sábado 27 de junio de 2009

LOS PILARES DE LA EUROPA CRISTIANA (VII)





LOS SANTOS MONJES WILIBRORDO, PIRMINIO Y ANSCARIO, EVANGELIZADORES INCANSABLES DEL NORTE DE EUROPA

Después de haber tratado la figura del gran San Bonifacio, toca el truno a otros tres a los que debemos en gran parte la evangelización del norte de Europa. Poco conocidos en ambientes hispanos, más que nada por la lejanía de aquellas tierras y por los muchos santos que tenemos en nuestro ámbito cultural, son sin embargo muy conocidos en el norte de Europa, donde se les venera como padres de la fe de aquellos pueblos. Sus vidas santas, de las que a veces conocemos bien poco, son apasionantes y sin duda explican la cristianización de territorios tan remotos.

San Wilibrordo, "apóstol de los Países Bajos"

La epopeya misional de los monjes anglosajones en el continente empezó a fines del siglo VII. Sorprendentemente, partió desde Irlanda. Su primera gran figura fue Wilibrordo (+739), monje de Ripon (en la foto, a la derecha) y discípulo de Wilfredo, uno de los primeros monjes benedictinos que pisaron Inglaterra. En el año 690, Wilibrordo se embarcó al frente de once compañeros con el propósito de predicar el Evangelio en Frisia, aprovechando la ocasión de que el rey Radbodo había sido vencido por Pipino II y toda la Frisia meridional estaba sojuzgada por los francos. Esta coyuntu¬ra hacia posible la realización de los sueños misioneros de Egberto, noble northumbriano que había hecho voto de vivir en tierra extraña y regía como abad el monasterio irlandés de Rath¬melsigi, donde residía Wilibrordo desde hacía doce años. Wilfrido, que se enorgullecía de haber introducido la Regla de san Benito en Inglaterra, había predicado la fe cristiana a los frisones durante su destierro; esto explica el interés del abad Egberto por la evangelización de Frisia.

Pueblo orgulloso, guerrero y fiero, apegado visceralmente a sus viejas tradiciones religiosas y extremadamente celoso de sus libertades, los frisones no se dejaban convencer fácilmente. Otros habían fracasado ante su comprensible obstinación. Los misioneros tenían forzosamente que recurrir a la protección de los francos, y el pueblo frisón los consideraba como aliados de sus opresores. También necesitó Wilibrordo la aprobación de la Santa Sede; la pidió y la obtuvo sin dificultad. Más aún, Sergio I le confirió personalmente la ordenación episcopal en 695 y le concedió el palio en señal de comunión.

Después de superar grandes dificultades, fijó su sede en el ruinoso castrum romano de Utrecht, que le había regalado Pipino de Heristal. Desde el año 696 hasta el 717 permaneció casi constantemente en la Frisia ocupada por los francos. Erigió la catedral de Utrecht, restauró la iglesia de San Martín -resto de anteriores evangelizaciones-, creó una escuela para la formación del clero. Fue en estas tierras que el discípulo, san Wilibrordo ejerció su fecundo apostolado. En todo el país sometido a los francos fueron levantándose iglesias y monasterios. Ninguno de ellos pudo compararse al de Echternach (en la foto, a la izquierda), situado a trescientos kilómetros al Sur, en el actual Gran Ducado de Luxemburgo. ¡Qué son trescientos kilómetros para un peregrino de buena raza! Wilibrordo lo concibió como un lugar de descanso para los misioneros, pero también como un refugio donde replegarse si las cosas se ponían feas para la misión. Cada dos años solía pasar en él una temporada de sosiego y recogimiento.

En diciembre de 714, murió Pipino de Heristal. No tardó en estallar en Frisia una reacción político-religiosa de extrema violencia. Se destruyeron iglesias cristianas, reaparecieron los templos paganos, se expulsó a los misioneros. Wilibrordo tuvo que abandonar el país. Sin embargo, en 718, tras las victorias de Carlos Martel, Wilibrordo y sus colaboradores pudieron reanudar sus tareas.

