EL TESTIMONIO MARTIRIAL DEL JOVEN BEATO JUSTO DELFÍN JUANES
RAFAEL BLANCO MORALES
El 28 de Octubre de 2007, a las diez de la mañana, en la Plaza de San Pedro, en Roma, en una celebración de beatificaciones conjuntas, la más numerosa de toda la historia de la Iglesia (a decir del portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Martínez Camino), Justo Delfín Juanes Santos, hijo de la Parroquia de San Cristóbal de la Cuesta, profeso salesiano, a punto de órdenes, es beatificado por el delegado de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, junto a otros 497 mártires españoles de los años treinta. El grupo de nuestro beato de San Cristóbal, el de los salesianos de Madrid, eleva su número a cuarenta y un religiosos y un laico cooperador. Mártires los designa el papa Pío XI en su época, en la Encíclica “Dilectissima nobis” de tres de Junio de 1933, y como tales y por ello son beatificados. Muchos murieron en aquella hora terrible de terror y de muerte, pero éstos lo hicieron de modo heroico, afrontando su propia muerte con valentía, entresacada del pánico ambiente, y con capacidad de perdón para los que los asesinaban.
Justo Juanes nace en San Cristóbal de la Cuesta, a las doce de la mañana, de un treinta y uno de Mayo de 1912. La vida que aquí comienza logrará llegar sólo a los veinticuatro años. Poco tiempo de vida para dedicar a Dios; años intensos que concluyen con la ofrenda del propio ser a “Aquel que tanto nos ama”, para ser molido como el trigo, segado, trillado y molido en el molino de la vida, como el de esta estepa castellana y armuñesa, y hacerse “Pan para la vida del mundo”.
Hijo de Ovidio Juanes y de Encarnación Santos. De oficio labradores, familia de honda raigambre cristiana y de laboriosidad en el trabajo del campo como agricultores armuñeses. El bautismo será el día siete de Junio de 1912. Lo bautiza el párroco, Don Ambrosio Hernández, a cuyas faldas nacerá la vocación de Justo. Cofirmado por el obispo Julián Diego y García Alcolea el 8 de septiembre de 1919, a la edad de siete añitos poco después de su Primera Comunión.A la edad de trece años, ingresa en el Aspirantado salesiano de Astudillo. Desde allí pasará al Colegio de San Miguel, en el paseo de Extremadura, en Madrid, donde cursó los tres últimos años de latín. Pasa luego Justo a hacer el Noviciado en Mohernando (Guadalajara). Lo terminará con la profesión religiosa el veintiséis de Abril de 1932. Terminados los estudios de Filosofía y el Noviciado, los Superiores lo destinan al Colegio de Ronda de Atocha, en Madrid. Allí trabajó como maestro con niños y jóvenes pobres. Conservamos algunas fotos con sus chavales. Parecen coincidir todas las opiniones en alabar de él su capacidad de oración, su sencillez de trato y una abnegación, propia de un hombre armuñés, en su trabajo.
Las inclemencias políticas de la época van a concluir la vida del beato antes de tiempo. La cara más dura de este asunto se manifiesta a partir de Febrero de 1936, y, sobre todo, una vez que el Frente Popular gana las elecciones, dando así por terminada una legislatura de dominio de la derecha. Interpretado este triunfo como una nueva victoria de la clase obrera contra los “poderes establecidos en España, entre ellos, la Iglesia Católica”. Al mirar las “Dos Españas” en confrontación política, encontraremos cristianos identificados con ambos bandos. Por ejemplo, el Padre José Gafo, dominico, había trabajado lo indecible por la clase obrera. Y un obrero decretó su muerte a la puerta de la Carcel Modelo madrileña.
Pero lo más curioso es que en el caso de estos mártires, curas, religiosos y laicos, existe un intenso sentir de “no alineamiento político”. Mártires inocentes que murieron sin sentido, atrapados entre dos bandos enfrentados a muerte, sin querer, probablemente, entrar en la reyerta, y pillados in fraganti y sin posible defensa. No en vano, uno de los frailes compañeros de Justo en la cárcel, Francisco J. Martín, en una carta desde la cárcel comenta: “Supongo que en tus oraciones te acordarás de nosotros y le pedirás a Dios que por lo menos los que nada hemos tenido que ver con los sucesos actuales y nunca nos hemos metido en ninguna política, nos veamos pronto juntos, con paz, con trabajo y con muy buen humor”.
