1ª PARTE: EL TEÓLOGO
Nacido en Eisleben, en Sajonia, el 10 de noviembre de 1483, murió Lutero en la misma ciudad el 18 de febrero de 1546. Procedía de una familia de campesinos que a fuerza de tenacidad había logrado mejorar su propia situación. En 1484 su familia se trasladó a Mansfeld, donde su padre dirigía varias minas de cobre. Habiéndose criado en un medio campesino, Hans Lutero ansiaba que su hijo llegara a ser funcionario civil para darle más honores a la familia. Con este fin, envió al joven Martín a varias escuelas en Mansfeld, Magdeburgo y Eisenach. Como personas piadosas, educaron los padres a Martín desde la niñez en el santo temor de Dios;
usaban con él, al estilo de aquellos tiempos, de bastante severidad, en términos que le tenían muy
amedrentado. El mismo dirá: "Mi padre me castigó un día de un modo tan violento, que huí de él, y no quise volver hasta que me trató con más benignidad. Y mi madre me pegó una vez por causa tan leve como una nuez, hasta hacer correr la sangre."
Estudió filosofía en la Universidad de Erfurt en un ambiente impregnado de ockhamismo. En 1505, tras haber conseguido el doctorado, entró en el convento de los ermitaños de san Agustín de Erfurt en cumplimiento de un voto que hiciera al verse en grave peligro con ocasión de una tormenta:Un día, volviendo de la casa paterna en ‘Mansfeld’ y en el camino, cerca del pueblo de Stotternheim, le sorprendió una tempestad, y un rayo cayó cerca de él, causándole tal impresión que fue aquel uno de los momentos más críticos y decisivos de su vida.
Se ordenó de sacerdote dos años después y fue llevado a Wittenberg, donde enseñó primero ética y después teología y exégesis, comentando sucesivamente los Salmos y diversas cartas de san Pablo. En 1510 fue enviado a Roma por motivos internos de su orden (los agustinos de Erfurt no veían con buenos ojos los planes del vicario general de unir varios monasterios reformados y no reformados por miedo a que la fusión de las dos ramas, estricta y mitigada, relajase la disciplina). Lutero expondría más tarde ocasionalmente la impresión fuertemente negativa que recibió en Roma, pero su narración hay que interpretarla críticamente a la luz de su evolución posterior. Entre 1515 y 1517 maduró la evolución psicológica del agustino y empezó a formularse la nueva doctrina. Diversos factores, especialmente la experiencia interna del joven religioso y su unilateral formación teológica, influyeron de forma decisiva en este proceso.
Tras un período de fervor sereno que le granjeó la estima de sus hermanos y le procuró misiones de confianza dentro de la orden, cayó Lutero en Wittenberg en un estado de profunda inquietud con temores de que no podría librarse del pecado y de que pertenecía al número de los condenados. Probablemente contribuyeron a desatar esta angustia, por una parte, el trabajo excesivo y su tendencia innata a la melancolía y, por la otra, el ockhamismo de que se había embebido con la acentuación de 1a voluntad arbitraria de Dios y con la excesiva importancia dada, simultáneamente, a la voluntad humana, cosas que debían encontrar un eco muy profundo en su espíritu educado desde la adolescencia en la mayor severidad moral. No hay que excluir de este proceso la dificultad en distinguir la concupiscencia y la tentación, del pecado y del consentimiento, y su inclinación a conseguir una experiencia incluso sensible de una realidad por completo interior y espiritual.En su búsqueda angustiosa de un camino de salvación se sintió a menudo consolado con los buenos consejos del vicario general de su orden, Juan Staupitz. Paralelamente, en sus estudios y en sus explicaciones ahondaba Lutero en el conocimiento del ockhamismo, al igual que en el de la mística alemana (Taulero, Theologia deutsch), sacando de ahí la idea de la nulidad absoluta del hombre ante Dios y del abandono pasivo en él, lo que se fue acentuando por su nueva pasión por la lectura de los tratados antipelagianos de Agustín y de las cartas de san Pablo. Más tarde Lutero mismo atribuiría una importancia decisiva a una iluminación que parece haber experimentado de improviso, quizás en 1517, mientras meditaba en su celda, en una parte del convento que tenía forma de torre (de ahí el nombre de Turmerlebnis, experiencia de la torre, que se le dio a este episodio), sobre un texto de la Carta a los Romanos, 1, 17: «La justicia de Dios se manifiesta en ella (en la Buena Nueva) de fe a fe, según está escrito: el justo vivirá de la fe».
Parece ser que Lutero entendió de pronto que cuando la Escritura usa el término «justicia» no se refiere a esa intervención por la cual Dios premia al justo y castiga al pecador, sino que habla del acto por el cual el Señor cubre los pecados de los que se abandonan a él mediante la fe. En ese caso la Carta a los Romanos habla no de la justicia vindicativa, sino de la justicia salvífica, es decir, de la gracia con la que Dios nos santifica. Es probable que el reformador diese una importancia excesiva a un momento concreto dentro de un largo proceso psicológico. Sea lo que fuere, el concepto de justicia salvífica adquirió un lugar cada vez más importante dentro de su sistema.
También es cierto que, como ha observado algún teólogo, su interpretación de la frase bíblica no era precisamente nueva, sino que terminó exagerando un concepto de por sí ortodoxo (la justificación salvífica por medio de la fe), negando de manera unilateral toda necesidad por parte del hombre de prepararse a la gracia por medio de su libre cooperación. A1 reconocer en la gracia un don no sólo absolutamente gratuito, sino también independiente por completo de nuestra colaboración, dentro del cuadro general de la arbitrariedad divina propia del sistema ockhamista, encontraba Lutero un desahogo a sus ansias: bastaba con abandonarse a la acción salvífica de Dios, era suficiente con creer para saberse y sentirse salvados.
