EL "TRENTO HISPANOAMERICANO", FRUTO DE LOS ESFUERZOS DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO
Una de las grandes obras por la que se recuerda a Santo Toribio de Mogrovejo es el III Concilio Limense, proyectado por su predecesor. No obstante los dos anteriores concilios llevados a cabo por iniciativa de fray Jerónimo de Loayza, todavía no se había podido penetrar adecuadamente las costumbres paganas de los indígenas, y la labor evangelizadora presentaba todavía mucha desorganización, descuido e improvisación. El Rey de España, conocedor de estos problemas, emitió unas Reales Cédulas de convocatoria de un tercer concilio (en Bajadoz, 19 de setiembre de 1580), con el fin de «poner en orden las cosas tocantes al buen gobierno espiritual de las almas de esos naturales, su doctrina, conversión y buen enseñamiento, y otras cosas muy convenientes y necesarias a la propagación del Evangelio y bien de la religión».
Para prepararse al concilio, el santo obispo se puso en contacto con las reducciones, doctrinas, corregimientos, pueblos, etc., no dejando de contactar las circunscripciones más lejanas, donde nunca antes prelado alguno había estado. En este concilio prácticamente estuvo representada toda la Iglesia en América del Sur y América Central presente en dominios españoles, puesto que se contó con la asistencia no sólo de los Obispos del Cuzco, Santiago de Chile, La Imperial, Paraguay, Quito, Charcas y Tucumán, sino que también hubo delegados de La Plata, Nicaragua y de las órdenes religiosas, que además enviaron a sus teólogos más insignes para que tomaran parte en las sesiones conciliares. Entre ellos cabe destacar al jesuita José de Acosta. Fue la más grande reunión de prelados que conoció el continente americano hasta el siglo XIX .
Las sesiones fueron largas y laboriosas, puesto que el concilio duró desde el 15 de agosto de 1582 hasta el 28 de octubre de 1583. Dos fueron los grandes temas de la reunión conciliar: la promoción religiosa y social de los indígenas y la reforma del clero. Los Obispos tomaron posición a favor de la defensa de los indios frente a las injusticias que pudieran haberse cometido contra ellos: «Doliéndose gravemente este santo sínodo que no solamente en tiempos pasados se les hayan hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino que también el día de hoy procuran hacer lo mismo; ruega por Jesucristo y amonesta a todas justicias y gobernadores que se muestren piadosos con los indios, y enfrenen la insolencia de sus ministros cuando es menester, y que traten a estos indios, no como esclavos, sino como hombres libres y vasallos de la majestad real, a cuyo cargo los ha puesto Dios y su Iglesia. Y a los curas y otros ministros eclesiásticos mandan muy de veras que se acuerden que son pastores y no carniceros, y como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana» (tercera sesión, capítulo 3º).La enseñanza de la doctrina cristiana impartida a los indígenas debía ser lo más clara posible. Por este motivo, se decidió elaborar un catecismo único en castellano, quechua y aymara. El jesuita José de Acosta, basándose en el catecismo elaborado por encargo del Papa San Pío V, redactó el texto en castellano, que fue traducido luego a las lenguas de los indios por los eminentes lingüistas Juan de Balboa y Blas Valera. Ya para los años de 1584 y 1585 estaban listas las ediciones de los catecismos, que fueron los primeros libros impresos en América del Sur.
Sin embargo, el Concilio no se dedicó exclusivamente a temas referentes a la enseñanza de la fe a los indígenas, sino que consideró importante también dar indicaciones claras y precisas sobre la promoción humana de los indios, basándose en la idea —siempre presente en la doctrina cristiana— de que no se puede construir una sólida vida espiritual si no existen previamente unas condiciones mínimas indispensables para una existencia humana y digna. «La vida cristiana y celestial enseña que la fe evangélica pide y presupone tal modo de vivir, que no sea contraria a la razón natural e indigna de hombres, y, conforme al Apóstol, primero es lo corporal y animal que lo espiritual e interior». Por eso mismo, no solamente se debía prestar la asistencia adecuada a los indios, sino también ofrecerles una educación que los llevara a vivir en condiciones dignas, lo cual incluía normas de conducta y urbanidad, orientadas más que nada al respeto propio y del prójimo. Pero a la vez que se mandaba esto, se buscaba que se llevara a cabo evitando todo actitud impositiva y autoritaria hacia los indígenas: «todo lo cual no se ha de ejecutar haciendo molestia y fuerza a los indios, sino con buen modo y con un cuidado y autoridad paternal».
