2ª PARTE: LOS COMIENZOS DE LA REFORMA
Como reacción contra los abusos cometidos en la predicación y contra la doctrina misma de las indulgencias, envió Lutero a Alberto de Brandeburgo, en la víspera de todos los santos de 1517, una carta, fuerte pero ortodoxa, instándole a que interviniese contra estos abusos y añadiendo sus 95 tesis sobre las indulgencias con la petición de una controversia sobre el tema. Ante el silencio de Alberto, envió Lutero sus tesis a algunos teólogos. Rápidamente se difundieron por toda Alemania. Para el profesor de Wittenberg la indulgencia consiste sólo en la remisión de 1a pena canónica impuesta por la Iglesia (no de una pena que haya que pagar en la vida futura); no puede aplicarse a los difuntos, ni existe el «tesoro de la Iglesia» nutrido con los méritos de Cristo y de los santos. ¿Porqué -preguntaba el agustino- no vacía el Papa el purgatorio acudiendo a la santísima caridad y a la necesidad extrema de las almas, la razón más justa de todas, en el momento que libera un número infinito de almas por medio del funestísimo dinero para la construcción de la basílica, que es una superficialísima razón?» (tesis 82).
En 1518, ante la creciente difusión de las tesis de Lutero, que habían conmovido e inflamado toda Alemania, hizo examinar León X sus afirmaciones e intimó a Lutero para que se presentase en Roma. Merced a la intercesión de Federico, elector de Sajonia, fue dispensado Lutero del viaje a Roma, siendo interrogado en Ausburgo en octubre de 1518 por el cardenal Tomás de Vio, llamado también Cayetano. El interrogatorio no condujo a ningún resultado, ya que Lutero apeló contra el Papa mal informado al Papa bien informado y después contra el Papa al futuro concilio. Cayetano intentó poner al fraile en manos de la autoridad eclesiástica, pero no lo consiguió. Lutero gozaba de la protección del elector Federico y en aquellos momentos la influencia de éste era sumamente poderosa: a la muerte del emperador Maximiliano aspiraban a la sucesión dos candidatos, Carlos de Ausburgo y Federico, y León X, temiendo que la elección imperial aumentase peligrosamente el poder del Ausburgo, favorecía la candidatura del príncipe sajón. Nadie molestó, pues, a Lutero.
En 1519 tuvo lugar en Leipzig una gran discusión entre Lutero y el católico Juan Eck, quien, si no consiguió que su interlocutor se retractase de sus afirmaciones, le obligó al menos a aclarar en público y por vez primera su doctrina sobre el primado romano, sobre la infalibilidad de los concilios (que el reformador negaba) y, sobre todo, sobre el principio fundamental del protestantismo: 1a aceptación de la Escritura como fuente única y exclusiva de la religión revelada. Empezaba a quedar en claro que la polémica giraba no ya sobre los abusos morales o sobre opiniones libremente defendidas entre los teólogos, sino en torno a la misma constitución sustancial de la Iglesia.En 1520, como conclusión del proceso contra Lutero, fue promulgada la bula "Exurge Domine", con la intimación para el acusado de retractarse en el plazo de sesenta días de algunas tesis relativas al libre albedrío, al pecado original, a los sacramentos en general, a la gracia, a la contrición de los pecados, a la confesión, a las buenas obras, a las indulgencias, al purgatorio y al primado. A lo largo de estos meses, antes y después de la publicación de la bula, desplegó Lutero una intensa actividad propagandista, publicando, entre otras cosas, tres libros que produjeron un tremendo impacto.
En el escrito “A la nobleza cristiana de la nación alemana”, redactado en alemán y rápidamente difundido en más de 4.000 ejemplares, incitaba Lutero a la demolición de las tres murallas tras las que se defiende la Iglesia de Roma: la distinción entre clero y laicado, el derecho exclusivo de la jerarquía a interpretar la Escritura y el derecho exclusivo del Sumo Pontífice a convocar un concilio. Un nuevo concilio, con la participación con plenos derechos de los laicos, reformará la Iglesia y acabará con los gravamina nationis germanicae, tantas veces deplorados inútilmente. En “De captivitate babilonica ecclesiae praeludium” criticaba la doctrina de los sacramentos, manteniendo sólo el bautismo, la penitencia y la eucaristía, pero negando la transubstanciación y el valor sacrificial de la Misa. En “De libertate christiana”, por fin, exaltaba la libertad del hombre interior, justificado por la fe y unido íntimamente a Cristo: las obras buenas no son necesarias para la justificación ni hacen bueno a quien las practica; al contrario, son la consecuencia necesaria de la justificación. Así se difundían cada vez más por Alemania las ideas esenciales de Lutero junto a sus ásperos ataques contra los abundantes usos abusos de la Iglesia. En octubre del mismo año el libelo “Adversus bullam Antichristi” replanteaba la apelación al concilio ecuménico y, ya en diciembre, atacaba Lutero en público el Corpus Juris Canonici, símbolo de la autoridad pontificia, y la bula “Exurge Domine”.