Cuando comienza la “persecución religiosa” en Julio de 1936, a Justo le pilla en Madrid, donde tantas excentricidades se cometieron con los creyentes. Como todos, sufre las primeras agresiones que sobre el colegio se ejercen con sorpresa, pero con arrojo. El rector, ante las constantes amenazas de las “rondas” y detenciones que proliferan por toda la capital, decide buscar refugio para él y a varios de sus compañeros. El colegio es asaltado en la tarde del día diecinueve, obligando a sus pobladores a salir de allí. Pocos días después será incendiado y destruido. Hace una distribución y a Justo le toca ir a una pensión céntrica. No tiene problemas por corto tiempo. Hasta que el 9 de octubre de 1936, al acabar de cenar, en una inspección improvisada de los milicianos, con orden requisitoria, le fueron encontrados algunos objetos religiosos. Se conserva el informe (Grupo 1, Exte.: 12140 - 81) que reza así: “Fueron detenidos en la pensión de doña Purificación Rodríguez Carrero, Fuencarral, 154, 2º derecha, por sospechosos, por los milicianos José Alcolea y Luis Méndez. Se les encontró lo que sigue: tres imágenes, ocho medallas en una caja, una cruz, una bala de fusil, dos libros de misa (probablemente los dos breviarios), estampas y un bastón de estoque”.
Pasa los días detenido en la Cárcel Modelo. Hay varios salesianos y otros muchos religiosos encarcelados con los que comparten temores y preocupaciones. La horas de la noche incrementan el clima de terror y pánico que viven todos. Son las famosas “sacas”. Cada noche son hipotéticamente liberados algunos de ellos, auque todos saben de qué tipo de liberación se trata. Se respira a esas horas de ausencia de luz un intenso terror al fusilamiento. El ambiente no habría de ser menos dramático que las famosas “duchas de judíos” en los Campos de Concentración nazis, como el de todos conocido Auswitz, que ocurrirían poco después. “Al peligrar la zona de dicha cárcel”, los presos son reagrupados en prisiones madrileñas. Algunos salesianos, entre los que se halla Justo, son conducidos al penal de San Antón, muy cerca de la conocida Calle de la Princesa el dieciséis de Noviembre. Estando allí comienzan los “pesudojuicios sumarísimos” realizados por los famosos “tribunales populares”. En el breve desarrollo del mismo se desconoce hasta la situación real del implicado. En el caso de Justo se alega ser un estudiante llegado a Madrid para aprobar una asignatura suspendida en Salamanca. No lo salva, pues la ficha dice claramente ser religioso y portar objetos sagrados.
En una de las temidas “sacas” nocturnas que ocasionalmente ocurrían fue conducido al terrible lugar de Paracuellos de Jarama. El veintiocho de noviembre de 1936, muy de madrugada son llamados los de esa interminable lista en la “saca” de esa mañana. Se les despoja de todo. Se les atan las manos atrás. Son transportados en camiones en principio “hacia su libertad”, según testifica el documento que les acompaña. Su vida se interrumpe cerca del actual aeropuerto de Barajas, donde son fusilados los tres salesianos en compañía de doce agustinos. El testimonio de los enterradores Gregorio Muñoz Juan, antes alcalde de Parcuellos de Jarama y Valentín Sanz, el secretario del mismo, luego castigados a hacer las zanjas y enterrar los cadáveres es elocuente: “Estoy completamente seguro que el día veintiocho de Noviembre de 1936, un sacerdote religioso pidió a las milicias le permitieran despedir a todos sus compañeros y darles la absolución, gracia que le fue concedida. Dicho sacerdote o religioso fue abrazando a cada uno de sus compañeros y, arrodillados en tierra, les daba la absolución, al menos hizo sobre ellos la señal de la cruz como cuando absuelven al penitente en la confesión. Una vez que hubo terminado, pronunció en alta voz estas palabras: ´ Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos. Lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de todo corazón. ¡Viva Cristo Rey!´. Este animoso sacerdote o religioso al que se refiere el informe anterior es ciertamente el P. Avelino Rodríguez, el entonces provincial de los Agustinos en Madrid.
En aquella fría mañana de fines de noviembre, muy de madrugada, suenan ráfagas de metralla que siegan la vida de muchos hombres. En aquella fría mañana, se congelan los dedos de los que empuñan los rifles, pero aciertan a apretar el gatillo después de apuntar. Aquella fría mañana es testigo de la radical injusticia de la muerte absurda y sin motivo. ¿Puede ser motivo de muerte profesar la fe y hacerla viva? ¿Pueden los hombres ofender al Creador de todos segando las vidas jóvenes y llenas de futuro de varios jóvenes, acompañados de sus formadores, o de indefensos ancianos con un racimo de años de entrega a Dios y a los demás? Muere esa fría mañana Justo, y muere algo muy nuestro. Tenía veinticuatro años y toda una vida apostólica y sacerdotal por delante.