Rápido fue ya el paso del profesor de teología a los otros quicios de su doctrina, que empezó a defender en seguida ante la necesidad lógica de sustentar el punto central: la salvación por la fe. A la vez que trataba dar por este camino cierta coherencia a su doctrina, declaraba que no pretendía apartarse de la Iglesia, sin caer en la cuenta de que, en realidad, estaba abriendo un foso cada vez más ancho entre ésta y su propia teología. En realidad podríamos resumir el luteranismo en tres puntos principales, aun corriendo el riesgo, inevitable siempre en semejantes esquematizaciones, de caer en la vaguedad y en la imprecisión. Ante todo, sola Scriptura: la Escritura no sólo contiene materialmente la totalidad de la divina revelación, sino que no tiene necesidad de ser iluminada ni clarificada por la tradición, es decir, que es suficiente por sí misma y por sí sola para garantizar a la Iglesia la certeza sobre todas las verdades reveladas. Quedan excluidas así la tradición y la intervención de la Iglesia por medio de su magisterio y se abre la puerta hacia el libre examen.
En segundo lugar, justicia imputada o puramente atribuida, no inherente. La naturaleza humana quedó, tras el pecado original, irremediablemente corrompida, el hombre perdió su libertad y todas sus obras son necesariamente pecado. Dios, con todo, sin borrar los pecados y sin renovar interiormente a quien cree en él y en él confía, le aplica los méritos y la santidad de Cristo, le considera como si fuese interiormente justo y renovado: el hombre es, por tanto, simultáneamente justo y pecador. Aunque se sienta pecador y no realice obras buenas, basta con abandonarse en el Señor y en su misericordia, que de por sí actúa en el hombre.
En tercer lugar, repulsa de la Iglesia jerárquica, no sólo por negar la diferencia esencial entre el sacerdocio de los simples fieles y el que confiere el sacramento del orden y por la negación del primado papal, objeto de frecuentes ataques y no pocas diatribas en diversos escritos, sino por el concepto fundamental de la rela¬ción directa del Señor con cada uno de los fieles por encima y al margen de cualquier tipo de mediación: «La Iglesia es una comunidad espiritual de almas unidas en una sola fe»... «es la unión de todos los creyentes en Cristo sobre la tierra»... «unidad espiritual que basta para formar la Iglesia».
La negación de la Misa como sacrificio será sólo un corolario de esta afirmación. Para él la Misa es «el más grave y horrible delito entre todas las formas conocidas de idolatría», porque atenta contra la unicidad y suficiencia del sacrificio de la cruz; otros corolarios serán la reducción de los sacramentos y la notable libertad de culto y disciplina; pero, como hemos de ver, la necesidad de un punto firme sobre el que apoyar la Iglesia empujará fatalmente al reformador, no sin tensiones interiores, a apoyarse en los Príncipes, pasando así rápidamente de una concepción del todo espiritual de la Iglesia a la organización de una Iglesia estatal.
La predicación de las indulgencias en Wittenberg fue la primera ocasión que se le presentó a Lutero de manifestar en público las ideas que venía madurando. Julio II, que había iniciado los trabajos de construcción de la nueva basílica de San Pedro, había concedido a partir del año 1507 también una indulgencia en forma de jubileo a quien diese limosnas para esta empresa. León X volvió a repetir esta iniciativa en 1514. En Alemania la situación se complicó al terciarse otro problema. Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Magdeburgo y administrador apostólico de Halberstadt, había sido nombrado obispo de una tercera diócesis, Maguncia, y para poder tomar posesión de tan pingüe cargo tenía que desembolsar en la Cámara apostólica una ingente suma de la que en aquellos momentos no disponía.
La dificultad fue solucionada de la siguiente manera: la familia Fugger, una de las bancas más importantes de la Europa de entonces, anticipó al joven y mundano prelado los 29.000 ducados que tenía que pagar en Roma. El obispo logró para sí la facultad de predicar en su diócesis la indulgencia, y las limosnas recogidas serían destinadas, mitad y mitad, a enjugar la deuda contraída con 1a banca Fugger y a las obras de construcción de la basílica de San Pedro en Roma. La predicación empezó en 1517, y en la provincia de Magdeburgo la desarrolló con toda pompa y solemnidad Juan Tetzel, dominico, que no siempre se mantuvo dentro de los límites de la ortodoxia. Enseñó, con razón, que la indulgencia consiste en la remisión de la pena y no de la culpa, pero a propósito de la clásica distinción entre la indulgencia de vivos y 1a de muertos, afirmó que el estado de gracia, la confesión y el dolor de los pecados son necesarios para lucrar la indulgencia para uno mismo, mas no para aplicársela a los difuntos. La frase: «No bien cae la limosna en el cestillo el alma sale del purgatorio», responde perfectamente a su concepción, aunque no fuesen palabras suyas.
Como reacción contra los abusos cometidos en la predicación y contra la doctrina misma de las indulgencias, envió Lutero a Alberto de Brandeburgo, en la víspera de todos los santos de 1517, una carta, fuerte pero ortodoxa, instándole a que interviniese contra estos abusos y añadiendo sus 95 tesis sobre las indulgencias con la petición de una controversia sobre el tema. Ante el silencio de Alberto, envió Lutero sus tesis a algunos teólogos lo. Rápidamente se difundieron por toda Alemania. Para el profesor de Wittenberg la indulgencia consiste sólo en la remisión de la pena canónica impuesta por la Iglesia (no de una pena que haya que pagar en la vida futura); no puede aplicarse a los difuntos, ni existe el «tesoro de la Iglesia» nutrido con los méritos de Cristo y de los santos.