El 3 de enero de 1521 la bula “Decet Romanum Pontificem” excomulgaba a Lutero y a sus secuaces. Dada la estrecha alianza entre Estado e Iglesia, este procedimiento estaba llamado a tener eficacia práctica sólo en el caso de que fuese sancionado por la autoridad civil. El problema se discutió en la dieta de Worms de abril de 1521. Lutero, por intercesión del elector de Sajonia, pudo presentarse libremente ante la asamblea, donde defendió sus ideas con un cierto éxito pero fue expulsado del territorio imperial por decisión de Carlos V. Sus escritos fueron quemados, la difusión de las doctrinas luteranas fue prohibida y Lutero podía ser detenido en cualquier momento. En realidad, una vez más, la protección de Federico de Sajonia salvó a Lutero, que fue «raptado» por un grupo de caballeros cuando marchaba de Wittenberg y luego acompañado a Wartburg, en cuyo castillo estuvo diez meses entregado a 1a composición de varios escritos y la traducción al alemán de la Biblia, cosa que terminaría mucho tiempo después.
Para tener un cuadro un poco claro de los acontecimientos posteriores bueno será distinguir tres pe¬ríodos: la fase de las revoluciones sociales, 1521-25; la de las dietas y de los coloquios, en un intento fallido de llegar por vía pacífica a un acuerdo, 1525-32; el choque violento entre el Emperador y los reformadores, con la estéril victoria de Carlos V, que, a pesar del éxito de la guerra, renuncia a la lucha y firma un embarazoso compromiso con los príncipes protestantes, 1532-1555. Es igualmente necesario tener presentes los elementos esenciales de la situación general europea. Coincidiendo con la difusión del luteranismo tienen lugar las guerras entre Francisco I, rey de Francia (y su sucesor Enrique II), y Carlos V (y su sucesor Felipe II). Por el mismo tiempo siguen los turcos su avanzada por la Europa occidental. Tras la derrota infligida el año 1526 en Mohács a los ejércitos cristianos irrumpen en Hungría y cercan Viena en 1529 (Poitiers, en el 732, y Viena, en 1529 y de nuevo en 1638, constituyen las puntas extremas del internamiento islámico en Europa occidental y oriental, respectivamente, lo que inmediatamente sugiere en nuestra fantasía los dos cuernos de la media luna). Falta un verdadero acuerdo entre el Emperador y el Papa: el Papa, con razón o sin ella, teme el excesivo poder del Emperador y, en general, de la casa de Ausburgo y de España, sobre todo en Italia, donde el Estado Pontificio se ve cercado por las posesiones españolas al norte (Milán) y al sur (Nápoles).
Esta preocupación, aunque sea de naturaleza meramente política, lleva al Papa hasta aliarse con Francia en contra de España e incluso a declarar a Felipe II una guerra totalmente inútil e irracional dada la evidente desproporción de fuerzas (1556-57). Más razonable era la irritación de los papas ante la continua y excesiva injerencia imperial en los asuntos eclesiásticos, hasta el punto de pretender arreglar de manera arbitraria y unilateral muchos problemas sin contar con los pontífices. Este complejo de factores, las dificultades en que se encontraba el Emperador y sus roces con el Papa explican la debilidad que demostró Carlos V para con los príncipes alemanes protestantes, a quienes tenía que tener contentos para poder contar con ellos en la guerra contra los turcos. Así se comprende que la línea oscilante y contradictoria seguida en muchas dietas, tan pronto hostiles a cualquier concesión como dispuestas a notables reconocimientos para con los reformadores, está supeditada a las alternativas de la política general y, sobre todo, a los azares de la guerra contra Francia y contra los turcos, que aumentaban o disminuían el poder de Carlos. Tampoco hay que maravillarse demasiado de algunos choques fuertes entre el Emperador y el Papa, que culminan no tanto en la guerrecilla antes citada, sino en el saqueo de Roma en 1527 por las tropas imperiales, integradas en gran parte por españoles y alemanes, que obligaron al papa Clemente VII a refugiarse en el castillo de Sant'Angelo, desde cuyas almenas contempló impotente la devastación de la ciudad.