Fue entonces cuando trabajó con ellos durante algún tiempo un tal Winfrido, el que iba a ser el célebre san Bonifacio (al cual ya hemos dedicado un artículo). Wilibrordo murió, probablemente en el monasterio de Echternach, el 7 de noviembre del 739. Había logrado convertir al cristianismo toda la Frisia sometida al poder franco. Más no pudo, ni apenas lo intentó. Como buen anglosajón, era realista, prudente, paciente, tenaz y hábil. Sus ansias apostólicas nunca rebasaron los límites de lo que se presentaba como factible. Intentó, es cierto, evangelizar la Frisia del Norte e incluso viajó a Dinamarca con el mismo propósito; pero comprendió enseguida que tales empresas eran prematuras, y por tanto imposibles, y desistió sin malgastar tiempo y energías. Era un monje misionero, no un aventurero irresponsable. Iba a lo positivo, a lo seguro. Por eso la misión de Frisia no tuvo nada de espectacular. Su única preocupación fue la consolidación de su obra. No quería bautizos en masa. Cada uno de los catecúmenos debía someterse a una catequesis individual antes de ser recibido en el seno de la Iglesia. El celo apostólico que ciertamente le animaba, no ofuscó nunca su sano realismo. La fundación de Echternach tiene mucho que ver con esta faceta relevante de su carácter. Cuando surgió la violenta reacción pagana a la muerte de Pipino de Heristal, clérigos y monjes pudieron apreciar con cuánta prudencia y previsión había obrado su arzobispo al prepararles un refugio tan seguro.

San Pirminio, "apóstol de los alamanes"

Wilibrordo murió en el 739 y Bonifacio en el 754. El 753 falleció otro personaje distinguido en el área de la expansión monástica y misionera. Un personaje enigmático y controvertido. Su nombre latino era Pirminius o Pirmenius; los alemanes y franceses le llaman Pirmin; los italianos dudan entre Pirmino y Pirminio; los españoles, entre Pirminio, Pirmino e incluso Fermín. Las fuentes hagiográficas del siglo IX que pretenden informarnos sobre su vida y milagros carecen de valor histórico y, en vez de ilustrarnos, nos embrollan. Apenas existen documentos auténticos que arrojen alguna luz. Lo que sabemos con seguridad acerca de su actuación y su persona se reduce a unos pocos datos.

El erudito benedictino español, Fray Justo Pérez de Úrbel no dudó en escribir que el monasterio de Reichenau "fue un centro de influencia española en la orilla del Rin, creado por un grupo numeroso de monjes, procedentes del reino de Toledo. Los capitaneaba san Pirminio, un obispo de los que, según san Fructuoso, vivían bajo la Regla. Pirminio llega a Luxemburgo hacia el año 720, aprende la lengua del país, y fuerte con la aprobación de Gregorio II, penetra en Suiza, Baviera y Alsacia, catequizando a los pueblos y fundando abadías que, como Reichenau y Murbach, fueron focos de cultura durante muchos siglos".

Según el profesor Arnold Angenedt, el mejor especialista de san Pirminio, se desconoce su patria; que procediera del Norte de España o de la Aquitania occidental es una mera suposición que no se mantiene; lo mismo debe decirse de su pretendido origen irlandés, inglés o danés que otros autores le atribuyen. Pirminio irrumpe en la historia monástica como un nuevo Melquisedec: sine patre, sine matre, sine genealogia. Tampoco se saben las fechas de su nacimiento ni de su muerte. Ni siquiera es seguro que le pertenezca el librito de devoción que se le atribuye, titulado: Liber de singulis canonicis scarapsus.

Lo único que sabemos con la certidumbre propia de la historia es lo siguiente: en la primera mitad del siglo VII, Pirminio, abad y obispo, "peregrinaba" por la antigua Alamania y Alsacia; en 724, fundó un monasterio en una isleta del lago de Constanza, llamada Reichenau; en 728, dio por terminada la fundación del monasterio de Murbach, en Alsacia; tal vez antes de 744, fundó otro monasterio, el de Hornbach, en el Palatinado. Su carácter episcopal es cierto, pero se ignora cuál fue su diócesis; posiblemente no tuvo ninguna.

Pirminio y sus monjes se llaman a sí mismos monachi peregrini. A imitación de Abrahán han dejado la propia patria, para seguir a Cristo con toda libertad. Pero no debemos suponer que fueran vagando de un lugar a otro por el único placer de vagar. Vivían en cenobios situados en el extranjero; esto significaba para ellos "peregrinar". Y, además, sus monasterios estaban ubicados en lugares de difícil acceso. Reichenau era una isla; Murbach se levantaba en el "desierto" de los Vosgos; Hornbach estaba cercado por dos ríos. Pirminio y los suyos escogían lugares solitarios y poco accesibles para sus monasterios. Sabemos todo esto por un documento del año 728: un privilegio de exención otorgado por Eidegern, obispo de Estrasburgo, al monasterio de Murbach, con ocasión de un sínodo diocesano celebrado en la fiesta de la Ascensión. En dicho documento Pirminio se caracteriza a sí mismo y a los monjes que le siguen como una comunidad que vive enteramente al estilo de la Iglesia primitiva, según nos la dan a conocer los Hechos de los apóstoles (4,32).