Para lograr estos objetivos, una de las condiciones ineludibles era que los clérigos tuvieran una vida ejemplar y una dedicación sacrificada a la labor evangelizadora. Lamentablemente, no siempre ocurría así. Había clérigos seculares que se dedicaban a actividades impropias de su estado de vida, como, por ejemplo, el juego (dados y naipes con apuestas) y negocios lucrativos. Algunos de ellos también tenían trato con mujeres, faltando al voto de celibato. Con el fin de cortar estos males, el Concilio prohibió a los sacerdotes y agentes pastorales dedicarse al comercio, la explotación industrial y todo lo que fuera negociación lucrativa. Además, dado que debían saber las lenguas de los indígenas para poder evangelizarlos, se facultó a los visitadores eclesiásticos para reemplazar a los curas que no las supiesen.
El Concilio reglamentó también la admisión de indios y mestizos al sacerdocio. En la práctica, no se les admitía como candidatos. Y esto no por prejuicios raciales, sino porque la tradición idolátrica que venía desde antiguo todavía no había sido disipada del todo por la fe cristiana, y todavía convivían en la mentalidad indígena las nuevas creencias y costumbres traídas por la fe cristiana junto con prácticas paganas que eran contrarias a la fe. La experiencia demostró que ello constituía una dificultad de peso para una perseverancia en la fe y la práctica del celibato. Sin embargo, debemos tener en cuenta que estas disposiciones del Concilio respondían a las circunstancias del momento y, por eso mismo, no fueron consideradas nunca como de valor permanente. A medida que la evangelización fuera penetrando más en la mentalidad de los indígenas, la situación cambiaría.
El III Concilio Limense dispuso también la creación de seminarios diocesanos, de acuerdo las disposiciones del Concilio de Trento. El mismo Santo Toribio inauguró el de Lima, bajo la advocación de Santo Toribio de Astorga. Es el mismo seminario que actualmente lleva el nombre del santo arzobispo de Lima.
El Tercer Concilio Limense marcó un cambio significativo en la evangelización peruana. Al igual que el ordenamiento que realizó el virrey Toledo en la década de 1570, este concilio no innovó en materia de juicio sobre las prácticas idolátricas. Reafirmó lo que los anteriores concilios proclamaron acerca de la forma como destruir las huacas y extirpar las idolatrías. Lo nuevo fue en materia de textos y catecismos. Las distintas órdenes debían utilizar los mismos materiales de enseñanza y adoctrinamiento. Para ello se debía conocer a fondo la lengua quechua (y sus variantes), por lo que los diccionarios como los de Ludovico Bertonio (1612) y Diego González Holguín (1608) fueron fundamentales en la labor evangelizadora. El lenguaje utilizado fue revisado exhaustivamente para evitar cualquier malinterpretación de la religión. Los jesuitas fueron los más entusiastas con esta nueva metodología de evangelización debido a que el catecismo era una de sus principales virtudes. Los libros mayormente utilizados: Doctrina Cristiana y Catecismo para la instrucción de Indios; Confesionario para los curas de Indios, Tercero Catecismo y Exposición de la doctrina cristiana por sermones. Durante la primera década del siglo XVII la labor evangelizadora fue grande e intensa y, debido a que muchos de los pueblos andinos ya habian sido "reducidos" en las rancherías pertenecientes a una parroquia aledaña, se pensó que la totalidad de los cultos prehispánicos habían sido eliminados.
Sin embargo, varias denuncias acerca de la pervivencia de ritos paganos disfrazados de signos cristianos escandalizaron a la iglesia limeña que no dudó en realizar una gran campaña de extirpación por toda la sierra de Huarochirí, liderada por Francisco de Ávila. Se suele dividir las campañas de extirpación del siglo XVII en tres momentos: la llevada a cabo por Ávila entre 1609 y 1619; la de Gonzalo de Ocampo entre 1625 y 1626; y la última realizada por el Arzobispo Pedro de Villagomez entre 1641 y 1671.

