episcopal; construcción de la catedral; fomento de la colonización blanca, y enseñanza de artes y oficios a los indios, peticiones que atendió Carlos en su mayoría. En la junta de 1539 se acordó permitir la colación de órdenes menores a indios aventajados, pero siguió por entonces su rigurosa exclusión del sacerdocio y aún del monacato. La Iglesia mejicana era pobre, y de los diezmos estaban exentos los indios, apoyados en esto por los frailes; Zumárraga se esforzó en extenderlos discretamente.
Se ha acusado a Zumárraga de vandalismo y de haber hecho destruir los monumentos y documentos de la antigua cultura mejicana, en especial los archivos reales de Texcoco, y esta mala fama pesa sobre él, a partir del padre Torquemada (1615), y el historiador indio Ixtlilxochitl (siglo XVII), enconada por autores modernos que le atribuyen gigantescos autos de fe de bibliotecas aztecas; le ha vindicado J. García Icazbalceta, demostrando que los archivos de Texcoco fueron destruidos por los tlaxcaltecas al tomar con Cortés la ciudad, en 1520; que la destrucción de templos e ídolos fue llevada siempre con empeño por los religiosos y conquistadores e impulsada por orden de Carlos V (1538), para acabar con la idolatría, en lo que participó, más o menos, Zumárraga, movido por su celo, y que no hay pruebas de un sistemático vandalismo en él contra los manuscritos, muchos ya víctimas de lo dicho y de las guerras.
En 1544, con hostil ambiente, llegó el visitador e inquisidor Francisco Tello de Sandoval, para poner en ejecución las Nuevas Leyes de 1542, que suprimían las encomiendas hereditarias y se anulaban en lo sucesivo y se quitaban a las corporaciones, funcionarios y a otros muchos. El descontento entre los pobladores españoles fue enorme, y, asesorado por Mendoza y Zumárraga, acordó Sandoval suspenderlas en parte, en tanto se hacían gestiones en la corte; ante los inconvenientes que se oponían a la plena libertad de los indios, accedió Carlos V, en 1546, a que fueran hereditarias las encomiendas y a que se hiciera un repartimiento general, no llevado a cabo por órdenes reservadas. Convocó Sandoval otra junta de prelados, jefes de órdenes y varones piadosos (1546), a la que asistió Las Casas, a la sazón obispo de Chiapas, quien impuso su parecer de reconocer a los reyes y señores indígenas su pleno derecho a su soberanía, aunque fueran paganos, la injusticia de toda guerra hecha a los indios, la evangelización como única justificación de los reyes españoles para la acción americana, pero sin derecho a conquista y con todas las obligaciones inherentes a la conversión; hubo de tolerar el virrey otra junta privada de Las Casas, sin los obispos, en que condenó la esclavitud y el servicio personal de los indios. Las conclusiones fueron teóricas e ineficaces, pues equivalían a condenar la conquista, a anular la colonización española y a exponer un ideal de reinos indígenas independientes regidos por los misioneros. Lo único eficaz fue el encargo hecho a Zumárraga de la redacción de un catecismo para los indios, al que se dedicó activamente, a pesar de su edad.
En 1546, Paulo III elevó a metropolitana la sede de México y nombró a Zumárraga por su primer arzobispo (8 de julio de 1548), bula que no le llegó ya, aunque la humildad le había hecho vacilar en aceptar el nuevo cargo, pues murió el 3 de junio de 1548 a consecuencia de una uremia. El primer prelado de México fue un pastor ejemplar por su celo, su ardiente amor a los indios, sus esfuerzos por la propagación de la fe entre ellos, su caridad, manifestada durante la terrible epidemia de 1545, su afán por el bienestar del país, el aumento de la inmigración, la introducción de nuevos cultivos, la difusión de la seda y la traída de artesanos, habiendo demostrado superiores dotes de estadista, a pesar de su formación claustral. Es una de las figuras más eminentes de la historia mejicana.
Para un próximo artículo dejamos todo lo referente a este eximio prelado y las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac, tema hermoso que requiere un trato especial.