Pirminio colaboró, en sus fundaciones, con la nobleza que regía la vida política. Obtuvo de Carlos Martel la donación de la isleta de Reichenau. Fundó en Alsacia el monasterio de Murbach por encargo del conde Eberardo. Consintió que el de Hornbach figurara entre las propiedades familiares de los Widonen. Aceptó -de grado o por fuerza- la mentalidad de su época, que consideraba al soberano como lugarteniente de Dios (vicarius Dei) y a la nobleza aristocrática como legitimada por la Providencia.

El Scarapsus, llamado también Dicta Pirminii, que se le atribuye, es un catecismo compuesto para uso de misioneros. En la primera parte, resume la historia de la salvación, desde la creación del universo hasta el mandato de Cristo de anunciar el Evangelio; en la segunda, explica el bautismo, la eucaristía, la penitencia. Sus fuentes principales son, además de la Escritura, san Agustín, san Cesáreo de Arlés y san Martín de Braga.
Pirminio pasa por ser, si no el evangelizador, sí el más destacado de los evangelizadores de Alsacia, Suiza y Baviera. Se le atribuye el título honorífico de "apóstol de los alamanes". Su obra realmente duradera fueron los monasterios que fundó, que a su vez engendraron otras comunidades monásticas. A través de Reichenau y Murbach, principalmente, representó la obra de Pirminio un papel de primer orden en la historia de la Edad Media europea, influyó poderosamente en la cultura y en el desarrollo de la Iglesia.

San Anscario, "apóstol del Norte"

Se admiran a menudo los historiadores de las misiones de la lentitud con que Europa fue cristianizada. Cierto que los discípulos de san Bonifacio continuaron su obra. Los misioneros de Utrecht coronaron la conversión de Frisia. Los sajones rechazaban la predicación del Evangelio por un motivo comprensible: Cristo era el Dios de los francos, y los francos, sus enemigos mortales que quisieron imponerles la fe a base de atrocidades; veían claro los sajones que abrazar el cristianismo era renunciar a la independencia, a la libertad, lo que no harían jamás. Carlomagno, sin pretenderlo, les dio la razón. Los misioneros penetraron en Sajonia y en otros pueblos bárbaros, siguiendo el camino que les abría la espada de los francos; en la conversión al cristianismo de aquellos guerreros indómitos veía Carlomagno un medio de apaciguarlos y sojuzgarlos. Los misioneros protestaron indignados contra las supuestas conversiones logradas por la fuerza de las armas. Pronto se mostró que tales conversiones no eran sinceras. En el siglo IX se nota una gran disminución de la actividad misionera.

El norte de Europa seguía siendo un conjunto de países sumidos en las sombras del paganismo, sin que a nadie le importara. La Iglesia anglosajona parecía exhausta tras su gran esfuerzo misionero y por los continuos ataques de los vikingos. Los pequeños reinos del norte de España harto tenían que hacer por no dejarse sumergir por la marea mahometana. El papado estaba atravesando una de sus crisis más largas y agudas. Con razón se admiraba E. de Moreau de la "falta de celo por el apostolado entre los paganos de la Iglesia franca", la que por su situación geográfica y los medios de que disponía parecía llamada a realizar tal empresa. ¿Por qué se mostró tan indiferente? Acaso los aristocráticos obispos, los señores abades, los clérigos y los monjes se hallaran demasiado bien instalados en sus prebendas para pensar en empresas esforzadas. ¿O fue, tal vez, que los abades y monjes habían comprendido finalmente que evangelizar a los bárbaros les estaba vedado por su profesión?

Lo cierto es que san Remberto se siente obligado a prevenir las objeciones que acaso formularían algunos contra san Anscario, diciendo que no debe atribuirse a "ligereza de espíritu el hecho de que este hombre de Dios, movido por la compunción y el amor al exilio, haya asumido el ministerio para la salvación de las almas". Este texto de Remberto, discípulo, admirador y sucesor de Anscario en la sede arzobispal de Hamburgo-Brema, se lee en la Vita Anskarii, obra objetiva y profunda, de gran valor histórico y espiritual, que dedicó a su memoria. Otros pasajes de la misma obra reflejan un clima adverso o por lo menos poco propicio a los trabajos apostólicos, a las "aventuras misioneras" entre los temibles y temidos vikingos, y el desamparo en que sus hermanos de religión abandonaron a Anscario en momentos críticos de su obra.

Nació en la Francia septentrional, en 801. Educado en la famosa y poderosa abadía de Corbie desde los cinco años de edad, abrazó la vida monástica en 814. Cuatro años más tarde fue nombrado, junto con otro religioso, director de la escuela abacial, aunque, como reconocerá él mismo muchos años más tarde, no había sido un modelo de estudiantes ni tampoco de monjes fervorosos. El pensamiento de su madre y la muerte de Carlomagno produjeron una especie de conversión en el joven monje. No tardó en presentarse la oportunidad de demostrar sus nuevas disposiciones. En 822, la abadía de Corbie fundaba en Sajonia el monasterio de Corvey. Anscario se unió al grupo que; guiado por el abad Adalardo, se dirigió a una tierra extraña, desconocida y acaso hostil, para llevar a cabo la fundación. En el nuevo monasterio, con toda probabilidad, fue encargado de la enseñanza de los más jóvenes, como en su casa madre.

En 826, su vida experimentó un cambio radical. Haraldo Klak, pretendiente del trono de Dinamarca, se había convertido al cristianismo. El emperador Ludovico Pío no permitió que regresara a su país sin la compañía de un "hombre santo y devoto, que fuera para él un maestro en la ciencia de la salvación". Lo consultó el emperador con los grandes y prelados. "Todos estuvieron de acuerdo en confesar que no conocían a nadie dispuesto a aceptar, por el nombre de Cristo, destierro tan peligroso". Todos menos Wala, abad de Corvey, que se acordó de un monje de su comunidad que "deseaba padecer grandes sufrimientos por el nombre de Dios"; prudentemente añadió el abad que ignoraba "si sería voluntario para padecer tal exilio". Wala habló con Anscario. Y contra el parecer de muchos, que procuraron disuadirle, Anscario aceptó el encargo y se mantuvo inquebrantable en su decisión. Sentía la vocación misionera. A los que le reprochaban el hecho de "abandonar su patria, a sus parientes y el dulce amor de los religiosos en cuya compañía había sido educado", para dirigirse a "regiones extrañas" y "vivir con desconocidos, en medio de bárbaros", les respondía: "Se me ha preguntado si, por el nombre de Dios, consentiría en dirigirme a unas naciones bárbaras para predicar en ellas el Evangelio de Cristo. No he querido rechazar esta proposición. Más aún, deseo con todas mis fuerzas que se me dé la ocasión de partir. Nadie podrá quebrantar mi resolución". Es significativo que un solo monje se ofreciera voluntario para acompañarle. Se llamaba Auberto. Partieron en calidad de capellanes de Haraldo, que resultó un sujeto desconsiderado y difícil de manejar. No tardaron en echar de ver que su conversión había sido una pura maniobra política. Entretanto, murió Auberto. La misión fracasó rotundamente. En 827, depuesto Haraldo, Anscario, solo y derrotado, regresó a Corbie.

No por mucho tiempo. En 829, la dieta de Worms le confía la evangelización de Suecia. Anscario parte en compañía de otros dos monjes y, tras un viaje accidentado, se instala en Birka (Bjórkó). Hace algunas conversiones. Ludovico Pío decide fundar un arzobispado en Hamburgo. Anscario será el primer arzobispo de la sede. Ordenado en 831, se dirige a Roma, y el papa, además de concederle el palio, le nombra su legado con derecho de mandar misioneros al Norte y ordenar obispos. Sin olvidar las misiones septentrionales, Anscario se ocupa personalmente de su diócesis, cuya población, en parte sajona y en parte eslava, conservaba todavía muchos residuos de paganismo. Se halla muy solo. "Muchos le abandonaron a causa de la pobreza a que se veía reducido. Pero él continuaba viviendo como podía con algunos fieles que permanecieron con él. Y, a pesar de la pobreza, no consintió jamás en renunciar a la tarea que le habían asignado". Hizo lo que pudo. Construyó iglesias, reconstruyó la de Hamburgo, erigió a su lado un monasterio. En 845, los daneses se apoderaron de la ciudad y lo destruyeron todo.

A san Anscario le persiguió la desgracia, pero no le pudo. Su energía volvía a resurgir enseguida. En 815, fue promovido al obispado de Brema, dotado de más recursos económicos y que terminó por unirse al de Hamburgo. Desde entonces, y por espacio de veinte años -los últimos de su vida-, trabajó sobre todo a favor de la cristianización de Germania, aunque sin olvidar Dinamarca y Suecia. En efecto, viajó repetidamente a Escandinavia, envió allá sacerdotes, intentó -y a veces logró- imponer la paz a los reyezuelos o jefes de bandas. Obtuvo una victoria insigne cuando Olaf, rey de Suecia, con el apoyo de todo el pueblo decretó que "se construyeran iglesias, que hubiera sacerdotes y que todos los que lo desearan pudieran hacerse cristianos". Sin embargo, hay que reconocer, en resumidas cuentas, que los logros resultaron escasos en comparación con los duros trabajos que realizó Anscario. La culpa no fue suya. Si los resultados fueron reducidos, se debió a que le fallaron cooperadores y bienhechores, no a la falta de celo ni de entrega ni de constancia en el duro bregar de cada día. Su figura aparece como la de un héroe solitario, rodeado de indiferencia e incomprensión.